Mensagens de pretos velhos

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Las drogas y la dependencia

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Octávio Caúmo Serrano 
Traducción Maria Renee San Martin
relu2521@yahoo.com

La droga, cuando no mata, lesiona

Si la droga causa dependencia, la dependencia es también una droga.

Ninguna novedad hay en el concepto de arriba. Es la voz corriente que es necesario combatir todo tipo de droga, porque ella destruye, más allá del cuerpo físico, el carácter del viciado.

El vicio, aun no esta tan solo en la droga, sino en el juego a que ella nos somete, prevaleciendo sobre la voluntad y dejando evidente nuestra debilidad, cuando se trata de la administración de nuestra vida.

La primera pregunta es: ¿por que las personas se drogan?

La respuesta obvia es porque están desajustadas y buscan huir de sus complejos, de su tristeza, de la insatisfacción con la vida que llevan. ¡Sea rico, sea pobre!

Eso ocurre de manera natural, porque componemos la humanidad de un mundo de pruebas y expiaciones, cuya característica es la imperfección; en la mayoría de las veces, no por maldad, sino por ignorancia sobre los verdaderos valores a ser vividos y conquistados, en cada encarnación; por eso, nunca estamos satisfechos; no tenemos un límite que nos satisfaga.

Sin voluntad propia, el gran porcentaje de los hombres se deja conducir por el oropel con que los más expertos nos iluden, prevaleciendo la debilidad de las almas mal conducidas, sea por la voluntad propia vacilante y espiritual.

Como ese problema es generalizado, cualquier uno de nosotros corre el riesgo de caer en el trama de los astutos, porque esos profesionales conocen muy bien las sutilezas de cómo envolvernos con falsas promesas de felicidad. Por supuesto, todos nosotros caminamos en la labia de ellos, todos los días.

Sabemos todos cuales son nuestros objetivos primarios: tener salud, tener dinero y tener placer. A la par de eso, un rostro bonito, un cuerpo sano, lo que ya no es problema, porque las modernas técnicas de embellecimiento y reforma del cuerpo humano solucionan todo eso con facilidad. Se pone un poco aquí, se saca un poco allí, se aspira lo que esta demás, se injerta donde hay menos, alarga, encoje y está ahí el modelo humano perfecto. Artificial, es verdad, pero que importa, si causa placer y da felicidad. El resto queda por cuenta de nuestros sentidos desequilibrados.

Es por eso que, cuando hablamos de drogas, tenemos que definir cuáles son ellas. Si unos son dependientes químicos, otros son dependientes físicos o sicológicos.

El camino que nos lleva al fondo del pozo es, inicialmente, un pasaje espacioso y confortable que, a poco, va estrechándose hasta tornarse un atajo de una mano única para el caos. Pero no comenzó así.

La dependencia química, lamentablemente sobre todos los aspectos, pudo haberse iniciado por dependencia sicológica, producto de la infelicidad vivida por la persona que desea vivir en un castillo, pero no tiene para vivir en una casilla. Sueña con un cielo en la tierra, pero piensa construirlo en la flojera, en la ociosidad, en la burla, viviendo a costa de los otros. Poco a poco, ese cielo se va quedando distante, hasta transformarse en un infierno. 

Primero, era el deseo de tener la ropa de etiqueta, la tv de moda, el carro del año, el celular de mejor tecnología. Después, el status de las altas ruedas, donde impera la mediocridad de las ideas vacías, donde solo se discuten la marca de los vestidos, la grife  de las joyas y los cargos de los privilegiados que casi siempre, son puestos en lugares donde no saben conducirse. Comienza la vida artificial. Lo simple no cabe más en sus ambiciones. Es necesario ser sui generis, diferente, y tener el nombren en evidencia en las columnas sociales.

Cuando juzgamos a un drogado, considerándolo un débil, que hace viajes sin retorno, volvamos los ojos para dentro de nosotros y percibamos cuantas drogas nos consumen, a pesar de considerarnos equilibrados. Si ya vencemos las drogas que viven del lado de afuera, porque no alimentamos los traficantes del crack, ni a los de la mariguana o de la cocaína y ni  hacemos uso del alcohol y del cigarro, aun somos esclavos de las que viven dentro, porque nuestra vida no es nuestra; vivimos para exhibirnos y alimentamos a los traficantes de ilusiones.

Todos los seres humanos son vanidosos, egoístas, orgullosos, impacientes, susceptibles e insatisfechos con todo y con todos. Vemos más defectos que virtudes, en todo aquello que nos rodea. Criticamos al gobierno, a la policía, al médico. Mientras tanto, somos los grandes responsables por nuestras enfermedades, nacidas de la ansiedad y más. Si no frenamos ya esas angustias, no podemos garantizar que de aquí a poco no seremos nuevos consumidores de las drogas convencionales. Drogas que, muchas veces, son prescritas por los propios médicos que lidan con las enfermedades del alma. ¡Dopan más de lo que curan!

