La salvación que necesitamos es la de nosotros mismos.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

¡Es común que oigamos la afirmación que Jesucristo salva!

Preguntamos, entonces, como Él nos salva. ¿Solo porque decimos qué Lo admiramos? ¿Porque “Él dio su sangre para salvarnos?”. ¿Creemos qué Él tenga el deber de resolver los problemas qué son nuestros? ¿Dejamos todo para Él solucionar? ¿Es asi que Jesucristo nos salva?

Ni Jesucristo puede salvarnos si nosotros propios no nos salvemos. Lo qué Él dejó fue la receta infalible para que uno consiga su propia salvación. La Buena Noticia, también conocida como el Evangelio, el Testamento que Él ofreció a la humanidad es donde están contenidas todas las recetas para nuestra salvación.

¿Lo qué significa la salvación? ¿Kardec ya dijo qué “fuera de la caridad no hay salvación”. Tenemos qué salvarnos de qué o de quién? Mientras no entender qué tenemos de salvarnos de nosotros mismos, no daremos un solo paso en la dirección de la propalada salvación.

Quien anhelar salvarse debe empezar a remodelar desde ahora sus conceptos sobre la existencia y la relación con el medio en el que vive. En vez de ser irritado, sea calmo. En lugar de tomar represalias, silencie hasta que llegue el momento atinado para decir al otro qué él necesita oír, o hasta que él crezca y descubra por sí mismo el mejor rumbo a ser seguido.

Nunca delegue a un extraño la tarea que es suya. Elija sus puntos flacos y establezca una secuencia de renovación, sustituyendo cada defecto por la virtud antagónica. O somos orgullosos o humildes; egoístas o descolgados; pacientes o no controlados. Nunca podemos ser, al mismo tiempo, las dos cosas. O tenemos el defecto o tenemos la virtud. El conjunto de defectos nos mantienen inferiores, mientras que la colección de virtudes nos hace mejores y con derecho a disfrutar la dicha, aunque en sus más embrionarios vestigios.

No confiemos a los otros, ni a Jesus Cristo, las atribuciones que son de nuestra alzada, porque solamente conquistándolas por nosotros mismos es que podremos saborear el placer de haber vencido una batalla. Pida ayuda, pero más que todo, pida fuerza. No busquemos enemigos fuera de nosotros porque ellos ningún mal pueden hacernos, espiritualmente. La gran batalla del mundo moderno es la trabada entre el bien y el mal que se desarrolla en el interior de cada uno. Nosotros propios somos el gran enemigo a ser vencido. El desequilibrio nos impacienta y nos enferma; la serenidad es lo que cura y calma. Por el uso del libre albedrío, decidamos lo que queremos para nosotros: tristeza o alegría; placer o suplicio. Las elecciones están a nuestra disposición para que elijamos lo que más nos interesa.

No hay iglesia, no hay plegaria, no hay simpatía, no hay talismán o cualquier tipo de ritual que pueda mejorarnos si no contamos con nuestro propio esfuerzo de renovación. Una frase de los Espíritus dice: “Dios que te creó sin tu conocimiento, no podrá salvarte sin tu colaboración”. La salvación, que podríamos sustituir por evolución, está, como siempre estuvo, en nuestras manos. Fuimos criados allá atrás, en la eternidad de los tiempos, sin ningún conocimiento. Hoy tenemos muchas informaciones resultantes de lo que elegimos como prioridades para nosotros. De allí la diversidad de caracteres y temperamentos entre las personas. Unos avanzaron más hacia el bien, otros hacia el defecto. Pueden ser identificados fácilmente en un aglomerado. En una ciudad, en una familia, en un pueblo, en una institución, veremos cuales son las prioridades que cada uno dio a su vida. Somos siempre el producto de nuestras acciones y preferencias.

El Espiritismo no si considera el acaparador del saber, ni dueño de recetario milagroso o diferente para que las personas puedan llegar más deprisa a la perfección. Pero, seguro, es una doctrina lúcida, de buen-sentido y basada en la lógica de la naturaleza. Hace el bien, recibe el bien; hace el mal, recibe el mal como respuesta, según la ley básica de acción y reacción.

Cierta vez, en nuestro centro, una joven con cerca de diecisiete años vino hasta nosotros y dijo que había ido a nuestro centro para saber se con ella había espíritus. Dijimos que sí. Entonces, ella dijo: “Bien, eso ya lo sé; quiero saber que tipo de espíritus”. A lo que aducimos: “Eso es más fácil aún de saber; basta usted analizar lo que le gusta, lo que hace y en lo que usted más piensa habitualmente”. Ella entonces nos miro fijamente, medio asustada, y completó: “¡Dios, Nuestra Señora!”.

Las personas que pensaron, al leer el título, que teníamos fórmulas milagrosas como recetas de salvación deben estar decepcionadas. Simplemente repetimos lo que ya fue dicho hace siglos, pero que aún no conseguimos incorporar a nuestros hábitos para que la teoría sea vivida en la práctica. Sabemos de las cosas complicadas que todos entienden; sin embargo, no sabemos de las cosas más simple, que aún no conseguimos comprender. Delegamos a los gurús, maestros y orientadores todo lo que compete a nosotros resolver. Solo cuando pongamos manos a la obra y enfrentemos nuestras inferioridades con coraje, con humildad y sin timidez o perjuicio, es que descubriremos la verdadera ruta de la salvación.

Queremos conocer el sexo de los ángeles, pero no sabemos hacer reforma íntima; discutimos si el cuerpo de Jesus era fluido y se Él nació del Espírito Santo y de una Virgen, y nos olvidamos de fijarnos a su Evangelio. Dejamos de amar el prójimo y exigimos el amor de Dios. Mientras continuemos en esta incoherencia, no saldremos del lugar.

Los tiempos no son llegados; ya están pasando. ¡Rogamos a Dios para que bendiga nuestros buenos propósitos y nos dé discernimiento y coraje para un inmediato despertar! ¡Qué así sea!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo- Agosto 2014