Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

En esta Tierra aún atrasada, hay muchas prácticas que violentan el bueno y el justo.

¿De cuál violencia hablamos cuándo encabezamos manifestaciones de protesta en favor de la preservación de la vida? ¿De la violencia contra el cuerpo? Ésa es la que menos mal causa al hombre, espíritu eterno, inmortal, que está en la Tierra para un curso rápido de evolución espiritual. Y casi siempre sale de aquí reprobado, necesitando volver rápido para nueva experiencia.

Violencia es ver que las personas pasen de tres a cuatro horas en un salón de belleza, gastando el equivalente a los sueldos que sostendrían varias familias. Sostener no es bien el verbo; más apropiado sería decir que aquellos salarios mal permiten una miserable supervivencia. Se llenan de cremas, hacen masajes y pasan la tarjeta. Mismo con la crisis, porque pasar hambre no es problema, ¡pero ponerse feo, jamás!

Violencia es gastar fortunas en silicona para adulterar el cuerpo que la naturaleza ofreció, a fin de quedarse artificialmente más elegante, más sensual, más provocante. Corremos riesgos de enfermedades o desencarne, para mostrar un exterior que no condice con lo que existe por adentro. Nos quedamos como túmulos encalados, aprovechando la definición de Jesucristo en su gira por el planeta. “¡Pero sin eso la humanidad sería más fea”, es el argumento! En ese punto concordamos, sin embargo sería menos ignorante y mediocre evitar tales gastos, porque gastaríamos tiempo y dinero con cosas más útiles y duraderas, hasta mismo eternas. Y no olvidemos que la belleza de las almas transluce en los cuerpos.

Violencia es un deportista ganar millones por mes, para exhibir talentos que, casi siempre, se concentran de su rodilla para bajo. Tales deportistas, desequilibrados, neuróticos y agresivos, son muy convenientes para los manipuladores de las masas irracionales, incoherentes e ignaras. Recién, se fijó la transferencia de un futbolista de Europa en mil millones de euros. Se pone evidente que algo está errado en la distribución de los bártulos del mundo. Mientras para algunos un salario mínimo sudado es todo de que disponen para la supervivencia, otros menoscaban y vulgarizan el dinero. Contra esa violencia no vemos voces que se levanten.

Violencia es el salario de un maestro, que construye la cultura de las personas, incluyendo las que se recusan a adquirirla, porque imaginan que la fortuna que reciben para exhibir su belleza física les garantice un porvenir confortable. Ilusión. Siquiera en la materia, cuánto más en la vida de la esencia, ¡dónde el dinero nada vale y nada compra!

¿Si Jesucristo cobrase por sus extraordinarias lecciones, cuánto estaríamos dispuestos a pagarle? ¿Será que aparecería un empresario para patrocinar la divulgación de su Evangelio, a fin de propagarlo con más rapidez y amplitud? No, evidentemente. Al final, Jesucristo no se compara, en importancia, a los mitos de los deportes. No citamos nombres para no darles aún más importancia, que no merecen. Si Jesucristo fuese nuevamente predicar el Sermón de la Montaña, ninguna emisora se interesaría por los derechos de exclusividad. El pueblo sigue prefiriendo las vulgares e interminables mesas redondas en la TV con “especialistas” en los deportes para explicar que el equipo perdió porque hizo menos goles de que su adversario. ¿Ya pararon a oír ese festival de charla vacía? ¡Y hablan tan serio! Es verdad que las tonterías son tantas que hasta entre ellos, muchas veces, hay desentendimientos. ¡Y los comentaristas altamente “especializados” qué repiten qué la solución es tener calma y tranquilidad para esperar el momento del gol!? Aún no sé la diferencia entre calma y tranquilidad. ¡Pero cómo todos hablan, eso debe ser importante!

Horas y horas prestigiando la programación direccionada para la ganancia, aprovechada actualmente hasta por líderes religiosos inescrupulosos, que tienen una cantidad de redes y canales, para enriquecimiento rápido y deshonesto. Piden dinero a quien no tiene, con la mayor desfachatez, intentando convencernos de que nada es para ellos; todo es para Dios y para el Señor Jesucristo. Sin embargo, no tenemos disposición ni tiempo para gastar con la lectura de un libro o para aprovechar el tiempo, en nuestro propio beneficio.

Violencia es el rico reclamar de la crisis que él mismo provoca, porque de ella tira provecho, empobreciendo aquél que puede menos y no tiene de dónde sacar: nunca consiguió abrir un ahorro, tampoco puede guardar bajo el colchón (porque la grande mayoría duerme en el suelo) y, en la hora del aprieto, al contrario de los magnates, no tiene como beneficiarse de cuentas ocultas en Suiza o en los paraísos fiscales.

Violencia es mantener una mesa sofisticada con iguarias valoradas simplemente por la sofisticación del nombre o del rótulo, porque el paladar si avinagrada con algo a que no está habituado. De repente, en el desfile de los alcohólicos, todos viraron enólogos. Pasaron a degustadores, sabiendo cual vino de tal cosecha pide determinado tipo de queso, etc…

Violencia es hacer un miserable esperar en la cola de trasplantes durante tantos años que la salud no aguanta la espera provocándole casi siempre un desencarne anticipado. Violencia es dejar pacientes en los pasillos de los hospitales públicos, dividiendo lugar con ratones y cucarachas, donde falta hasta desinfectante para gente y para baño.

Violencia es esa distribución absurdamente incoherente entre los vivientes del mundo. Un noventa por ciento de la fortuna concentrada en las manos de un diez por ciento y los restantes diez por ciento divididos entre los otros noventa. Violencia es dejar incontrolable el aumento de las enfermedades que podrían ser combatidas con pequeñas providencias de saneamiento del medio ambiente. Violencia es una comisaría solo hacer Boletín de Ocurrencia desde valores expresivos. Pequeños robos ya se incorporaron al cotidiano de las personas; ni merece boletín el robo de celular, notebook, tarjetas, etc. Documento robado, cada uno que requiera la comprobación por el internet y no enoje a la policía.

Pero la peor violencia no es la que los otros nos hacen y sí la que nosotros hacemos a los otros y, por consecuencia, a nosotros mismos. Quien piense que Dios perdió el control del mundo no conoce derecho el Padre que tiene. Es preciso que vengan los escándalos, pero ay de aquéllos que los provocan. Por eso, la receta única es el optimismo. ¡Creer en Dios! ¡Tener fe, trabajar y esperar!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – mayo de 2016