Octávio Caúmo Serrano
Traducción Maria Renée San Martin – relu2521@yahoo.com

Dar gratuitamente lo que gratis recibiste – ESE Cap XXVI

¿A qué se refería Jesús cuándo nos recomendó qué deberíamos distribuir gratuitamente lo qué gratis también recibimos?

Evidentemente que muchas cosas. Un donativo que se recibe en una institución debe ser distribuido o utilizado sin provecho personal para quien recibió, sino en favor de la comunidad asistida por la agrupación.

Decimos esto, porque hemos visto personas en casas espiritistas que, después de recibir una ropa de mejor calidad o en mejor estado, en vez de encaminar a los asistidos, guardaron a sí, bajo el argumento de que también son necesitadas. Y, al final dicen, son colaboradores sin remuneración y juzgan también tener derecho a algún beneficio… Es la excusa.

¡Nos parece equivocado! Todo lo que es recibido por el Centro Espiritista es para ser encaminado. Está claro, que si entre los trabajadores de la casa haya alguien que pasa por una real dificultad, auxiliarlo es una laudable excepción. Pero que no sea hábito entre los colaboradores que en verdad no necesitan. En el caso que el donador venga a saber, la institución quedará desacreditada. Y en las donaciones para bazares beneficiadores, los de la casa deben tener acceso a el en igualdad de condiciones con las otras personas.

Creemos, todavía, como Jesús enseñaba – Mateo X – 8 -, que curasen a los enfermos, limpiasen a los leprosos y expulsasen a los demonios, recomendando dar gratuitamente lo que gratis es recibido, a lo que Él se refería principalmente era la mediumnidad y mismo al magnetismo que muchos tienen y que son utilizados por sus fluidos de cura física.

Esa capacidad – es un recurso de más crecimiento espiritual y que muchos llaman de “don” – que no fue conquistado solo por el hombre por el estudio y esfuerzo, pero vino con él para que la usase en beneficio de los más necesitados. Ofrecida por Dios, gratuitamente.

Por eso, en el mismo capítulo, ya mencionado, Kardec habla de oraciones pagadas. Se refiere a los que cobran para orar por los otros, dejando claro que los resultados no dependen de quien hizo la oración. Antes que el beneficio llegue a aquel que sufre, es necesario verificar si él está listo para el momento de recibir la ayuda y si ya acumuló merecimiento para librarse del mal que está viviendo. Sabemos que, las dificultades nos impelen al progreso y sacarlas de nosotros antes del tiempo elimina la finalidad de la encarnación.

La argumentación es bastante lúcida. No somos nosotros los qué vamos a favorecer al suplicante con nuestros ruegos, sino, los Espíritus – ¿incluyendo Jesús y los Santos – cómo cobrar por un trabajo qué no realizamos?

Pregunta también, si la plegaria debe ser larga o corta y si ella es remunerada por el tamaño que es proferida. Si es necesaria una plegaria larga y la persona solo puede pagar poco, ésta sería una plegaria sin calidad. Si no es necesaria tanta charla, porque el Plan Divino es  tan atencioso y para éste bastan pocas palabras, ¿por qué orar tan largo?

Si pusiéramos más atención y buen-sentido, aprenderíamos que no se compra a Dios con favores. Ni con diezmos, ni con velas, ni con promesas, cintas, bebidas o gallina negra. La única moneda que Dios aprecia se llama Amor. Si destinamos el valor de una vela para la compra de pan para un pobre, seremos más recompensados por el Plan Divino. Todo lo bueno que hagamos se refleja en nosotros también como algo favorable. Es la conocida ley de acción y reacción. Por tanto, todo lo que es pagado es de resultado dudoso. La bola de cristal, las cartas o las piedras coloridas, van a decirnos siempre lo que queremos oír. Nunca lo que es real, porque los que manchan la fe no tienen acceso a los planes de la verdad. Y, cómo son astutos, ¡sabrán siempre manejar nuestro orgullo!

Quien cobra por las oraciones que hace, tiene que garantizar el éxito del trabajo. Quien vende una mercancía tiene que entregarla. ¿Si la responsabilidad del auxilio es del Espíritu invocado, ¿cómo el intermediario puede garantizar el resultado?

Nadie entregue sus problemas para que otros resuelvan. Cada uno es el responsable, de forma individual e intransferible, por su crecimiento y, por tanto, cada uno debe hacer sus propias oraciones y pedir ayuda directamente a Dios, para que Él le dé fuerza, discernimiento y coraje para enfrentar las dificultades y de ellas sacar el conocimiento y la experiencia que el problema siempre trae con él.

Si cada uno tiene su propia deuda y solamente el Plan de Dios conoce la extensión del debe, las oraciones hechas pueden ser insuficientes para solucionar el problema. Pero si cada uno  se entendiera directamente con Dios, demostrando esfuerzo e interés en su renovación, la parcela de misericordia es grande y mucha cosa puede ser atenuada. No olvidemos que, según la primera epístola de Pedro (I Pedro, las 4:8), si “el Amor cubre una multitud de pecados”, podemos rescatar por la práctica del Bien todo el mal que hicimos en otras instancias.

Nunca desairemos el valor de la oración diaria, pero nunca perdamos una oportunidad de ayudar quienquiera que sea, porque es dando que se recibe, ya nos enseñó el lúcido Francisco de Asís. La oración debe bajar de la mente y de la boca para las manos y el corazón. Una oración materializada en el servicio es un eficiente antídoto contra la inferioridad. Si encargamos otros que oren por nosotros, además de menospreciar el cuidado de nuestra propia vida, no podemos tener certeza de que él hará el trabajo con interés y seriedad. Solo nosotros conocemos realmente que pedir y sabremos si fuimos atendidos.

Distribuya el bien y recoja los frutos de lo que esparció. ¡Tenga fe y siga adelante! ¡Todo lo demás vendrá por añadidura!

RIE – Revista Internacional De Espiritismo – Agosto 2010