Lo qué el ladrón roba, la herrumbre corroe y la polilla consume, enseñó Jesucristo, no es nuestro.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Cuando pensamos poseer un bien de la Tierra, en verdad no lo poseemos. La madre afirma: “¡mi hijo!”. Si él desencarna, ella ya no tiene más hijo. El hombre dice “mi coche”; pero si el ladrón lo lleva, no tiene más  “su” coche. Tenemos dinero en el banco y el gobierno viene y lo confisca; o un secuestrador exige rescate. ¿Dónde fue parar nuestro dinero? Esos supuestos haberes incluyen también el cuerpo, a lo cual tenemos tanto apego y que aderezamos hasta la exageración. Después del desencarne, se transforma simplemente en cabellos y huesos; vuelve al laboratorio de la naturaleza. ¿Dónde está  mi cuerpo?

Son ejemplos sencillos para constatar que los bártulos del mundo son de pose transitoria y pueden sernos substraídos a cualquier momento, diferentemente de los espirituales, que son tesoros eternos, cualquiera que sea el plan en que nos encontremos.

Raciocinemos. Si vendemos nuestro coche y usamos el dinero en un ademán de beneficencia, seremos propietarios absolutos de esa actitud de valor; nadie más podrá sacarla de nosotros. Sin embargo, mientras seamos propietarios de un bien físico, corremos el riesgo de perderlo a cualquier momento.

Pensamos que así, queda fácil entender lo que es realmente nuestro y lo que es prestado para uso provisorio, aunque concordemos que el ejemplo es una exageración; ¡pocos están aptos para eso! ¡Sin embargo, Chico Xavier estaba, pues cambió un Fuscão por comida para sus pobres! El lector interesado podrá buscar detalles en el site http://portal.espiritismosul.org.br/?p=328, en la parte que habla sobre Chico y el Volks – Una transacción que Jesucristo también haría (extraído del libro “Lecciones de Sabiduría” – Chico Xavier en los 22 años de la Folha Espirita, Marlene Rossi S. Nobre – FE Editora Periodística Ltda – pag. 241).

Con la convicción de esta verdad, los hombres empezarán a invertir en otro tipo de ahorro. Un ahorro que garantice el porvenir del Espíritu inmortal, pues éste va a precisar de esas conquistas por toda la eternidad. Lamentablemente, con los apelos materiales en mundos inferiores como el nuestro, donde el cuerpo prevalece sobre el alma, es realmente difícil tener esa conciencia, a no ser cuando convencidos por los dolores. Pero a los pocos vamos entendiendo y arriesgándonos a diversificar las inversiones.

Este raciocinio permite entender qué es dando que se recibe. O sea, cuando damos ya recibimos; sea bueno, sea malo.

¡Ante el desencarne de un ser querido, la primera pregunta qué nos viene a la mente es cómo llegará él a la espiritualidad! Duda innecesaria si conocíamos bien aquél que partió. Basta ver como él vivió para saber como llegará al mundo de la verdad. Hagamos un análisis sin fantasía, independiente del grado de vinculación con nuestro ente querido, aunque que fuese nuestra propia madre.

La encarnación tiene como finalidad el adorno del Espíritu para nuevas etapas de vida, en la materia o fuera de ella. Quien fue solidario en la Tierra cogerá los frutos en la espiritualidad y no necesitamos temer por su porvenir. Pero si el egoísmo prevaleció, no hay porque engañarnos. No estará muy bien en el mundo de los Espíritus. Tendrá cuentas a acertar antes de ajustarse a la nueva situación y tener otra oportunidad para renacer en la Tierra.

Basta entender qué “la justicia divina es efectivamente justa”, de verdad, para saber que no puede ser diferente. Los convenientes arreglos de los hombres no hacen parte de las Leyes de Dios. Cuando aprendemos sobre acción y reacción, es así que debemos entender el porvenir espiritual de las personas.

El sentimentalismo, generalmente cargado de emoción, nos hace ver las criaturas con ojos coloridos, atribuyéndoles calidades que quizá no tengan. Y el inverso también ocurre casi siempre. Como aprendemos por el Evangelio de Jesus, tenemos de medir todos con la misma vara.

Lo que plantamos cogemos. La reencarnación, lejos de ser un castigo, es la mayor expresión de la misericordia de Dios, porque se repite tantas veces cuantas necesarias hasta que consigamos “pasar de año”. A cada uno cabe retirar de ese tiempo en la materia las oportunidades que ella ofrece. Por eso tenemos el deber de aprovechar el tiempo. Necesitamos leer más, estudiar más, trabajar más y ser más fraternos. Tenemos de fijarnos en el prójimo para, en la medida de nuestra capacidad, suavizar su carga. Los beneficios que le prestemos serán nuestro salvoconducto para viajar rumbo a la espiritualidad superior.

El bien que hacemos puede ser la ayuda material o el apoyo espiritual. La palabra confortadora o el silencio respetuoso. No debemos comentar sobre un defecto físico que ya sirve de aflicción o complejo para la persona. Los comentarios irrespetuosos crean tristezas y enemistades. Expresiones como: hola calvo, hola desdentado, hola dentón, y otras agresividades, pueden llevar a un malestar o odio de las personas contra nosotros.

La verdadera caridad es aquélla que pone una sonrisa en los labios del otro y lo hace sentir placer con nuestra presencia. Cuando somos aguardados y alguien dice “que bueno que usted vino”, estamos en el camino cierto. Hacer al otro lo que gustaríamos que el otro nos hiciese en situaciones idénticas es la mejor receta para ser querido.

Dice el Espiritismo que “fuera de la caridad no hay salvación”. Conveniente, por tanto, invertir más en esa “moneda” que se acepta en los diferentes mundos. Así vivió y “vive” el médico Dr. Adolfo Bezerra de Menezes, que sigue haciendo el bien a todos cuántos piden su presencia en este planeta sufridor escogido por él para proseguir sirviendo a través de su Casa de los Humildes, con sede en la espiritualidad de la Tierra.

Podemos cerrar este texto repitiendo frase que ya usamos en otras oportunidades: “No somos un ser humano en una experiencia espiritual; somos un ser espiritual en una experiencia humana”. Esta afirmación condensa toda nuestra naturaleza y la finalidad de la vida en la Tierra. ¡Vale la pena pensar en el asunto, con seriedad! La caridad es un ahorro eterno y no cambia, como la de los hombres, al sabor de las conveniencias.

En este Navidad, es lo que de mejor podemos anhelar a nuestros estimados lectores. Que aprovechen la vibración de amor nacida con el recuerdo del Cristo, en el sentido de hacer el bien, cada vez más. ¡Es el mayor regalo, para dar o para recibir!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – deciembre 2013

 

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