Después de estudiar el Espiritismo por largo tiempo, verifico a cada día como es más raro encontrar hombres de bien, según las prerrogativas espirituales.

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

En el libro El Cielo y el Infierno, capítulo III, tenemos la declaración del abuelo José Bré, que discurre sobre la honestidad según Dios y según los hombres. Atiende él a una pregunta de la nieta que anhela saber como está él viviendo en el mundo espiritual. Y cuando él contesta que expía su descreimiento y sufre por no haber aprovechado mejor el tiempo en la Tierra, ella se sorprende y pregunta: “¡Cómo! ¿No viviste siempre honestamente?”

A partir de allí, el Espíritu hace una larga disertación sobre el abismo que hay entre la honestidad  ante  los hombres y la honestidad ante Dios. Explica que no basta cumplir las leyes sociales y no perjudicar los otros ostensivamente, o sea, heriéndolos, agrediéndolos, denigrándolos. Que no basta librarnos de los castigos mencionados en el código penal, porque hay otros males, como la hipocresía y la maledicencia, por ejemplo, que no son punidos por las leyes de los hombres.

El hombre de bien, que es el honesto ante Dios, debe vigilar su comportamiento, sus ademanes, sus palabras, pues no debe agredir el semejante ni siquiera por insinuaciones. No puede ser orgulloso, presumido, imprudente, malvado, envidioso, celoso, melindroso o tener cualquier defecto que lo nivele a las personas  no caritativas, con el prójimo y consigo misma. Debe ser alguien que no se deja alcanzar por el agravio, porque comprende que el agresor  es un enfermo que necesita de tratamiento. Y la medicina es generalmente la otra faz que ofrecemos con aclaraciones basadas en el Evangelio. Imitando los grandes ejemplos de Jesús, Gandhi, Chico y tantos otros.Si no caben palabras en la explicación, serán ofrecidos el silencio y el perdón. Solo amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo es que el hombre puede ser un hombre de bien.

El Espiritismo, más que cualquiera otra doctrina, nos da recetas y exigencias para que alguien sea considerado un hombre de bien. Dos textos análogos de la codificación testifican lo que afirmamos:

1. La pregunta 918 de El Libro de los Espíritus – Características del Hombre de Bien; 2. El capítulo XVII, apartado 3o, del Evangelio Según el Espiritismo – El Hombre de bien.

Muestra que no somos hombres de bien si no practicamos la Ley de Justicia, de Amor y de Caridad. si no somos hombres de bien en tres situaciones diferentes: ante el prójimo, ante Dios y ante nosotros mismos. ¡Analicemos!

Puedo me preguntar: ¿me considero un hombre de bien? Sí, evidentemente. Cumplo con los compromisos asumidos, pago puntualmente mis deudas y busco no ser malo ni injusto. ¿Pero eso es suficiente? No; es poco. Eso me hace honesto con los hombres, pero no delante de Dios.

Para ser honesto ante Dios es preciso que yo valore mi encarnación, ese ademán de la misericordia divina, no me exasperando, no perdiendo la fe, no culpando la suerte por mis errores y no adoleciéndome sin necesidad por la codicia, por la vanidad y por la busca irrefrenable de los superfluos.

Y para ser honesto delante de mí mismo, tengo de cuidar de mis sentimientos de modo a añadir virtudes y eliminar defectos. Simple. Basta no ponerse nervioso, insatisfecho, no melindrarse,  etc. No podemos ser al mismo tiempo desinteresados y avarientos, pacientes y aflictos. ¿Por qué no conseguimos administrar bien estos sentimientos? Porque nos faltan atributos, obviamente. Queríamos mucho, sin embargo aún no estamos en el tiempo de controlarnos, porque la fe aún está embrionaria. Vivimos en un mundo de pruebas y expiaciones y él no está en esa categoría por sus ríos, sus montes, sus bosques, sino por el conjunto de las almas que habitan este planeta. Quien pasa por las pruebas y expiaciones son los Espíritus y no la geología terrestre.

Los Espíritus afirman que las dos mayores enfermedades del hombre son el orgullo y el egoísmo, peores  que los cánceres o la SIDA, los infartos y las ulceraciones de toda naturaleza. Éstas acaban después del desencarne, sin ambargo las enfermedades del carácter nos acompañan por la eternidad y su cura solamente es conseguida con la reforma interior mientras somos testados por la vida. No son detectadas por ultrasonidos, resonancias, rayos X, tomografias o análisis de sangre. El equipo usado por Dios aún no es del conocimiento de los hombres. O empezamos a curarlas desde ya o continuaremos almas imperfectas saliendo de esta encarnación sin ninguna mejora espiritual. El momento es aquí y ahora. La separación de la cizaña y el trigo ya está adelantada.

Ser hombre de bien, por ahora, solo es posible en el aspecto social. Si es patrón, ser generoso; si es empleado, ser dedicado. Si es padre, ser responsable; si es hijo, ser agradecido. Si es rico, ser caritativo; si es pobre, ser resignado y humilde. El hombre de bien de este instante de la humanidad se ve por las pequeñas cosas, en los ademanes de gentileza y educación, cuando tiene la boca cerrada a los comentarios malignos, cuando no es juez apresurado del comportamiento ajeno. Disculpa porque sabe que también necesita el perdón, ya que se equivoca aún en un volumen comprometedor. El hombre de bien, citado en los textos mencionados anteriormente, tiene aún una larga carretera a recorrer y ella envuelve un sin número de encarnaciones purificadores. Pero eso no debe ser motivo de desánimo. Si ya sabemos sobre el guión de la evolución y tenemos los recursos ofrecidos por el Espiritismo, con total claridad, sabemos que ya caminamos mucho, a pesar de aún faltar la gran parte del camino.

Sigamos la propuesta de San Agustín, en la cuestión 919 de El Libro de los Espíritus, en la cual nos orienta sobre el auto conocimiento. Podemos trazar un guión seguro para análisis de uno mismo, que repetiremos con cierta frecuencia, a fin de irmos a cada tiempo modificándonos y sustituyendo los defectos más comunes por las virtudes que los neutralizan. Un por vez, a los pocos. Comenzando por los más fáciles o por los que más nos comprometen. Parte se consigue en el contacto con el semejante, parte en nuestra conversación con Dios y grande parcela con la tentativa de domar la fiera que vive en nuestro corazón y que está siempre lista a atacar. Un poco por día, por mes o por año. desde que comencemos luego, porque el tiempo está terminando y el tren para el exilio ya está en los trillos y con las calderas encendidas, esperando solamente por los pasajeros invigilantes. Podemos alterar el sentido de nuestra vida y candidatarnos a quedar en la Tierra en su período de promoción a Mundo de Regeneración. No es difícil, pero demanda algún esfuerzo. ¡Pero al final, valdrá mucho la pena! ¡Buena suerte para todos nosotros!

Revista Internacional de Espiritismo – Noviembre 2013