TRATAMIENTO ESPIRITUAL – Finalidades

Octávio Caúmo Serrano
Traducción – Maria Renee San Martin – relu2521@yahoo.com

La cura depende del merecimiento y de la utilidad que tenga para el Espíritu encarnado.

Hay muchos tipos de tratamientos hechos por médiums coadyuvados por los Espíritus o con la aplicación de su propio magnetismo.

Ellos pueden ser hechos por medio de pases y oraciones – mismo a distancia – cirugías mediumnicas, con o sin cortes, o mismo por los Espíritus directamente en el paciente, muchas veces, sin que él lo sepa. Durante una reunión espirita es posible que seamos operados de una enfermedad que tengamos y la ignoramos.

El tratamiento espiritual da oportunidades a los hombres para ejecutar sus tareas delante de la vida, generalmente compromisos asumidos entes de la encarnación. En este sentido, es común que la cura total no se procese, pero que el necesitado experimenta una mejora provisoria con una pausa en la enfermedad, para que pueda ejecutar alguna tarea que aun  necesite realizar. Cesando el tiempo, muchas veces en el sufrimiento recomienza.

Considerándose que una persona enferma en la tierra, continuará enferma en la espiritualidad hasta que su mal sea totalmente debelado, el tratamiento espiritual es siempre eficiente, porque  la medicina solo cura su cuerpo. Con la asistencia de  los Espíritus, el tiempo de internación en los hospitales espirituales puede ser ampliamente reducido, porque ya salió de aquí con parte de la cura obtenida por el tratamiento vía mediumnica o similar.

Aunque los Espíritus cuenten muchas historias de ese tenor, vivimos en mi familia un hecho que posiblemente ilustre el relato.

Nuestro padre, albañil y analfabeto, fue atacado por las ulceras de estomago a los treinta y ocho años de edad. El año era 1941, cuando yo tenía solamente siete años.

Internado en el Hospital San Paulo para someterse a una cirugía, huyó del nosocomio, alegando que no le mostraron la radiografía que comprobase su enfermedad. ¡Como si él supiese leer la radiografía!

Por más de un año, sin que su organismo retuviera ningún tipo de alimentación, sólido o líquido, era inyectado casi diariamente, estaba enflaqueciendo. No había medicamento que resolviera el problema. Llego a los cuarenta y cinco kilos.

Una de sus hermanas mayores le pregunto, si no le gustaría visitar a un señor que tal vez pudiese ayudarlo. Su nombre era Valdomiro y vivía  próximo al hospital de las Clínicas, en Sao Paulo. Él acepto y allá fueron los dos.

Llegando allí, el hombre pregunto a mi padre:

          ¿Usted tiene fe?

          Yo tengo, sí señor. – fue la respuesta.

Atendió a otra persona y luego dio a mi papá una taza con un mate.

          Beba, por favor.

Ingerida la bebida, él pregunto cuando debería volver para una nueva consulta. Y la respuesta fue que no necesitaba volver más porque ya estaba curado.

Imagino que mi padre, aun que agradecido por la ayuda, no creyó mucho en aquel milagro. Se despidieron y se fueron.

Dos o tres días después él volvió a trabajar, lo que no hacía casi a un año, paso a comer de todo. Sin más dolores o incomodidades de cualquier naturaleza.

En navidad de 1956, más de quince años después, los dolores y los síntomas recomenzaron, exactamente igual. Un sufrimiento entre gemidos y desespero.

Después de atenciones de urgencia, ulcera soportada, hemorragias, finalmente se preparo para la cirugía  que se dio un lunes, 16 de septiembre de 1957, en la Santa Casa de Misericordia de Sao Paulo, por el INSS.

Recuerdo que, sentado en la puerta de la cocina, él dijo a mi mamá:

          Sabes, ahora puedo ser operado, porque si yo muero no habrá problema. Tú ya tienes la casa y los hijos que están criados y cuidaran de ti. En aquel tiempo yo no podía correr el riesgo de dejarte viuda con dos niños sin una casa para vivir.

Y realmente desencarno el domingo siguiente, 22 de septiembre de 1957, una semana después de la cirugía.

            Corrió notícia en el hospital que él estaba bien y había sido víctima de  anafilaxia, choque causado por la transfusión de sangre incorrecta. Durante mucho tiempo me  pregunte si él hubiera sido operado en un hospital particular habría sobrevivido y el error no habría acontecido. Sin embargo, no podíamos pagar, infelizmente. Hoy, como espirita, yo sé que eso no cambiaría nada. Lo que él tuvo fue una moratoria de quince años, concedida por el Plano Divino, para que completase la asistencia a las personas que dependían de él, a fin de que pudiesen encaminarse en la vida, lo que realmente aconteció.

Hoy yo entiendo mejor lo que es asistencia espiritual y sé que ella tiene por objetivo más el alma que el cuerpo. Morir no es el problema, porque volveremos a nacer. Grave es desencarnar dejando errores cometidos en la Tierra o servicios inconclusos que, tarde o temprano, tendrán que ser reparados o completados, casi siempre con mucho sufrimiento.

El conocimiento de la verdad nos libera. Cada mes de noviembre cuando visitamos a nuestros muertos en los cementerios, es necesario meditar sobre la belleza de vida y la liberación por la muerte. Nostalgia sin indignación, porque la muerte es autorizada por Dios. Y cada ser espiritual en evolución en la Tierra, por medio de las reencarnaciones, debe ver la vida con buen censo y justicia.

La misericordia siempre llega hasta nosotros, pero ella atiende las necesidades del Espíritu más que las exigencias del cuerpo. El cuerpo solo enferma cuando el espíritu está enfermo. Y su cura sin cogitar de la renovación espiritual no está de acuerdo con las súplicas de la Vida Superior.

En este noviembre de los Santos y de los Muertos, recordémonos de nuestros queridos que se fueron con la alegría y nostalgia, pero sin indignación. Morir es liberarse después del cumplimiento de la pena y es señal  de la igualdad perfecta que existe en todos los hombres del mundo. Todos nacemos y un día y morimos, con el compromiso de nacer nuevamente, aun que por muchas veces.

Que la paz del Señor permanezca en los corazones de todos.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Noviembre 2010