Sentir alegría es estar bien con la vida.
•  Traducción: Edda Fontes

Hay una falsa idea de que los religiosos, particularmente los espiritistas, deben ser tristes y están prohibidos de reírse y de sentir alegría. Nos parece que esto ofende al prójimo y agrede la miseria del mundo, como si estuviésemos impedidos de ser felices por las desigualdades humanas. ¡Pero ni todo es nuestra culpa! Ni ésa es la orientación de los espíritus. Al contrario, dicen ellos que debemos brindar la vida como una forma de agradecer por esta encarnación que nos permite avanzar un poco más hacia la perfección espiritual. La reencarnación, al final, es la misericordia del Padre que sabe que sus hijos son hechos a Su imagen y semejanza.
Cuando analizamos la vida de los grandes médiums, vemos que, aunque ellos disponen da la mediumnidad las veinticuatro horas, no están todo el día en trabajo mediúmnico ostensivo, tarea en explícita. También duermen, comen, pasean, se divierten, porque eso les reabastece para que hagan su trabajo contentos. Cuando pensamos en la figura del excelso Chico Xavier en su intercambio con el plan invisible, atendiendo a las madres y personas aflictas, o cuando le veíamos a la sombra del aguacatero distribuyendo alimentos a los pobres de su ciudad, no imaginamos a aquella persona como a alguien tan alegre como era el gran misionero del Espiritismo.
Pocas veces estuvimos con él, en la intimidad, porque somos de aquéllos que le respetaban, dejándole libre para los que estuviesen más necesitados de hablarle. Pero en estas pocas oportunidades, sentimos alegría en aquel hermano, ya mayor, enfermo y debilitado, charlando con los más próximos, comentando y riéndose de hechos cotidianos.
Nuestro viejo y querido amigo Miguel Pereira, del Grupo Espirita Los Mensajeros, editaba mensualmente los folletos distribuidos en los Centros, bajo la orientación de Chico. Eran nueve mensajes de cuestiones de moral y una doctrinaria, generalmente extraída de la codificación. El primero a recibir el paquete era Chico Xavier. Al llevar el material hasta Uberaba, Miguel no podía olvidarse de su guitarra, porque después de su trabajo mediúmnico, aquel médium le pedía para tocar y cantar. Y Miguel, que era un cantante nato, que incluso vivió de la música por algun tiempo, cantaba las viejas canciones de famosos trovadores, para deleite del médium, que también cantaba y se reía feliz en aquella fiesta. Era como si él recargase las pilas para continuar un poco más.
A pesar de toda su edad, se reerguía del desgaste provocado por el trabajo, y cuando parecía que no más se levantaba de su cama, luego estaba él renovado para proseguir su lucha. Y así, enfermo por toda su encarnación, llegó a los 92 años produciendo hasta el día final, cuando desencarno en una fecha que siempre la recordaremos: 30 de junio de 2002.
Cuando estamos alegres es porque nuestra alma está en paz, aunque según los valores de este mundo, nos falte algo. Sentimos paz, conciencia tranquila, disposición física, esperanza, somos pacientes, pacíficos y dispuestos a servir, en un ademán de gratitud por lo que recibimos de la vida. No somos impacientes, ni inseguros, ni precipitados. Seguimos el tiempo de Dios y no el nuestro. Es en aquella hora que vivimos la práctica del “Padre Nuestro”, al decir “sea hecha vuestra voluntad”. Cuando, en lugar de preocuparnos solamente por lo qué nos hace falta, decidimos agradecer por lo que ya tenemos, facilitamos así la conquista de nuestra dicha.
En vez de desgastarnos con el cambio del coche por otro moderno, recordemos a los que andan en metro, en autobús, en tren, en barco, a caballo o a pie. En lugar de aburrirnos con el puesto que tenemos y con el salario que ganamos, observemos los que piden limosna por falta de trabajo y a los que sobreviven del alimento recogido en la basura. No es masoquismo, sino un recurso comparativo para ver como todavía tenemos más a agradecer que a lamentar.
Tenemos que aceptar nuestro cuerpo, nuestro rostro, nuestras deficiencias o limitaciones, porque ellas atienden a los imperativos de esta encarnación, para reparo de los antiguos errores. Cuando sufrimos del hígado, del pulmón, de los bronquios, del corazón, comprendamos que son deficiencias grabadas en el perispíritu en vidas pasadas y que ahora sirven de freno y alerta para que no cometamos los mismos engaños. Por lo tanto, la enfermedad en vez de castigo, es una aliada preservando nuestra salud. Limita nuestra acción para que no repitamos los mismos excesos. ¿Difícil comprender esto? Para los que tienen fe, no.
Todo lo que Dios hace es bueno; aunque nos duela, porque es necesario y para nuestro bien. Nunca dejemos que nada ni nadie nos quite la alegría. No entreguemos el bien más precioso que tenemos – nuestra VIDA – al primero que llega, sea el gobierno, el patrón, el cónyuge, el hijo, el amigo, el gurú o el desafecto. Somos una individualidad con duración eterna. ¡Y fíjense qué eterno es bastante tiempo! Por lo tanto, no tengamos prisa desaforada y, sigamos el ritmo natural que construye cada cosa en su debido tiempo. Cuando estamos en equilibrio, raciocinamos mejor. Todo pasa a tener más sentido y difícilmente nos arrepentimos de lo que hacemos, pensamos o decimos.
Vale la pena practicar esto porque el beneficio va para aquél que lo aplica. No hay que sonreír desorbitada o burlonamente, como los portadores de la idiotez; no hay que alegrarse con irracionalidad, no hay que carcajear con conversas chulas. Sin embargo, nunca perdamos la oportunidad de reírnos, con la boca, con los ojos y con el alma, para que nos sintamos felices. Esto es el elixir para una vida larga. Un secreto para pocos: ¡sólo para los que tienen FE!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Setiembre 2013