Riqueza e pobreza

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Quem não deseja ser lindo? Quem não deseja ser forte? Quem não deseja ser rico? Quem não deseja ser inteligente? Claro que todos querem ter tais atributos. Mas e daí? O que fazer com eles?

Nas mensagens dos Espíritos há sempre referências aos perigos dos grandes dotes porque é por eles que mais nos perdemos. Não foi sem fundamento que Jesus Cristo nos falou sobre a dificuldade de um rico entrar no reino dos céus. Não porque a riqueza seja algo sujo ou feio. Bem ao contrário, ela é uma das bênçãos que o homem recebe para usar em nova encarnação e pode produzir grande progresso para a alma que vive essa experiência.

Por que, então, a riqueza é perigosa? Exatamente porque deixa o homem orgulhoso e prepotente, imaginando que é dono de um recurso que lhe permite dominar os outros, subjugando-os. Quem paga imagina que pode tudo. Esquece que tais acervos são mais valiosos quando divididos, socializados, e isso não significa distribui-los ou reparti-los sem critério. A mais inteligente forma de aplicar a riqueza é produzindo trabalho. O empresário torna-se um benfeitor do pobre quando lhe dá a oportunidade de conquistar o pão por virtude própria. Não o escraviza à esmola ou qualquer tipo de caridade constrangedora.

Os mesmos perigos correm os que não sabem lidar com a formosura física, com a inteligência privilegiada ou com qualquer tipo de vigor material que deve sempre ser usado para defender, estimular, ensinar e jamais para prevalecer-se da qualidade criando constrangimento para o semelhante.

A pobreza é igualmente uma prova perigosa. Se o rico deve cultivar humildade e desprendimento, o pobre deve zelar pela honestidade e retidão de caráter. Mesmo lhe faltando até mesmo o necessário mínimo e básico, jamais terá o direito de prevalecer-se desse suposto infortúnio para lesar quem quer que seja, enganando ou subtraindo algo de outrem sob a desculpa da necessidade, da miserabilidade ou da desigualdade social.

Sob a ótica espírita, quem não sofrer bem sofrida qualquer dificuldade, terá o sofrimento perdido devido à insubordinação diante das leis divinas. Informados sobre as imposições da eternidade, sabendo que somos herdeiro de nós mesmos e que estamos condenados ao aprimoramento, podemos compreender que a encarnação vivida dentro da dificuldade foi gerada pela invigilância em alguma outra etapa da nossa viagem espiritual. Não tratemos esse aparente resgate como pagamento de dívidas contraídas, mas como reaprendizado de lições mal compreendidas. Afinal, melhor reencarnar do que ser mandado para o inferno, sem novas oportunidades.

Façamos com que os talentos, de que natureza for, possam só produzir bens, mas para todos porque se assim não for seremos cultores do egoísmo e da egolatria. E quem é escravo do mundo acaba ficando preso ao mundo, sem conseguir libertar-se. Será mais um desses que morrem sem conseguir desencarnar!

Octávio Caúmo Serrano – Jornal O Clarim – Novembro de 2013

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Las características del hombre de bien

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Después de estudiar el Espiritismo por largo tiempo, verifico a cada día como es más raro encontrar hombres de bien, según las prerrogativas espirituales.

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

En el libro El Cielo y el Infierno, capítulo III, tenemos la declaración del abuelo José Bré, que discurre sobre la honestidad según Dios y según los hombres. Atiende él a una pregunta de la nieta que anhela saber como está él viviendo en el mundo espiritual. Y cuando él contesta que expía su descreimiento y sufre por no haber aprovechado mejor el tiempo en la Tierra, ella se sorprende y pregunta: “¡Cómo! ¿No viviste siempre honestamente?”

A partir de allí, el Espíritu hace una larga disertación sobre el abismo que hay entre la honestidad  ante  los hombres y la honestidad ante Dios. Explica que no basta cumplir las leyes sociales y no perjudicar los otros ostensivamente, o sea, heriéndolos, agrediéndolos, denigrándolos. Que no basta librarnos de los castigos mencionados en el código penal, porque hay otros males, como la hipocresía y la maledicencia, por ejemplo, que no son punidos por las leyes de los hombres.