Nunca ellas de esparcieron tanto, porque nunca las familias estuvieron tan desintegradas, y los padres nunca fueron tan insensibles en la educación de sus hijos. Los valores morales no tienen prioridad en la educación. Se privilegia al mundo material, dando al hijo la mejor escuela, el mejor medico, el mejor videogame y otras parafernalias que la Tv y el internet, los shoppings y lo telemarketings tan bien divulgan.

Se enseña a los hijos – especialmente los que ostentan nombres importantes –  que sus retoños tienen el derecho de exigir de la sociedad que los acepten y los disculpen, usando el apellido notable, cuando necesiten defenderse. Todas las personas, especialmente los que son o serán padres, deberían leer, en El Libro de los Espíritus, sobre la Infancia – preguntas 379 a 385. Si quiera leer u oir, para gravar mejor, la siguiente pagina http://www.compadrelemos.com:80/audio.php?cod=34678 

Las clásicas frases “¿tú sabes con quien estás hablando?” o “¿tu sabes de quien soy hijo?”, cada día, son más usadas para abrir puertas de fuga, en caso de corrupción moral o financiera. Al pasar la mano en la cabeza del hijo, los padres no perciben que los empujan para el abismo.

Debemos compadecernos y dar toda ayuda a los dependientes de droga, sin olvidar, sin embargo, que todos nosotros somos dependientes de alguna manera. Mismo las dependencias que no percibimos: dependientes del cuerpo, del pensamiento, del placer, de la comida, que son, muchas veces, el camino más corto para llegar a las drogas convencionales. Pare antes de la hora fatal, porque, cuando llegue la bajada, tu no frenarás más el carro que conducías  ladera abajo, en la ruta de la encarnación.

Como aun nos falta estructura para vencer los desafíos, substituyéndolos por las más elementales virtudes, librémonos, por lo menos, de los vicios. Como están fuera de nosotros, es mucho más fácil.

En este 31 de marzo, cuando en 1869 desencarnaba Allan Kardec, renovemos a él nuestro agradecimiento por todo lo que nos dejo, a costa de mucho sacrificio. ¡Si creemos en las orientaciones de los Espíritus, no hagamos de nuestra vida una droga! Todo lo que escribimos hasta aquí aprendemos con el maestro francés.

¡Buena suerte a todos nosotros!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – marzo 2011

