Hora de autoanálisis. Va a comenzar más un año. Vamos a hacerlo diferente.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Nos quejamos de la violencia urbana que envuelve a los bandidos y el violento tránsito urbano e interurbano. Culpamos las carreteras y la falta de señales y fiscalización por las tragedias que desfilan por las calles y carreteras de todo el país.

Nos molesta que las autoridades no refrenan la saña de los pibes de calle, de los secuestradores y de los jefes de la producción y del tráfico de drogas y aún cierran sus los ojos a lo libre comercio de ilegales, tales como piratería de todo el orden, celulares y demás electrónicos, que llegan incluso a ser negociados libremente en ferias públicas criadas para ese fin. ¡Justa reacción y justa reclamación!

Será ésa, sin embargo, ¿la peor violencia de qué la humanidad padece? Si considerásemos todos los tipos de violencia, necesitaríamos de un policial honrado para cada ciudadano; imposible. Mejor será que cada uno se vigile a sí propio.

¿Qué decir de la violencia de los hogares, cuándo esposo y mujer pelean por desentendimientos, por adulterio, por el vicio del alcoholismo y otros qué tales, a veces incluso matándose, y en otras tantas dando un ejemplo negativo para los hijos qué, aunque traídos al mundo para ser educados, acaban volviéndose huérfanos de padres vivos? Peor de que los que viven en abrigos, porque éstos por lo menos cuentan con cierta asistencia educacional y alimentar.

Cuando damos ejemplos de mala educación, la violencia somos nosotros. Al perder la oportunidad de enseñar el bien, contribuimos para diseminar el mal. Cuando el motorista, con el escape abierto en su máquina de 1000 cilindradas, acelera enfrente al hospital o de madrugada mientras las personas reposan, comete violencia. Cuando el doctor llega a su mansión durante la noche y bocina para que le abran el portón, porque no tuvo el cuidado de automatizarlo, lo violento es él. Cuando alguien nos da vez en el tránsito o para entrar en el ascensor o en la tienda o en el restaurante y nosotros ni lo miramos para decir gracias, estamos siendo violentos. En vez de colocar una sonrisa en los labios del otro y estimularlo a repetir el ademán, hicimos con que él destilase encono, arrepentimiento por la gentileza o, por lo menos, chasco con nuestra falta de educación.

Cuando equipamos nuestro coche con sonido que agrede a los otros, cometemos violencia; cuando el candidato manda alguien herir al oído de la población divulgando su nombre como lo más trabajador y honesto de los mortales, qué comprobadamente es un embuste, comete violencia; cuando la TV pasa sus “reality shows” y novelas obscenas y que solo enseñan estafas, alevosía, comete violencia; cuando las películas de la TV funcionan como auténticas universidades del crimen, enseñando detalles de delincuencia, cometen violencia; cuando el deportista, para conseguir la victoria, agrede el colega de profesión, de forma gruesa, con patadas y puntapiés, algo que ni lo más violento animal hace, comete violencia. Y nosotros, cuando prestigiemos reputadas marcas que prestan sus nombres comerciales para aumentar sus ganancias de forma igualmente inmoral, adornadas de mujeres famosas y galanes coquetones, también cometemos violencia. Ellos sólo existen porque tiene espectadores: ¡nosotros!

Cuando cerramos el cruce, caminamos en lo opuesto, sobrepasamos el límite de seguridad de nuestro vehículo, pasamos en la señal cerrada y no tenemos paciencia para ser solidarios en el tránsito, cometemos violencia.

La educación no es algo que se enseñe por departamentos: educación sexual en las escuelas, encuentro de parejas para reeducarlos en la relación, educación para el tránsito. O una persona es educada o no tiene educación, porque eso se aprende en el hogar, además de las inclinaciones que ya traemos de maduraciones anteriores. Incluso de vidas pasadas, lo que es claramente demostrado por el comportamiento diferente entre las personas. Podemos recibir informaciones y cultura, pero no educación. ¡Las palabras engañan!

Cuando las partes son buenas, el todo será bueno. En el día en el que cada hogar sea un reducto armónico en el cual las personas se amen y se respeten, sea renunciando algunas veces hasta de sus sagrados derechos para que los demás sean beneficiados, sea demostrando desprendimiento y amor por el semejante, todo irá a mejorar. Los mayores obstáculos se llaman orgullo y egoísmo, las dos llagas generadores de los grandes males sociales: ambición, prepotencia, amor-propio; ¡diferentes estados de violencia!

La corrupción es violenta y la gran mayoría de los seres humanos, en mayor o menor dosis, se encuadra en esta lamentable categoría. Al sobornar un

policía, al dar propinas para tener facilidades, al arrollar los derechos ajenos, al cortar las colas prevaleciéndonos de pretenso prestigio, practicamos corrupción que compromete allende nosotros el otro envuelto en la trama. Ejemplos de violencia. ¿Son delitos ligeros? No; no hay medio crimen, ni medio robo, ni media violencia; así como no hay medio estupro ni medio embarazo. O es un bien o es un mal.

El mundo solo podrá ser arreglado desde la individualidad humana y no del exterior para adentro. Cierto qué está difícil convivir con la violencia de la calle, con la prepotencia de “chicos”, supuestos guardadores de coche (¡sic!), con el tráfico que impone silencio en la chabola, invade escuelas y manda cerrar tiendas. Esto nadie puede evitar solo. Podemos, sin embargo, no ser de ellos si nos eduquemos a tiempo. Si no apocamos la violencia, también no añadiremos más leña en esa triste fogata que arde en las almas humanas.

Un proyecto impostergable. ¡Combatamos la violencia con nuestra educación! ¡2015 es el tiempo cierto para que iniciemos esa revolución interior!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Enero de 2015

 

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