El hombre de bien, que es el honesto ante Dios, debe vigilar su comportamiento, sus ademanes, sus palabras, pues no debe agredir el semejante ni siquiera por insinuaciones. No puede ser orgulloso, presumido, imprudente, malvado, envidioso, celoso, melindroso o tener cualquier defecto que lo nivele a las personas  no caritativas, con el prójimo y consigo misma. Debe ser alguien que no se deja alcanzar por el agravio, porque comprende que el agresor  es un enfermo que necesita de tratamiento. Y la medicina es generalmente la otra faz que ofrecemos con aclaraciones basadas en el Evangelio. Imitando los grandes ejemplos de Jesús, Gandhi, Chico y tantos otros.Si no caben palabras en la explicación, serán ofrecidos el silencio y el perdón. Solo amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo es que el hombre puede ser un hombre de bien.

El Espiritismo, más que cualquiera otra doctrina, nos da recetas y exigencias para que alguien sea considerado un hombre de bien. Dos textos análogos de la codificación testifican lo que afirmamos:

1. La pregunta 918 de El Libro de los Espíritus – Características del Hombre de Bien; 2. El capítulo XVII, apartado 3o, del Evangelio Según el Espiritismo – El Hombre de bien.

Muestra que no somos hombres de bien si no practicamos la Ley de Justicia, de Amor y de Caridad. si no somos hombres de bien en tres situaciones diferentes: ante el prójimo, ante Dios y ante nosotros mismos. ¡Analicemos!

Puedo me preguntar: ¿me considero un hombre de bien? Sí, evidentemente. Cumplo con los compromisos asumidos, pago puntualmente mis deudas y busco no ser malo ni injusto. ¿Pero eso es suficiente? No; es poco. Eso me hace honesto con los hombres, pero no delante de Dios.

Para ser honesto ante Dios es preciso que yo valore mi encarnación, ese ademán de la misericordia divina, no me exasperando, no perdiendo la fe, no culpando la suerte por mis errores y no adoleciéndome sin necesidad por la codicia, por la vanidad y por la busca irrefrenable de los superfluos.

Y para ser honesto delante de mí mismo, tengo de cuidar de mis sentimientos de modo a añadir virtudes y eliminar defectos. Simple. Basta no ponerse nervioso, insatisfecho, no melindrarse,  etc. No podemos ser al mismo tiempo desinteresados y avarientos, pacientes y aflictos. ¿Por qué no conseguimos administrar bien estos sentimientos? Porque nos faltan atributos, obviamente. Queríamos mucho, sin embargo aún no estamos en el tiempo de controlarnos, porque la fe aún está embrionaria. Vivimos en un mundo de pruebas y expiaciones y él no está en esa categoría por sus ríos, sus montes, sus bosques, sino por el conjunto de las almas que habitan este planeta. Quien pasa por las pruebas y expiaciones son los Espíritus y no la geología terrestre.

Los Espíritus afirman que las dos mayores enfermedades del hombre son el orgullo y el egoísmo, peores  que los cánceres o la SIDA, los infartos y las ulceraciones de toda naturaleza. Éstas acaban después del desencarne, sin ambargo las enfermedades del carácter nos acompañan por la eternidad y su cura solamente es conseguida con la reforma interior mientras somos testados por la vida. No son detectadas por ultrasonidos, resonancias, rayos X, tomografias o análisis de sangre. El equipo usado por Dios aún no es del conocimiento de los hombres. O empezamos a curarlas desde ya o continuaremos almas imperfectas saliendo de esta encarnación sin ninguna mejora espiritual. El momento es aquí y ahora. La separación de la cizaña y el trigo ya está adelantada.

Ser hombre de bien, por ahora, solo es posible en el aspecto social. Si es patrón, ser generoso; si es empleado, ser dedicado. Si es padre, ser responsable; si es hijo, ser agradecido. Si es rico, ser caritativo; si es pobre, ser resignado y humilde. El hombre de bien de este instante de la humanidad se ve por las pequeñas cosas, en los ademanes de gentileza y educación, cuando tiene la boca cerrada a los comentarios malignos, cuando no es juez apresurado del comportamiento ajeno. Disculpa porque sabe que también necesita el perdón, ya que se equivoca aún en un volumen comprometedor. El hombre de bien, citado en los textos mencionados anteriormente, tiene aún una larga carretera a recorrer y ella envuelve un sin número de encarnaciones purificadores. Pero eso no debe ser motivo de desánimo. Si ya sabemos sobre el guión de la evolución y tenemos los recursos ofrecidos por el Espiritismo, con total claridad, sabemos que ya caminamos mucho, a pesar de aún faltar la gran parte del camino.

