“El Evangelio Según el Espiritismo”: tercera obra de la codificación.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

El día 29 de abril de 1864, el lúcido escritor Allan Kardec lanzaba la primera edición del libro Imitación del Evangelio, que en las ediciones siguientes, por sugerencia del editor y de otras personas, pasó a recibir el título del Evangelio Según el Espiritismo. Este mes de abril la obra completará 150 años.

Tercer libro de la codificación, define el aspecto religioso de la Doctrina de los Espíritus. En el libro Obras Póstumas hay anotaciones de Kardec sobre la elaboración de ese trabajo. Por ejemplo: el 14 de septiembre de 1863, Kardec recibió una comunicación sobre el libro: “Nuestra acción, principalmente la del Espíritu de Verdad, es constante a tu lado y de tal manera que no la puedes negar. Así, no entraré en detalles innecesarios sobre el plan de tu obra que modificaste tan amplia y completamente, según mis consejos”. Kardec no había revelado a nadie sobre lo que escribía.

En la misma comunicación, el Espíritu comenta sobre la importancia de este libro: “Con esta obra, el edificio comienza a libertarse de los andamios y ya podemos ver la cúpula dibujarse en el horizonte. Continúa, pues, sin impaciencia que el monumento estará listo en la hora determinada”.

La naturaleza religiosa del Espiritismo es también afirmada en la conversación del codificador con su Espíritu guía el 9 de agosto de 1863, cuando el Espíritu dice: “se aproxima la hora en la que tendrás de presentar el Espiritismo como él realmente es, mostrando a todos donde se encuentra la verdadera doctrina enseñada por Jesucristo, cuando, delante del Cielo y de la Tierra, tendrás de proclamar el Espiritismo como la única tradición verdaderamente divina y humana. Al escogerte los Espíritus conocían la solidez de tu convicciones y sabían qué tu fe, cuál un muro de acero, y resistiría a todos los ataques”. ¡ Y sabemos qué fueron muchos, incluso llevándolo a dificultades financieras por sabotaje contra su colegio, además de otros ataques!

Luego de inicio, tenemos bello Prefacio dictado por el Espíritu de Verdad, cuando informa sobre el ejército de Espíritus Superiores que se desplaza para la Tierra para alumbrar los caminos y abrir los ojos de los ciegos. Una página extraordinaria que merece lectura atenta y en recogimiento.

La inteligencia de este libro de veintiocho capítulos es evidenciada por la forma como el codificador lo presentó. Explica que solo fueron abordadas las Leyes Morales enseñadas por Jesucristo, descartándose dogmas, ritualismos y actos comunes de la época, atiendose exclusivamente a las reglas de conducta del hombre delante de Dios, del prójimo y de sí mismo.

A continuación, al explicar sobre la autoridad de la Doctrina Espiritista, que abarca el control universal de la enseñanza de los Espíritus Superiores, destaca en el capítulo “Noticias Históricas” sobre términos de la época constantes del Nuevo Testamento a fin de facilitar el entendimiento de las lecciones de Jesucristo, incluso en el enunciado de las parábolas.

Demostra su modestia, a fin de no arvorarse de inventor o descubridor del mundo espiritual, al informar que Sócrates (469 a.C. – 399 a.C.) y su discípulo Platón ya hablaban del mundo de los Espíritus como algo real. Sócrates afirmaba: “El hombre es un alma encarnada. Antes de su encarnación ella ya existía junto a los modelos primordiales, a las ideas del verdadero, de lo bien y de lo bello. Se despegó de ellas al encarnarse y, recordando su pasado, se siente más o menos

atormentada por el deseo de a ellas volver”. El cristianismo primitivo no enseña diferente. Decía más: “Mientras tengamos nuestro cuerpo y nuestra alma si encuentre llena de esa corrupción, jamás poseeremos la verdad”.

Ya en el primer capítulo, Kardec habla de las tres revelaciones – Moisés, Jesucristo y el Espiritismo – para mostrar el cuidado del Plan Divino con los hombres del planeta, enviando misioneros a la medida que podemos entender y beneficiarnos un poco más. Jamás estamos abandonados.

Abre cada uno de los demás capítulos, todos de orden moral, con el enunciado clásico de los evangelistas – siendo un u otro del Viejo Testamento, como la seción 11 del capítulo XXI, con el enunciado del profeta Jeremias –, y da enseguida su explicación sobre la lección bíblica. Instrucciones didácticas y que, en la mayoría de los capítulos, son complementadas por la orientación de Espíritus. Casi siempre de mayor jerarquía, pero también, en ciertas oportunidades, por sufridores que revelan las consecuencias que sus errores les causaron. Un ejemplo es la parte 8 del capítulo II, una realeza en la Tierra que trae una declaración de una reina de Francia, Havre, 1863, que nos enseña lo que significa la expresión: “Mi reino no es de este mundo”.

Finaliza el capítulo XXVIII con una colección de oraciones espiritistas, abriéndo con el anunciado del Padre Nuestro y la explicación de cada parte de esa plegaria dominical (la plegaria enseñada por el Señor Jesucristo). Si hoy la mayoría ya tiene capacidad para relacionarse con Dios sin necesitar de fórmulas predeterminadas, aquel tiempo, cuando todo relacionado al Espiritismo era novedad, Kardec dejó modelos para cada situación. Simple guión de orientación. Más o menos como cuando Jesucristo enseñó a sus discípulos como orar, aunque el Padre Nuestro fuese una oración judaica con pedidos y alabanzas bastante semejantes a nuestra actual oración.

Este libro ya empieza a ser más estudiado en las casas espiritistas y en los hogares. Antes era simplemente un libro para leerse en la apertura de algún trabajo, en el Evangelio en el Lar o como plegaria diaria. Hoy, ya se percibe la fuente de informaciones y enseñanzas que él trae y ya es parte de reuniones de estudio en la mayoría de los centros espiritistas. Y los que aún no estudian, deberían empezar a estudiarlo. Ésta es la mejor forma de agradecer al señor Allan Kardec por la herencia que nos dejó, a pesar de todas las dificultades por que pasó.

¡Enhorabuena, caro Maestro!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – abril 2014

 

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