Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Entre un jefe y un líder hay una gran diferencia.

El jefe de un departamento de una empresa o de un centro espiritista, puede ser elegido o nombrado, pero eso no determina que él sea un líder ni que esté calificado para la función. Vemos eso a menudo en la política y en las compañias, especialmente estatales, donde los cargos son subastados entre los partidos, atendiendo a intereses pequeños, más de lo que la calidad de vida de la organización. Sin embargo, como no tenemos la intención de discutir política en esta publicación, sino Espiritismo, nos quedamos con las organizaciones de nuestra doctrina para algunos comentarios.

Es común que las personas anhelen ocupar cargos de dirección en el centro espiritista, ni que sea lo de jefe de pequeños departamentos. Imaginan que eso les da poder, algo que nunca tuvieron y siempre desearon, olvidándose que junto a la posición está la responsabilidad de la función para que haya éxito. Y no descartamos que muchos son envidiados por las posiciones que ocupan, sin que los demás sepan como es pesado el fardo que necesitan cargar.

El responsable de una casa espiritista tiene por deber celar por la doctrina dentro y fuera del centro. Responde por la administración, seguridad del patrimonio, por la parte jurídica, por las finanzas, es el representante junto al gobierno, convoca reuniones, cela por el mantenimiento, material de limpieza e higiene; y, más que eso, tiene el deber de formar, estimular y, muchas veces, hasta fiscalizar sus comandados para que hagan lo mejor a fin de no macular el buen nombre del Espiritismo. Deben organizar escalas de trabajo, plantear normas y ejecutarlas rigurosamente para forzar sus colaboradores a dar el máximo para la buena imagen de la organización, recordándolos, y eso es importante, que no trabajan para el centro, sino para sí mismos. El centro es el recurso ofrecido para que cada uno pueda sacar de la actividad lo mejor que consiga mediante su dedicación al prójimo. No se les pide excelsa cultura; solo respeto, asiduidad y buena voluntad. Todo eso los ayuda también en la vida personal.

Muchos no estan de acuerdo y argumentan que el trabajo del centro es voluntario y, por tanto, cada uno ofrece lo que le conviene y cree que puede dar. Al final, todos nosotros tenemos obligaciones personales ligadas a la supervivencia y a lo mantenimiento de la estructura doméstica. ¡Un gran engaño! Fuese así y los maestros serían prescindibles, dejando a cada uno el aprendizaje que quisiese, sin someterlos a pruebas de capacitación para verificar su conocimiento.

Cuando el dirigente espiritista plantea normas para la organización del centro, exigiendo que el trabajador estudie, impidiéndolo de trabajar si es un ausente habitual, aquél que falta por trivialidades, no está siendo riguroso, sino estimulando el colaborador con su incentivo indirecto para forzarlo a una mayor dedicación, en su propio interés. Si él no sabe cuidarse, el dirigente ayuda, aun cuando él se aburre y contesta. No se puede agradar siempre. Al final, para la gran mayoría, ¡el trabajo espiritual está lejos de ser una prioridad!

Cierta vez, conversábamos con un alumno que terminara la Escuela de Aprendices del Evangelio en el Grupo Socorrista Maria de Nazaré, en São Paulo, y él nos decía: “Ahora que terminé el curso, solo vendré al centro para los trabajos de pases de los lunes. ¡Puedo dar para la doctrina solamente un día por semana, porque tengo otros compromisos!”.

Con el cuidado de no ofenderlo y en la condición de expositor de clases de la casa, le dije: “Está equivocado; no damos nada a la doctrina; ella es que nos da de todo. Conocimiento y oportunidad de crecimiento por medio del trabajo en el campo del bien. Pudiera yo trabajar los siete días de la semana; sería mi mayor realización”.

Éste es el gran equívoco. Como se trata de trabajo “gratis” parece que el colaborador hace favor al Espiritismo y merece el galardón de benemérito. No se da cuenta que el primero a recibir lo que ofrece es él mismo. Como el médium que incorpora un sufridor y no percibe qué además de darle la oportunidad de ser adoctrinado, debe aprovechar el alerta ofrecido a aquel espíritu para no cometer engaños iguales. Use lo que sugiere el aclarador del espíritu, para adoctrinar a sí propio. ¡Aproveche el alerta para también no ser un desajustado mañana!

Los trabajadores de un centro espiritista, a ejemplo de los empleados de una empresa, tienen el deber de reducir las tareas de los que comandan, apocándoles la carga de trabajo y dejándolos libres para la solución de problemas exclusivos de las jefaturas. El trivial, como la disciplina, la asiduidad, la fraternidad entre todos, debe ser ejercido por la buena voluntad de cada uno; intentando vencer su propio orgullo, uno de los mayores actos de coraje del ser humano. Es fácil no gustar de alguien; lo difícil es respetar aunque sin gustar. Queremos vencer a los otros y no conseguimos vencer a nosotros mismos.

Debemos siempre ofrecernos para hacer algo más. Y quien no pueda disminuir la carga de responsabilidad de los que celan por la organización, también no debe gravarlos con tonterías, como discordias y chismes, porque irán a denigrar el nombre de la Doctrina. Ya comentamos en otro diario que una vez trabajadores espiritistas ya no más somos nosotros mismos; somos un emisario del Espiritismo propagándolo por donde esteamos: en el centro, en la calle, en la escuela, en el hogar, en el trabajo. Y también delante de nosotros mismos al vigilar nuestra conducta íntima, sentimientos y pensamientos.

Coraje a usted que dirige, porque se llegó al cargo es por designación de Dios. Cumpla bien su deber y no tenga miedo de cobrar de los colaboradores las responsabilidades que les son debidas. Más tarde ellos agradecerán, porque lo que se aprende en el centro se lleva para la calle, para la família y para toda la sociedad. ¡Es una dicha poder ser hombre de bien!

En el día 31 de marzo de 1869, Allan Kardec, el Codificador, se despidió de esta encarnación. Un hombre que fue jefe y líder. Cabe a nosotros todo empeño para continuar su trabajo sin invalidar lo que él nos dejó, con sacrificio, en un tiempo de comunicación bien más difícil que este nuestro y cuando ha enfrentado prejuicios hoy atenuados. ¡Qué Dios nos ayude para que tengamos éxito en esta tarea!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Marzo 2015