Sigamos la propuesta de San Agustín, en la cuestión 919 de El Libro de los Espíritus, en la cual nos orienta sobre el auto conocimiento. Podemos trazar un guión seguro para análisis de uno mismo, que repetiremos con cierta frecuencia, a fin de irmos a cada tiempo modificándonos y sustituyendo los defectos más comunes por las virtudes que los neutralizan. Un por vez, a los pocos. Comenzando por los más fáciles o por los que más nos comprometen. Parte se consigue en el contacto con el semejante, parte en nuestra conversación con Dios y grande parcela con la tentativa de domar la fiera que vive en nuestro corazón y que está siempre lista a atacar. Un poco por día, por mes o por año. desde que comencemos luego, porque el tiempo está terminando y el tren para el exilio ya está en los trillos y con las calderas encendidas, esperando solamente por los pasajeros invigilantes. Podemos alterar el sentido de nuestra vida y candidatarnos a quedar en la Tierra en su período de promoción a Mundo de Regeneración. No es difícil, pero demanda algún esfuerzo. ¡Pero al final, valdrá mucho la pena! ¡Buena suerte para todos nosotros!

Revista Internacional de Espiritismo – Noviembre 2013

As características do homem de bem

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RIE novembro 2013

Depois de estudar o Espiritismo por tanto tempo, verifico a cada dia como é mais raro encontrarmos homens de bem, segundo as prerrogativas espirituais.

No livro O Céu e o Inferno, capítulo III, temos o depoimento do avô José Bré, que discorre sobre a honestidade segundo Deus e segundo os homens. Atende ele a uma pergunta da neta que deseja saber como ele está vivendo no mundo espiritual. E quando ele responde que expia a sua descrença e sofre por não ter aproveitado melhor o tempo na Terra, ela se surpreende e pergunta: “Como! Não viveste sempre honestamente?”

A partir daí, o Espírito faz uma longa dissertação sobre o abismo que há entre a honestidade perante os homens e a honestidade perante Deus. Explica que não basta cumprir as leis sociais e não prejudicar os outros ostensivamente, ou seja, ferindo-os, agredindo-os, denegrindo-os. Que não basta livrar-nos das punições mencionadas no código penal, porque há outros males, como a hipocrisia e a maledicência, por exemplo, que não são punidos pelas leis dos homens.

O homem de bem, que é o honesto perante Deus, deve policiar seu comportamento, seus gestos, suas palavras, pois não deve agredir o semelhante nem mesmo por insinuações. Não pode ser orgulhoso, vaidoso, leviano, maledicente, invejoso, ciumento, melindroso ou ter qualquer defeito que o nivele às pessoas descaridosas, com o próximo e consigo mesmo. Deve ser alguém que não se deixa atingir pela ofensa, porque compreende que o agressor é um doente que precisa de tratamento. E o remédio é geralmente a outra face que oferecemos com esclarecimentos baseados no Evangelho. Imitando os grandes exemplos de Jesus, Gandhi, Chico e tantos outros. Se não couberem palavras na explicação, serão oferecidos o silêncio e o perdão. Só amando a Deus sobre todas as coisas e ao próximo como a si mesmo é que o homem pode ser um homem de bem.

O Espiritismo, mais do que qualquer outra doutrina, nos dá receitas e exigências para que alguém seja considerado um homem de bem. Dois textos similares da codificação atestam o que afirmamos:

1. A pergunta 918 de O Livro dos Espíritos – Características do Homem de Bem; 2. O capítulo XVII, item 3o, de O Evangelho Segundo o Espiritismo – O Homem de bem.

Mostra que não somos homens de bem se não praticarmos a Lei de Justiça, de Amor e de Caridade. Se não formos homens de bem em três situações diferentes: diante do próximo, diante de Deus e diante e nós mesmos. Analisemos!

