A menudo los espiritistas lamentan que son siempre combatidos y depreciados.

 Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

 ¿Quién puede hacer  mal a nuestra Doctrina? ¿Los religiosos de otras creencias, que nos combaten e intentan denigrar nuestros principios? ¿Los escépticos o los ateos que en nada creen y dicen que la relación con el plan espiritual no pasa de fantasía o mistificación infantil y deshonesta? ¿O serían los científicos que dicen que todo necesita pasar por el analisís de la ciencia antes de garantizarse la veracidad de los hechos?

Esos nada pueden hacer contra el Espiritismo porque no alcanzan su naturaleza superior de revelación divina, porque es mensaje de los Espíritus, de ámbito universal.

Los religiosos están perdidos en sus propias creencias y a cada momento revisan sus conceptos, corrigen sucesivos errores e intentan inventar fórmulas mágicas para recobrar las ovejas que se desvían. El mensaje está contraditoria y obsoleta y por eso ya no provoca interés ni en las personas de inteligencia mediana. Usan rituales sin sentido que no más atraen el practicante. ¡En lugar de servir a los hombres se sirven de ellos!

Los escépticos y ateos se pierden en la pereza y retraso mental: es más cómodo negar y dudar de todo  que estudiar e investigar, porque eso los llevaría a tener de alterar su opinión, rever conceptos y, quizás, admitir sus equívocos. Tendrían de confesar su error y no están interesados. ¡El orgullo no les permite esa grandeza!

Los científicos son los que descubren a cada día algo nuevo; una ley de la física, un elemento químico, un trastorno psicológico y que, a lo largo del tiempo, ya hicieron afirmativas confusas y incoherentes y fueron obligados a desmentir y disculparse a lo largo de los años. Los sistemas geocéntrico y heliocéntrico son ejemplos expresivos. No conocen la Ley de Dios. Mucho mal, conocen las leyes de los hombres, exclusivamente materiales, y creen que en ella está la revelación por entero. No perciben que a cada momento las verdades se apuran y se alteran. Cuando el hombre crece en entendimiento, Dios le revela un poco más de su Ley.

Nadie mata una idea denigrándola, pero presentando otra mejor que pueda comprobar la falsedad de la primera. No se mata un concepto matando su autor. Si así fuese, la muerte de Jesus habría dado fin a la doctrina cristiana y las persecuciones de la Inquisición destruirían los fenómenos espirituales que se producen sin fin. Nunca dejaron de producirse. Lo mismo se da con el Espiritismo. La quema de los libros en Barcelona hizo con que el incendio en plaza pública sirviese solamente para aumentar aún más la claridad de sus revelaciones.

Si nadie puede hacer mal a nuestra Doctrina, no hay porque nos preocuparmos, entonces. Pero a pesar de decir que los ya citados no pueden nos destruir, no olvidemos de lo que dijo Kardec: “Más de lo que los posibles enemigos del Espiritismo, lo qué realmente me preocupa son los falsos espiritistas”. Lamentablemente, los verdaderos antagonistas de la Doctrina son los falsos practicantes del espiritismo que están en de los centros; no más los médiums charlatanes que cobran por sus trabajos, que aparecen en los medios de comunicación, como era el caso en 1860. Hoy, cualquier espiritista serio, mismo en inicio de estudio, sabe que esos médiums no son espiritistas (consultar el libro Viaje Espiritista en 1862).

Nosotros mismos que nos decimos espiritistas, por no completar el conocimiento con el ejemplo, terminamos por ser malos propagandistas de la Doctrina y, más que eso, pésimos ejemplos de verdaderos cristianos, porque desdecimos con hechos lo que divulgamos con palabras.

Es común uno de los cónyuges ser participante del movimiento espiritista por veinte, treinta años, y se decepcione porque no consigue convencer el otro a seguir sus pasos, por más que insista y lo invite. No se da cuenta, sin embargo, que es él mismo el grande culpable por el desinterés del otro.

Al ver el esposo, por ejemplo, necesitando de apoyo espiritual, la mujer lo invita a ir al centro espiritista recibir pases y oír exposiciones, garantizando que sería bueno para él y podría calmarlo y reanimarlo. Sin embargo él no se entusiasma porque ve en la esposa la misma persona neurótica e aburrida por las tareas con  hijo, con los trabajos domésticos y las dificultades de la vida, a pesar de los veinte, treinta años de práctica espiritista. ¿Qué hacer en un centro qué no consiguió transformar la esposa, después de tantos años de asidua participación en sus actividades? Si no fue bueno para ella, seguramente, no lo será también para él. ¡Es lo que imagina!

Ésta siempre fue la preocupación de Allan Kardec, porque no es solo en el reducto doméstico que dejamos de ejemplificar. También en la calle, en la escuela, en el trabajo, en la tienda, en el banco. Donde quiera que estemos, dejamos de tener comportamiento espiritista, o sea, serenidad, paciencia, desprendimiento y resignación delante de los contratiempos del cotidiano. En la exposición o en el comentario del estudio, somos sapientes y ofrecemos todas las recetas de bien vivir y recomendaciones de como debe el hombre proceder en de la vida. Sin embargo, recordando el viejo consejo “haga lo que yo digo, pero no haga lo que yo hago”, alejamos las personas del Espiritismo, sin darnos cuenta que somos colaboradores del trabajo de las tinieblas.

Si queremos convencer las personas que nos rodean, y principalmente las que saben que somos espiritistas, hablemos poco y hagamos mucho. Seamos ejemplos de comportamiento y podremos dispensar la elocuencia de los discursos. Sino, caeremos en aquellas afirmativas del crítico: “Qué él es habla tan alto que ni escucho lo que él dice”; “Hasta su silencio es ruidoso”; “Tiene una energía espiritual que enoja a quien de él se acerca”.

Como dice Emmanuel en el mensaje “Ve como vives”, “todos los hombres viven en la Obra de Dios, valiéndose de ella para que alcancen, un día, la grandeza divina. Beneficiarios de patrimonios que pertenecen al Padre se encuentran en el campo de las oportunidades presentes, negociando con los valores del Señor”.

“En razón de esta verdad, mi amigo, ve lo que haces y no olvides de subordinar tu deseos a Dios, en los negocios que por algún tiempo te son confiados en el mundo”. Ésta es la mejor forma de agradecer a Dios y retribuir al Espiritismo todo lo que hace por nosotros.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Enero 2014

 

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