As drogas e a dependência

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Se a droga causa dependência, a dependência é também uma droga.
Nenhuma novidade há no conceito acima. É voz corrente, que é preciso combater todo tipo de droga, porque ela destrói, além do corpo físico, o caráter do viciado.
O vício, todavia, não está apenas na droga, mas no jugo a que ela nos submete, prevalecendo sobre a vontade e deixando evidente a nossa fraqueza, quando se trata da administração da nossa vida.
A pergunta primeira a ser feita é: por que as pessoas se drogam?
A resposta óbvia é porque estão desajustadas e procuram fugir dos seus complexos, da sua tristeza, da insatisfação com a vida que levam. Seja rico, seja pobre!
Isso ocorre de maneira natural, porque compomos a humanidade de um mundo de provas e expiações, cuja característica básica é a imperfeição; na maioria das vezes, não por maldade, mas por ignorância sobre os verdadeiros valores a serem vividos e conquistados, em cada encarnação; por isso, nunca estamos satisfeitos. Não temos um limite que nos satisfaça.
Sem vontade própria, a grande porcentagem dos homens deixa-se conduzir pelos ouropéis com que os mais espertos nos iludem, prevalecendo-se da fraqueza das almas mal conduzidas, seja pela vontade própria vacilante, seja pela deficiência de orientação dos responsáveis pelo seu aprimoramento moral e espiritual.
Como esse problema é generalizado, qualquer um de nós corre o risco de cair na trama dos ardilosos, porque esses profissionais conhecem muito bem as sutilezas de como nos envolver, com falsas promessas de felicidade. Aliás, todos nós caímos na lábia deles, todos os dias.
Sabemos todos quais são os nossos objetivos primários: ter saúde, ter dinheiro e ter prazer. A par disso, um rosto bonito, um corpo sarado, o que já não é problema, porque as modernas técnicas de embelezamento e reforma do corpo humano solucionam tais problemas, com grande facilidade. Põe-se um pouco aqui, tira-se um pouco ali, aspira-se o que está demais, enxerta-se onde há de menos, estica, encolhe e está aí o modelo humano perfeito. Artificial, é verdade, mas que importa, se causa prazer e dá ideia de felicidade. O resto fica por conta dos nossos sentidos desequilibrados.
É por isso que, quando falamos de drogas, temos de definir quais são elas. Se uns são dependentes químicos, outros são dependentes físicos ou psicológicos.
A estrada que nos leva ao fundo do poço é, inicialmente, uma passagem espaçosa e confortável que, aos poucos, vai afunilando até se tornar um atalho de mão única para o caos. Mas não começou assim.
A dependência química, lamentável sobre todos os aspectos, pode muito bem ter iniciado por dependência psicológica, produto da infelicidade vivida pela pessoa que deseja castelos, mas não pode viver nem num barraco. Sonha com o céu, na terra, mas pensa construí-lo na preguiça, na ociosidade, na burla, vivendo à custa dos outros. Aos poucos, esse céu vai ficando distante, até se transformar num inferno.
Primeiro, era o desejo de ter a roupa de grife, a TV da moda, o carro do ano, o celular de melhor tecnologia. Depois, o status das altas rodas, onde impera a mediocridade das ideias vazias, onde só se discutem a marca dos vestidos, a grife das joias e os cargos dos privilegiados que, quase sempre, foram postos em lugares onde não sabem conduzir-se. Começa a vida artificial. O simples não cabe mais nas suas ambições. É preciso ser sui generis, diferente, e ter o nome em evidência, sempre citado na coluna social.
Quando, portanto, julgamos um drogado, considerando-o um fraco, que faz viagem sem volta, voltemos os olhos para dentro de nós e percebamos quantas drogas nos consomem, apesar de considerar-nos equilibrados. Se já vencemos as drogas que moram do lado de fora, porque não alimentamos os traficantes do crack, nem os da maconha e os da cocaína e nem fazemos uso do álcool, do fumo, mas ainda somos escravos das que moram no lado de dentro, porque nossa vida não é nossa; vivemos para nos exibir e alimentamos os traficantes de ilusões.
Todos os seres humanos são vaidosos, egoístas, orgulhosos, impacientes, melindrosos e insatisfeitos com tudo e com todos. Vemos mais defeitos que virtudes, em tudo aquilo que nos rodeia. Criticamos o governo, a polícia, o médico. No entanto, somos os grandes responsáveis pelas nossas doenças, nascidas da ansiedade e que tais. Se não freamos, logo, essas angústias, não podemos garantir que, daqui a pouco, seremos novos consumidores das drogas convencionais. Drogas que, muitas vezes, são prescritas pelos próprios médicos que lidam com as doenças da alma. Dopam mais do que curam!
Nunca elas se espalharam tanto, porque nunca as famílias estiveram tão desagregadas, e os pais nunca foram tão incompetentes na educação dos seus filhos. Os valores morais não têm prioridade na educação. Privilegia-se o mundo material, dando ao filho a melhor escola, o melhor médico, o melhor videogame e outras parafernálias que a TV e a internet, os Shoppings e os Telemarketings tão bem divulgam. Ensina-se aos filhos – especialmente os que ostentam nomes importantes – que seus rebentos têm o direito de exigir da sociedade que os aceitem e os desculpem, usando o sobrenome notório, quando precisarem de defesa. Todas as pessoas, especialmente os que são ou serão pais, deveriam ler, em O Livro dos Espíritos, sobre a Infância – perguntas 379 a 385. Se quiser ler e ouvir, para gravar melhor, digite http://www.compadrelemos.com:80/audio.php?cod=34678
As clássicas frases “você sabe com quem está falando?” ou “você sabe de quem eu sou filho?”, a cada dia, são mais usadas para abrirem portas de fuga, em caso de corrupção moral ou financeira. Ao passarem a mão na cabeça do filho, os pais não percebem que os empurram para o abismo.
Devemos lastimar e dar toda ajuda aos dependentes de drogas, sem esquecer, porém, que todos nós somos dependentes de alguma maneira. Mesmo as dependências que não percebemos: dependentes do corpo, do pensamento, do prazer, da comida, que são, muitas vezes, o atalho mais curto para se chegar às drogas convencionais. Pare, antes da hora fatal, porque, quando chegar na descida, você não segura mais o carro que o conduzirá ladeira abaixo, na rota da encarnação.
Como ainda nos falta estrutura para vencer os defeitos, substituindo-os pelas mais elementares virtudes, livremo-nos, pelo menos, dos vícios. Como estão fora de nós, é bem mais fácil.
E, neste 31 de março, quando, em 1869, desencarnava Allan Kardec, renovemos a ele nossos agradecimento por tudo que nos deixou, à custa de muito sacrifício. Se acreditarmos nas orientações dos Espíritos, não façamos da nossa vida uma droga! Tudo o que escrevemos até aqui aprendemos com o Mestre francês.
Boa sorte a todos nós!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – março 2011