Mediumnidad no es privilegio de encarnado. Somos todos médiums y lo seremos por toda la eternidad.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

La mayor prueba de que todos los espíritus son médiums es la posibilidad de la interferencia de otros en su pensamiento, sugiriéndoles actitudes buenas o malas, según la afinidad entre su calidad moral y la del otro. Y eso se da independiente de estar o no encarnado.

Para nosotros la humanidad vive en dos planos sencillos: el de los encarnados y el de los desencarnados. Y los muertos de hoy serán los vivos nuevamente. Es el pensamiento común, aunque alguien ya filosofase si no serían los vivos los muertos y los que están muertos no serían de verdad los vivos.

Hay Espíritus que argumentan que nosotros vivimos en el interior del planeta. Y cuando decimos que estamos sobre el suelo, presos por la ley de la gravedad, dicen que la Tierra que vemos es pequeña parte de la Tierra. Con los ojos físicos, vemos su cuerpo, pero no vemos a su espíritu. Explicando mejor, no vemos las varias capas espirituales que la componen, de las más groseras a las más sutiles, donde viven espíritus de variadas jerarquías, por las diferentes evoluciones.

Decir que conocemos la Tierra es como alguien mirar a nosotros pensando que por ver nuestro rostro en un retrato, nos conoce. Sin embargo no nos conoce realmente porque no ve nuestra alma ni puede leer nuestros pensamientos o saber de nuestros sentimientos. Nada conoce de nuestro pasado espiritual. Qué se ve con el ojo carnal es el embalaje, no lo que somos. Lo que vemos de la Tierra es su parte “encarnada”.

En las capas más próximas de la costra viven espíritus tan materializados que se sienten humanos como los que están en la carne. Necesitan alimentarse, divertirse, hacer el mal y casi siempre son manejados por el plan de las tinieblas para desestabilizar las almas bien intencionadas que anhelan mejorar. ¡Tales fuerzas combaten el Cristo cómo su peor enemigo!

Los que están en esa banda, pero ya con relativa espiritualización, servirán de médiums para recibir instrucciones de los que están en condición inmediatamente superior. Como los médiums encarnados que traen noticias de los bienhechores para auxiliar en el progreso de la humanidad. Lo que está en el primer Cielo recibe orientaciones de los bienhechores del segundo Cielo y así sucesivamente. Por eso dijimos que Jesucristo que está en el plan divino, habitado por los Espíritus puros, más cercanos de Dios, es uno de los médiums gobernadores de mundos que reciben instrucciones derechamente del Creador.

Independiente del progreso natural, sabemos que hay Espíritus que vienen al planeta en misiones, como hizo Jesucristo por diferentes oportunidades. Emmanuel ya estaría reencarnado en São Paulo desde el año 2000. El maestro Denizard ya era un espíritu de gran conocimiento y sabiduría, pues antes de la venida del Cristo al mundo físico él ya era Allan Kardec, sacerdote entre los druidas, en Galia, pueblo bastante evolucionado. Otros espíritus, como Sócrates, Luther King y Bezerra de Menezes ya serían espíritus de mundos avanzados que reencarnaron en el planeta con la misión de ayudar a la humanidad aún muy retrasada. La doctrina de Sócrates, para dar un ejemplo, es una pequeña muestra del Espiritismo que nos llegaría por el Codificador.

Chico Xavier dijo cierta vez que en la espiritualidad, después de su desencarne, le gustaría actuar nuevamente como médium. Esa práctica, además de traer informaciones importantes para los que lo rodean, beneficia el propio médium con el conocimiento de esas revelaciones. Gran parte de la sabiduría de Chico se debió a los contactos espirituales con sus orientadores.

Como consecuencia de ese conocimiento que la espiritualidad nos trae, se pone claro que al salir del plano físico no vamos inmediatamente para capas muy superiores al umbral de la Tierra, ya que hasta la soñada ciudad de Nuestro Hogar está localizada en zonas inferiores del planeta.

Si Chico Xavier, Teresa de Calcuta, Dulce de Bahía, Mohandas Gandhi y otros bienhechores que se olvidaran a sí propios para amar el prójimo están aún en sitios cercanos a la Tierra, donde trabajan más de lo que lo hacían aquí, porque ya conocen la alegría de servir, imaginemos cuanto esfuerzo necesitamos hacer nosotros los egoístas y orgullosos, para ascender algún escalón o por lo menos percibir qué desencarnamos, sin quedarnos vagando en medio a las tinieblas. Si Jesucristo dijo que todo qué Él hacia nosotros podíamos hacerlo, y hasta más, es porque incluso Él está en evolución. Y recordemos que cuando la Tierra fue formada, hace miles de millones de años, Jesucristo ya era un Espíritu tan adelantado que pasó a ser el Gobernador de nuestro mundo.

Cierta vez preguntaron a José Raúl Teixeira, nuestro lúcido cofrade fluminense, ¿para dónde vamos cuándo morimos? Él contestó: – Para lugar ninguno. ¿Por qué tenemos de ser llevados para algún lugar y después ser traídos de vuelta? Abandonamos el cuerpo que será sepultado o cremado y permanecemos en el planeta, en el estado vibratorio que aún nos encontramos. En la mayoría de las veces, materializados como los encarnados.

Se pone claro, por tanto, que la evolución no cesa a lo largo de la eternidad y que la muerte no liberta a nadie  si nosotros no nos libramos por transformaciones que definan exactamente aquello que nos conviene, con el desapego a los bártulos de la Tierra mientras estamos presos a ellos. “Donde pongas a tu tesoro, allí estará tu corazón”, nos enseña el Evangelio de Jesucristo.

Se habla mucho en la transición planetaria, pero no percibimos qué cabe a cada uno salir del mundo de pruebas y expiaciones y entrar en el mundo de regeneración, por sus propios méritos. La promoción no vendrá como regalo, sino por conquista. Es cuestión de afinidad.

Finados. Tiempo de visitar a los parientes, que no viven en los camposantos, aunque sea allí que les rendimos homenaje. Muchos de ellos siguen viviendo en nuestra casa y en nuestra compañía. Felices los que ya consiguieron libertarse para alzar nuevos vuelos. Por tanto, que nuestra añoranza sea un recuerdo feliz, sin dolor, sin rebelión, sin tristeza, porque ellos están vivos y jamás conseguirán morir. ¡Cómo todos nosotros, ellos también son inmortales y están evolucionando!

En este mes en el que son más recordados, enviemos a los muertos nuestras bendiciones de amor para que se descubran y puedan proseguir en su caminar, libres de los vicios del mundo.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – noviembre 2015