Traducción Maria Renee San Martins
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“¿Cuál es la más meritoria de todas las virtudes?”

 Esta pregunta fue hecha a los orientadores espirituales y está registrada en El Libro de los Espíritus, en la pregunta nº 893.

La respuesta no deja dudas: “Todas las virtudes tienen su merito propio, porque todas son señales de progreso en el camino del bien. Hay virtud siempre que haya resistencia voluntaria a la atracción de las tendencias. Pero lo que es más sublime en la virtud es el sacrificio del interés personal por el bien del prójimo, sin segundas intenciones. La virtud más meritoria es aquella fundada en la mas desinteresada caridad”.

Nos resta, ahora, definir y comprender lo que es caridad. Ya no podemos confundirla más con limosna, después de las orientaciones traídas por el Espiritismo.

  La caridad es ejercida en cada movimiento, en cada actitud, sea en relación a terceros, sea en relación a nosotros mismos. Es hasta común olvidarnos de la auto- caridad,  cuando descuidamos la salud, del indispensable reposo, del equilibrio alimentar y entramos en desvaríos mentales que nos causan los conocidos estreses y depresiones.

Para que esa caridad tenga suceso, la virtud, mencionada en el titulo de este escrito sencillo, es de las más importantes: PACIENCIA! Cuantas veces nos perdemos por la impaciencia, desistiendo el intentar un poco más, de mantener la confianza y serenidad por un tiempo más, sin desistir de algún objetivo.  El puede ser la victoria sobre la irascibilidad, la tolerancia con alguien difícil, la aceptación de la enfermedad que nos cansa, la persistencia en la educación de un hijo rebelde, el equilibrio en el transito o la conformación ante las dificultades de la vida.

En nuestro libro “Modo de Ver”, de la Casa Editora O Clarim, tenemos una página que dice Paciencia, la ciencia de la paz. Argumentamos que, aunque etimológicamente paz y ciencia nada tiene que ver con paciencia, sin duda, la paciencia es la ciencia que nos lleva a la paz.

La paciencia nos es enseñada por la naturaleza. Cualquier planta espera, pacientemente, el tiempo exacto de dar flores y después producir frutos. El feto espera nueve lunas para después nacer. Todo en la hora cierta. Nuestro corazón palpita una vez y espera nuevamente, en un trabajo de décadas, sin que él se canse con la rutina. Lo mismo se da con la respiración, con la digestión, que muestran la paciencia de la naturaleza en relación a nosotros.

Imaginemos si Dios no tuviera paciencia con sus hijos. Manda un emisario a la Tierra para enseñarnos; manda otro y uno más y nosotros continuamos sordos ante los consejos de sus enviados, todos ellos dando apertura a nuestra felicidad. Pero Dios nunca desiste. ¡Al final, fue Él quien invento la paciencia!

La falta de paciencia genera la irritabilidad y el consecuente nerviosismo; nos desequilibramos el organismo, produciendo úlcera, gastritis, hipertensión, angina, infarto, vitíligo, bajando la inmunidad y hasta interfiriendo en las células que terminan cancerosas. Esto en el cuerpo físico.

Si analizamos sobre el prisma espiritual, veremos que la impaciencia abre puertas a procesos obsesivos, dada a la sintonía con espíritus inferiores que se complacen ante nuestra infelicidad. Y, a medida que el proceso se instala, va quedando más intenso y crónico, dificultando la reversión para retorno al equilibrio.

Cuando nos quedamos impacientes, sea con algo o alguien, busquemos desviar el pensamiento, sintonizando con algo bonito, escuchemos la música preferida o usemos otros recursos que nos ayuden a desviar la atención de aquello que consideramos problema. Partamos del principio de que todo tiene solución. Hasta la muerte es una bella salida para interrumpir, muchas veces, vidas inútiles o desarregladas. Recordemos una trova sobre la muerte, de Djalma Andrade, aquel poeta de Congonhas do Campo-MG, que dice: la muerte es la bella enfermera/ viene sin alguien llamar/ cura siempre las heridas/ que nadie supo curar. O la otra del mismo autor: la muerte es la mejor ama/ sin ser llamada aparece / y es tan lindo lo que canta/ que luego nos adormece.

Paciencia depende de un aprendizaje lento y continuo. Solo viene cuando se tiene fe. Pero, como todo lo que incorporamos al inconsciente espiritual es nuestro, es inalienable, cualquier esfuerzo vale la pena, porque es el tesoro que el ladrón no roba, la polilla no come y el herrumbre no destruye: quien, en una encarnación, incorpora en si una de las virtudes- paciencia, humildad, desprendimiento, solidaridad, resignación, etc. – se queda dueño de ella  por toda la eternidad. ¿Porque imaginamos que Chico era de aquella forma?

Porque él  entrenó, en encarnaciones pasadas, una cosa en cada una de ellas. Y con certeza, no fueron pocas sus vidas de aprendizaje.

Paciencia no se compra en la farmacia. Lo  que allá se compra es calmante, que nada más es que paciencia artificial. Para usar un término actual, es paciencia pirata. La verdadera y conquistada paciencia evita crímenes, falta de suceso, enemistades, injusticias, arrepentimientos, amarguras, enfermedades y tanta otros dolores. Perseverar siempre un poco más, antes de perder la paciencia, es sabiduría; ¡incluso porque nadie puede perder lo que no tiene!

Es difícil, pero vale la pena.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – mayo 2011