Espiritista que no estudia, no es espiritista; es simpatizante

El practicante espiritista va al centro, habitualmente, una vez por semana. Oye exposición, recibe el pase y se siente satisfecho. Grande parte de nosotros, salidos del catolicismo, fuimos orientados a asistir a la misa, por lo menos una vez por semana. Es lo que seguimos haciendo como espiritistas.

La mayoría de las casas, sin embargo, además de las exposiciones públicas, ofrece cursos regulares para el estudio doctrinario o del Evangelio de Jesús. Los Estudios Sistematizados de la Doctrina Espiritista – ESDE -, la Escuela de Aprendices del Evangelio, Escuela de Educación Mediúmnica, Cursos Básicos de Espiritismo, etc. En otras casas, el estudio no sigue ninguno de eses cursos conocidos, sino que la orientación del dirigente que determina la forma y los libros a ser estudiados. Otros prefieren cursos por  internet. Todo válido e importante.

Lo que deseamos demostrar es que eso es poco para el buen aprovechamiento de la encarnación.

En agosto de 2005, estábamos en Matão, por invitación del Diario El Clarín, participando de las conmemoraciones de los 100 años de su creación, por Cairbar Schutel. En la puerta del hotel, mi esposa y yo conversábamos con una amiga, cuando fuimos abordados por el maestro de la oratoria espiritista, nuestro caro Divaldo Pereira Franco, que nos conocía solamente por nombre. Dijo el noble cofrade, en un ademán de extrema humildad y franqueza: – Caúmo, leo todos sus escritos; ¡me gusta y aprovecho! se despidió y fue atender a una noche de autógrafos que lo esperaba en el salón del evento.

A pesar de intentar cultivar el equilibrio del autoconocerse y estar vacunado contra las alabanzas triviales, no pudimos esconder que una punta de vanidad cuidó de nosotros. Al final no era un comentario cualquiera.

Oímos de Divaldo, cierta vez, que él estudia hasta hoy, diariamente, durante unos veinte minutos, el Libro de los Espíritus, mismo después de más de seis décadas de servicio cristiano y responsable por la apertura de casi todos los centros espiritistas en los distantes países por donde pasa, ya que se dedica, en tiempo integral, a la divulgación del Espiritismo y a la practica de la caridad. ¿Qué más tendría aún el conferencista a aprender con la obra básica, releyendo todo lo qué ya conoce? ¿Y lo qué aprovecharía él de nuestros escritos?

En el capítulo XIII de la Introducción de El Libro de los Espíritus, Kardec dice qué “son necesarios varios años para formar un médico de nivel medio, ¡tres cuartos de la vida para formarse un científico, y hay quién pretenda adquirir, en algunas horas, la ciencia del infinito! Que nadie, por tanto, se engañe: el Estudio del Espiritismo es inmenso; abarca las cuestiones de la Metafísica y del orden social; es todo un mundo que se abre a nuestra frente. Debese espantar de qué eso exija tiempo, y mucho tiempo, ¿para ser aprendido?”

Somos alumnos permanentes y, en ese sentido, todo lo que vemos, oímos o leemos, en los periódicos especializados en Doctrina Espiritista, puede ser útil para nosotros, de alguna forma, si tenemos interés y atención. Cada vez que releemos una cuestión de El Libro de los Espíritus, somos una persona diferente. Después de vivir un día, no vamos a dormir como despertamos. Estamos añadidos de algún conocimiento y, muchas veces, el inusitado puede alterar nuestra manera de entender la vida.

En ese sentido, admito que una persona cuidadosa, lúcida y plena de conocimiento, como nuestro estimado Divaldo, hasta pueda encontrar alguna frase, connotación o figura de análisis, en nuestros escritos, que, acaso, puedan le agradar. Sabemos que su comentario fue un ademán de delicadeza más que la importancia que pudiese tener nuestro trabajo. Pero fue estimulante para que continuemos con la misma dedicación. Hay que considerarse, sin embargo, que el mayor mérito de los escritos y exposiciones de un divulgador se debe a las interferencias de los Espíritus que, benevolentes, ponen piensamentos en nuestras mentes y palabras en nuestras bocas. De allí no ser infrecuente decir, despues un trabajo, ¡qué determinada afirmativa qué hicimos fue interesante, ya que jamás habíamos pensado en el asunto! ¡Fue nuevo hasta para nosotros! ¡Basta estar de corazón abierto qué la inspiración llega!

Nadie si considere pleno conocedor del Espiritismo, postgraduado o doctor honoris causa, porque, en este mundo de pruebas y expiaciones, estamos todos en el jardín de la infancia del conocimiento espiritual. En la escalera de la vida eterna, estamos en los primeros escalones, agarrándonos para no caer y tener que recomenzar, casi del cero, una vez más.

Hicimos un pequeño cálculo, ya que nuestro esfuerzo diario se concentra en el mantenimiento del cuerpo: las ocho horas de sueño, más las ocho de trabajo, para la supervivencia, y las demás, gastas en las mesas de comida o en lo traslado para la escuela o trabajo, dejan poco tiempo para el cultivo de los valores espirituales.

Divaguemos…

Admitamos una vida adulta de 70 años, que son 840 meses o 25 200 días o 604.800 horas, en una encarnación. Vamos al centro, una vez por semana, donde permanecemos por una hora, asistiendo a una exposición, no siempre con la mejor atención. Eso representa que, en ésos 70 años, fuimos a la casa espiritista, en una cuenta redondeada, 4 horas por mes que dan 48 horas por año o 3 360 horas en la encarnación. Como vivimos 604 800 horas y fuimos al centro 3 360, significa que gastamos 0,55% de nuestro tiempo con las lecciones para mejorar el alma, que es inmortal. ¿No parece poco?

Aunque doblemos ese tiempo y consideremos que vamos al centro más un día, para estudio, eso representaría apenas 1,1% del tiempo de encarnados.

Delante de la TV o de la computadora, en las salas de charla y juegos, nos quedamos, por lo menos, 3 horas por día. Eso es 22,5 veces más que gastamos para estudiar sobre espiritualidad. ¡Y hablamos del mínimo, mínimo! Muchos se quedan dos o tres veces más.

Espero no me haber engañado en las cuentas. Pero, aunque algo esté ligeramente equivocado, todos estamos de acuerdo de que es preciso dedicarnos más al estudio y a la práctica de nuestra Doctrina, porque la falta de entendimiento y el bien que dejamos de hacer podrán nos perjudicar más tarde, cuando los valores del mundo ya no más tengan interés para nosotros. Como no siempre es posible hacer todo en el centro, pautemos nuestra vida por un comportamiento cristiano que pueda añadir algo a ese mínimo mencionado. Y los que tienen tareas específicas en la Doctrina – oradores, maestros, médiums, doctrinadores, pasistas – agradezcan a Dios por la dádiva.

Yo me disculpo con el cofrade Divaldo, por utilizar su nombre, en este breve texto, pero lo hice porque su obra y su ejemplo son estímulos para nosotros y deben ser copiados por los que tienen compromisos con el Espiritismo y con otras doctrinas, también. Su declaración de que es estudiante permanente de los asuntos de la espiritualidad es un estímulo para que hagamos lo mismo.

A mis posibles lectores, ruego a Dios para que les bendiga, ¡y qué Jesus pueda habitar cada vez más en los corazones de todos!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Enero 2011