Posso me perguntar: considero-me homem de bem? Sim, evidentemente. Cumpro com os compromissos assumidos, pago pontualmente minhas contas e procuro não ser maledicente nem injusto. Mas isso é suficiente? Não; é pouco. Isso me faz honesto diante dos homens, mas não diante de Deus.

Para ser honesto diante de Deus é preciso que eu valorize a minha encarnação, esse gesto da misericórdia divina, não me irritando, não perdendo a fé, não culpando a sorte pelos meus erros e não me adoecendo sem necessidade pela ganância, pela vaidade e pela busca irrefreável dos supérfluos.

E para ser honesto diante de mim mesmo, tenho de cuidar dos meus sentimentos de modo a acrescentar virtudes e banir defeitos. Simples. Só não ficar nervoso, insatisfeito, melindrado etc. Não podemos ser ao mesmo tempo desprendidos e avarentos, pacientes e aflitos. Por que não conseguimos administrar bem tais sentimentos? Porque nos faltam atributos, obviamente. Queríamos, mas ainda não estamos no tempo de controlar-nos, porque a fé ainda está embrionária. Vivemos num mundo de provas e expiações e ele não está nessa categoria pelos seus rios, seus montes, suas matas, mas pelo conjunto das almas que habitam este planeta. Quem passa pelas provas e expiações são os Espíritos e não a geologia terrestre.

Os Espíritos afirmam que as duas maiores enfermidades do homem são o orgulho e o egoísmo, piores do que os cânceres ou a AIDS, os infartos e as ulcerações de toda natureza. Estas acabam logo após o desencarne, mas as doenças do caráter nos acompanham pela eternidade e sua cura só é conseguida mediante a reforma interior enquanto estamos sendo testados diante da vida. Não são detectadas por ultrassonografias, ressonâncias, raios X, tomografias ou hemogramas. A aparelhagem usada por Deus ainda não é do conhecimento dos homens. Ou começamos a curá-las desde já ou continuaremos almas imperfeitas saindo da encarnação sem nenhum acréscimo espiritual. O momento é aqui e agora. A separação de joio e trigo já está bem adiantada.

Ser homem de bem, por enquanto, só é possível no aspecto social. Se é patrão, ser generoso; se é empregado, ser dedicado. Se é pai, ser responsável; se é filho, ser agradecido. Se é rico, ser caridoso; se é pobre, ser resignado e humilde. O homem de bem deste instante da humanidade sobressai nas pequenas coisas, nos gestos de gentileza e educação, quando tem a boca cerrada aos comentários maldosos, quando não é juiz apressado do comportamento alheio. Desculpa porque sabe que também necessita do perdão, já que erra ainda num volume comprometedor. O homem de bem, citado nos textos mencionados anteriormente, tem ainda uma longa estrada a percorrer e ela envolve inúmeras encarnações purificadoras. Mas isso não deve ser motivo de desânimo. Se já sabemos sobre o roteiro da evolução e temos os recursos oferecidos pelo Espiritismo, com absoluta clareza, sabemos que já caminhamos muito, apesar de ainda faltar grande parte do caminho.

Sigamos a proposta de Santo Agostinho, na questão 919 de O Livro dos Espíritos, na qual nos orienta sobre o autoconhecimento. Podemos traçar um roteiro seguro de autoanálise que repetiremos com certa frequência, a fim de irmos a cada tempo nos modificando e substituindo os defeitos mais comuns pelas virtudes que os neutralizam. Um por vez, aos poucos. Começando pelos mais fáceis ou pelos que mais nos comprometem. Parte se consegue no contato com o semelhante, parte no nosso colóquio com Deus e grande parcela na tentativa de domar a fera que mora no nosso coração e que está sempre pronta a atacar. Um pouco por dia, por mês ou por ano. Desde que comecemos logo, porque o tempo está acabando e o trem para o exílio já está nos trilhos e com as caldeiras acesas, esperando apenas pelos passageiros invigilantes. Podemos mudar o sentido da nossa vida e candidatar-nos a ficar na Terra no seu período de promoção a Mundo de Regeneração. Não é difícil, mas demanda algum esforço. Mas no fim, valerá muito a pena! Boa sorte para todos nós!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Novembro de 2013