Octávio Caumo Serrano – caumo@caumo.com
Traducción- Maria Renee San Martin – relu2521@yahoo.com

Capítulo VI, do Libro III de El Libro de los Espíritus, trata de una de las Leyes Morales.

La ley de la destrucción, la primera que sigue a la Ley de la Conservación, nos muestra como todo es necesario y se encadena delante de las leyes planetarias que organizan la naturaleza. Construir y destruir hace parte del progreso, desde que todo sea realizado con criterio.

En los ejemplos de lo cotidiano, vemos eso constantemente. Donde esta una casa em un amplio terreno, nace un edificio que abriga a diez, quince, veinte veces más familias de lo que la residencia unifamiliar. Es el progreso adaptándose al desenvolvimiento social por que más personas reencarnan y tienen tareas a realizar en el planeta.

Lo mismo se da en el ámbito comandado por los espíritus, cuando determinan a los encargados de los fenómenos de la naturaleza que hayan bajo su comando. Por tanto, volcanes, terremotos, maremotos, tsunamis, no son eventos desordenados, sino acontecimientos planeados con vista a los rescates colectivos, a veces, o a las imposiciones del progreso de los mundos, en otras oportunidades.

Cuando Jesús calmo la tempestad en el Mar de Galilea, nos daba una muestra de la relación entre los Espíritus Superiores y los operarios de la espiritualidad. Unos ordenan, otros obedecen. Los vientos, las lluvias y demás fenómenos climáticos son todos planeados y comandados por los Espíritus. Nada acontece de manera fortuita.

Observemos que en los diferentes reinos de la naturaleza hay una perfecta integración.  La orquídea se sustenta en el tronco del gran árbol, en cuanto saca del aire su sustento. La hierba llamada dañina tiene muchas veces propiedades farmacológicas, conocidas o no. Más allá de eso, nacida en el pie del árbol, cría sombra para la raíz de esta para que el sol no la maltrate. Hay un intercambio perfecto. Su destrucción debe obedecer a criterios definidos.

Entre los animales, hay los predadores de cada especie. La falta de uno genera desequilibrio en el otro, aumentando su actuación o tornándolos violentos, en la búsqueda de sustento. Si la cobra se alimenta de ratones, exterminándolos sin criterio representa aumentar la población de serpientes hambrientas que terminaran por invadir las residencias. Lo mismo se da en otros casos. Cuando hay cucarachas en las casas, por falta de higiene, son atraídos los escorpiones que de ellas se alimentan. Las arañas comen moscas, los pájaros comen insectos, etc. Estudios informan que cada pájaro consume más de cien insectos por día. Si no fuesen ellos, tendríamos aun más sancudos, mosquitos, y todo tipo de animales menudos que ellos consumen y, consecuentemente, más enfermedades.

La destrucción obedece a criterios. Dice un dicho popular, que después de la tempestad viene la calma, porque la lluvia y el viento limpian las calles y los matos, llevándose las plagas, removiendo hojas secas y gajos muertos, para renovar las plantas. Una poda natural.

El alimento es destruido en la boca para llegar al estomago y posteriormente transformarse en la sangre de la vida; el trigo necesita ser triturado por el inclemente molino para transformarse en el pan; la semilla tiene que morir enterrada para generar una nueva planta. Son destrucciones sabias y naturales. Por eso los orientales dicen que cualquier tonto sabrá cuantas semillas hay en una fruta, pero solo Dios conoce cuantas frutas existen en una semilla. En este mes de los muertos, época en que adoramos a nuestros queridos, vemos que esta ley también se aplica. Hay la destrucción de los cuerpos físicos para que los espíritus, delante del desencarne, reflexionen y se preparen para nuevas vidas en la materia. Los equívocos de una reencarnación necesitan ser reparados en la siguiente.

Lo que no podemos aceptar es la destrucción indiscriminada nacida de la ganancia de los hombres. La desforestación que perjudica el equilibrio de la naturaleza, la polución de los ríos por la contaminación de productos químicos y otros, porque es todo hecho sin criterio e causa daños.

La matanza de animales, muchas veces como placer, sin ninguna utilidad. La maldad del tiro a la paloma, de la corrida de toros, de la fiesta de la juerga de buey, y que otros, no pueden tener nuestro aval.

Lo que debemos destruir, y con criterio, son nuestros vicios y defectos. Tenemos que comprender que la destrucción de una falla se da por la incorporación de una virtud. Nadie puede ser al mismo tiempo humilde y orgulloso, avaro y desprendido, o tener cualquiera de esos sentimientos opuestos al mismo tiempo. O si es manso o si es violento; o si es calmo o si es impaciente.

Dice El Libro de los Espíritus que es necesario discernir entre la destrucción necesaria y la abusiva. Tenemos el ejemplo de las guerras, cuando en nombre de la democracia, esclavizan los países; en nombre de Dios, combatimos las religiones; en nombre de la justicia, matamos a un delincuente que debería pagar su pena con la realización de trabajos, sin constituirse en un peso para la sociedad, lo que acontece en los sistemas actuales en el mundo entero. Ese tipo de destrucción, lejos de construir algo, genera aun más destrucción.

La lectura atenta del capítulo mencionado, en El Libro de los Espíritus, nos dará directrices para una vivencia equilibrada, distribuyendo o aceptando la naturaleza en sus propósitos para la manutención del equilibrio del planeta y consecuentemente, de las personas. El nuevo mundo ya está formándose y espera mucho la colaboración de todos nosotros.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Noviembre 2012