La vida que tenemos no nos pertenece; eso aprendí con un hombre que vive en la calle.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Asistía yo a una entrevista en la TV Cultura de São Paulo, cuando un reportero charlaba con esas personas sin hogar que vagan por la Capital paulista. El reportaje mostró diferentes tipos y se concentró en un hombre que demostraba sabiduría que sorprendía el propio profesional de la prensa.

Sereno, contestaba a las cuestiones a él dirigidas en directo, con filosofía poco común, incluso en las personas privilegiadas por la vida, económica, social y culturalmente. Mostró un indigente que sacaba de la basura su alimento y comentó que él estaba equivocado. Esa actitud mancha la persona. Podría sacar de la basura algo que pudiese transformar en dinero, material reciclable, y entonces comprar su comida; jamás comer la basura. “Pero él no sabe”, completó el hombre.

En ese momento, el reportero le preguntó si aún así valía la pena vivir. Después de una sonora carcajada, él dijo: “No es cuestión de valer la pena, mi amigo; usted tiene que vivir porque su vida no pertenece al señor. ¡Es de Dios!”. Y completó: “Si esos gobiernos poderosos supiesen, no se matarían por inutilidades, contaminando la atmósfera con cadáveres que quedan echados por los aires. Pero como ellos piensan que pueden todo, hacen esas tonterías imaginando que están ciertos y que así defienden a su soberanía y dignidad”.

La frase “usted tiene que vivir” se impregnó en mí y, como espiritista, soy obligado a entender qué el hombre tenía razón. Si ni matarnos es posible, porque el suicidio pone fin al cuerpo, solamente, sobrecargando el alma qué es inmortal, creándole más problemas qué deberá reparar en futuras encarnaciones, ¿cómo podemos acabar con la vida por mero desinterés o incapacidad? Tenemos de vivir, sí, ¡porque somos eternos e inmortales!

Si ya entendemos y somos todavía ayudados por la ley del determinismo, porque rebelarnos o dificultar nuestro progreso concentrándonos en intereses pequeños, cuando el progreso espiritual es lo que importa. Esa ley, que por mucho tiempo de nuestra caminata espiritual tiene más fuerza que el libre-albedrío, nos impulsa hacia el alto, independiente de nuestra voluntad.

Después de vivir un día, no somos más la misma persona. El aprendizaje es inherente a la existencia. Basta estar vivo para aprender. Como estamos vivos espiritualmente, incluso después del desencarne, significa que aprendemos siempre, queramos o no. No nos acostamos al final del día la misma persona que despertamos por la mañana. Tenemos nuevas experiencias y nuevos conocimientos; aprendemos mucha cosa que desconocíamos e hicimos nuevas amistades o deshicimos otras más antiguas. La vida cambia a cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo. Se reímos felices ahora y en segundos podremos estar muertos, no hay como prever todos los acontecimientos.

¿Cómo comportarnos ante la vida, entonces? La respuesta es estar siempre listo para desencarnar. ¿Lo qué es estar listo para desencarnar? Es tener la conciencia tranquila. Solo muere bien quien vive bien. Y vivir bien es uno estar en paz consigo mismo. No avergonzarse de nada de lo que hace o de lo que es. Tener un pasado limpio pudiendo mirarse en el espejo sin sentir vergüenza.

Aún por mucho tiempo seremos más producto del determinismo en la ruta de la evolución, por lo menos en cuanto al conocimiento, de lo que el libre-albedrío que generalmente usamos más en nuestro perjuicio que beneficio. Felizmente la ley nos impulsa al crecimiento por su propia constitución, sin consultarnos si estamos de acuerdo. Después del calor, la sed; después del trabajo, el cansancio; después de la fatiga, el sueño; y así sucesivamente. Queramos o no, porque eso es la naturaleza comandando nuestra vida.

A la medida que nuestro entendimiento se amplía, el determinismo apoca y el libre-albedrío se agranda. Empezamos a ser más dueños de nuestras acciones porque dejamos de ser niños espiritualmente y pasamos a dominadores de nuestra voluntad, sabiendo claramente sobre derechos y deberes y las consecuencias que ellos nos ofrecen. ¡Si la mayor parte de la humanidad es de sufridores, se debe al uso indebido del albedrío de cada uno!

Si estamos atentos a la vida, aprendemos siempre; por un cartel de calle, por una cabecera de diario, con el ademán de un niño o con los propios animales. De la ventana de mi oficina, una vez más fui testigo de amor al prójimo. El comportamiento de un pájaro que debe ser una madre y está alimentando a su cría. Es muy lindo de verse. Basta entender el lenguaje que ellos usan. Para mí es muy clara. Mirándolos, hice este soneto. Confieran:

Solidaridad (Inspirado en una pareja de pajaritos)

La hembra, al descubrir allí el papaya/Que yo pongo en la mesa para los pájaros,/No come. ¡Antes llama por el macho”,/Avisando que allí está la ración! /Mientras allí no llega otro “sanhazu”,/Ni picotea la fruta y, con atención,/Si él no llegar va luego, entonces,/Volando y así sigue a sus pasos./Vuelven enseguida y él, primero,/¡Avanza por la fruta y ella lo mira!/Después que él si harta por entero,/Ahí, ella con calma, bien serena,/Degusta su trocito y se deleita…/ ¡Ver un ejemplo así vale la pena!

Que siempre podamos tener ojos de ver, oídos de oír y cabeza de pensar; seremos más felices.

RIE -Revista Internacional de Espiritismo – febrero 2016