Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Hablamos de esta revelación conocida como Espiritismo, nacida oficialmente el 18/04/1857.

Siguiendo la programación de la espiritualidad en favor de los hombres de la Tierra, en el siglo XIX nos llegó esta revelación conocida como la Doctrina de los Espíritus.

¿Cuántos de nosotros la entendemos y ya alcanzamos la magnitud de su importancia para que se establezca la paz definitiva sobre nuestro mundo? ¿Cuántos de nosotros somos aun los “miseros” espiritistas, aquéllos que están espiritistas, sin embargo no lo son, porque vinieron a buscar trivialidades en el Espiritismo? Llegamos por el dolor, el transporte rápido de las masas en la dirección del socorro urgente. El desajuste familiar, el vicio del pariente, el desaliento mental o la enfermedad no diagnosticada por los métodos tradicionales. Para éstos de nosotros, el centro espiritista es el informativo del Evangelio, el proveedor  del pase socorrista y del agua bendita que viró medicina por los fluidos de la espiritualidad. Es donde oímos decir, generalmente sin mucho interés y acuidad, que es necesario modificarnos para el bien, administrar sin traumatismos nuestros sentimientos más sensibles y que afloran con velocidad que no podemos controlar. La impaciencia, la irritabilidad y los diferentes tipos de no conformación contra todo y contra todos. El centro intenta impedir que adolezcamos por bagatelas y quiere nos modifiquemos para curarnos de los males ya existentes y que son de naturaleza espiritual. No registraron aún en el físico sus marcas definitivas.

Somos aquéllos que se emboban con una exposición bonita, fieles a los encuentros de grande importancia cuando los principales de la Doctrina tocan nuestros sentimientos más íntimos, llevándonos generalmente a las meditaciones profundas, por veces seguidas de lágrimas no controladas. En ese instante, como quien va a entrar en el Año Nuevo, hacemos mil promesas. Intentamos pinzar frases y conceptos dichos por el orientador que allí está bajo la inspiración de la Espiritualidad Superior y salimos dispuestos a ser, desde ahora, nuevos hombres. Pero el primero de enero, recomenzamos del punto donde estábamos y de él no más salimos por nuevos 365 días.

El poeta paraibano Eurícledes Hormiga, que convivió con Chico Xavier mientras encarnado y después le dictó versos desde la espiritualidad, dijo en un bello poema lo siguiente: “Año nuevo, vida nueva” / Repite antiguo estribillo / Pero el tiempo, para muchos / Prosigue pasando en vano. / Poca gente valora, / En la Tierra, el grande atributo, / Que Dios al hombre concede / En el tesoro del minuto. / Año nuevo para muchos / Es solamente calendario, / Continuando a vivir / En el mismo antiguo escenario… / Hecho obra de teatro, / Que dando audiencia, /Se queda un tempo en cartel / Repitiendo todo día. / Sus artistas en la escena, / En escena tanto estudiada, / Ni siquiera más improvisan / En la elocución ya decorada. / Desaprovechamiento de talento, / De quien de eso no si entera, / Siempre en el mismo papel / Consumiendo la vida entera. / Aprovecha, mi hermano, / El minuto que te acaricia, / Pues el minuto es una luz / Que brilla y luego se apaga. ¡/ Adentro de la propia existencia / En qué te ves en acción, / Cada día puede ser / Una nueva encarnación!”

Nosotros, igualmente, deslumbrados con la belleza y lógica de la revelación espiritista, vivimos pequeñas emociones. Cosas de minutos como en un explotar de fuegos artificiales. Una belleza efímera que no se incorpora al nuestro cotidiano. Que no traemos para ejercicio práctico en nuestra vida como recurso indispensable para ser un poco más feliz, desde ahora. Y caso nos decepcionemos, buscamos otro reducto que ofrezca el auto ayuda.

Damos poco después de recibir tanto. Abnegados se ponen roncos de tanto hablar y traernos noticias para mejorar cada uno de nosotros. Sacrifican a sus vidas en la misión de minorar el sufrimiento de la humanidad y ella permanece de ojos y oídos cerrados. El alimento espiritual dura el mismo tiempo corto que tiene el alimento material. Pasa por la lengua donde registra el placer y en segundos ya pierde el sabor. ¡La misma transitoriedad!

Estamos encarnados con una tarea impostergable y de responsabilidad individual. Nadie aprenderá por nosotros, nadie crecerá por nosotros, ¡nadie servirá por nosotros! ¡Nadie prestará cuentas por nosotros! Somos los únicos constructores de nuestra paz. Por más que ella venga de afuera, no podrá penetrar en nosotros si también no la abrigamos en nuestro corazón. ¡Si nuestra mente no es serena, la paz del mundo no llega a nosotros!

Sepamos tener sensibilidad para no desaprovechar cada momento de ayudar y ser mejor. El prójimo es el instrumento de que Dios se sirve para darnos oportunidad de aprender y crecer. No podemos vivir sin el otro ni podemos ser insensibles delante de sus dolores. La alegría que proporcionamos a alguien es nuestra propia alegría. Cuando afirmamos que “el perdón es la limpieza del alma”, dejamos claro que la pena que guardamos el otro no la siente. Si mucho, la presiente y si es también amigo se ofrecerá para ayudarnos a extirparla. Pero la decisión final será nuestra.

Al escribir este texto, busqué dirigirlo especialmente a mí, para no ser un que dice y otro que hace. Me permitan un ejemplo:

Participaba yo de evento cultural en João Pessoa, donde vivo, y al final del recital un conocido y apreciado cantador y declamador de la paz ascendió al escenario para dejarse fotografiar al lado de otro expresivo poeta. La fotógrafa era la esposa que se preparaba cuando yo, coincidentemente, pasé al lado de ella que, de pronto, porque me tiene como fraterno amigo, se viró para saludarme a dar un abrazo. El exaltado cantor de la paz, mi amigo de largo tiempo, inmediatamente dijo irritado: “Ei, fulana. ¿Va o no va a sacar esa foto?”. Desapuntado, fui saliendo a los pocos, con “la cola en medio a las piernas”, por el inconveniente que yo causara en el lamentable episodio. Echó toda su paz en teoría en la basura, llevándome a conocer, en ese momento, exactamente su espiritualidad. ¡Qué chasco!

Cuando asistamos a las bellas exposiciones, llenas de información y ejemplos, busquemos no simplemente repetir entusiasmado las bellas frases del orador, sino aplicarlas en la práctica en la medida de lo que podamos y sepamos. Se recuerdan del Apóstol Thiago. Ya se van 20 siglos; “Porque, así como el cuerpo sin espíritu es muerto, así también la fe sin obras es muerta” (2.26). O como dice el Espiritismo: “Fuera de la caridad no hay salvación”. Y la caridad mayor es la que hacemos en nuestro beneficio, porque nuestra evolución es tarea nuestra. ¿Y cómo hacemos eso? Pasando por el semejante. Simple, práctica y que se puede hacer con mucha facilidad. Hay tantos dolores en el mundo, de todos los tipos, que podemos hacer el bien a cada minuto. Es solo saber y querer. Vamos a prestar más atención a este consejo. ¡Garantizo que vale la pena! ¡Esto nos dejará más felices!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Abril 2016