Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Todos quieren morir de repente para no sufrir. ¿Será qué es realmente lo mejor?

Las enfermedades que existen en el planeta son advertencias que la naturaleza nos ofrece para verificación y control de nuestros excesos o extravagancias. Cuerpo y alma deben formar sintonía, cada uno con sus reglas y necesidades.

En los asuntos del pensamiento, el gran responsable es el espíritu, o sea, uno, el principio inmortal. Desequilibrados, registramos en el conjunto físico las heridas que creamos en el alma. Es cuando aparecen los dolores que a cada día se multiplican. Por eso, la mayoría de las enfermedades es conocida como sicosomática; de la psique y del cuerpo. Tratar de un sin llevar en cuenta el otro es más difícil de que equilibrar el conjunto al mismo tiempo.

Observen que es común sintamos desaliento, dolores, incómodos de muchas naturalezas y al consultar el doctor él diagnostica que nada tenemos. Debe ser, argumenta él, de su cabeza, resultado de preocupación o hipocondría. El doctor no sabe que la enfermedad ya existe en el alma y empieza a instalarse en el cuerpo. Como son meros síntomas, no pueden ser detectados por aparato convencional. Sin embargo, luego estarán materializadas en lo físico.

Recientemente un médico europeo dijo tener revisado sus conceptos, porque también imaginaba que la mejor manera de morir era ser fulminado, por ejemplo, por un infarto. Sin tiempo para sufrimiento. Hoy él cambió de idea a punto de decir que el cáncer es un aliado para quien vaya desencarnar, porque le da tiempo de analizar su pasado, corregir lo que aún es posible y alterar el comportamiento y los valores durante el tiempo que aún le sobra. O sea, el tiempo de enfermedad es muchas veces la esencia del pasaje por la Tierra, como preparación para dejar el mundo.

Durante esta gestación para nacer de nuevo en la espiritualidad, además de la preparación que el enfermo experimenta él va convenciendo a sus parientes de la importancia de su desencarne, porque el sufrimiento aumenta a cada día y aquéllos que oraban para que pudiese salvarse pasan a pedir a Dios que lo liberte y pueda cuidarlo delante del sufrimiento.

En ese tiempo, va adaptando se a lo que encontrará en la vuelta en su verdadera casa. Los amigos espirituales, incluso parientes, se aproximan, disponiéndose para recibirlo a fin de no sentirse totalmente extraño en un ambiente en lo cual llega de repente.

A los pocos vamos entendiendo qué los dolores del mundo son importantes. Sirven para analizar donde están los engaños a ser corregidos. Como en el fútbol, son las tarjetas amarillas que anteceden a las rojas cuando todo se pone consumado. El dolor es un convincente maestro. ¿Será qué entendemos y concordamos con eso?

La reencarnación, que es considerada por muchos como un castigo, es, en realidad, la mayor misericordia de la ley divina porque da oportunidad de aprendizaje en lo que más fallamos. Como el alumno que repite el año para estudiar nuevamente todo qué ya ha sido pasado, pero no supo reproducir en la prueba de final de año. Ha oído, pero no ha comprendió. Lo peor es que traemos equívocos, fallos, errores para ser arreglados y en vez de sanarlos adquirimos otros nuevos que pasan a pesar en nuestra conciencia de manera más acentuada. Hacemos al revés. En vez de salir de la vida más aliviados, nos vamos del mundo material más empeorados. De allí la humanidad sentirse a cada día más infeliz.

Ya repetimos infinidad de veces que solamente la popularización del Espiritismo podrá resolver la mayoría de los problemas del mundo. La ley de acción y reacción bien comprendida anulará gran parte de los flagelos humanos. Vamos convencernos que los males están en nosotros; del lado de adentro. Y son ésos que realmente debemos temer porque dejan grandes secuelas que solo uno puede curar. Todavía no es el tiempo de la masificación de esta doctrina porque la humanidad aún vive aquel tiempo de incredulidad mencionado por Kardec en el comentario a la cuestión 798 de El Libro de los Espíritus. Y es más por intereses materiales de lo que por convicciones religiosas. Pero con el tiempo los gananciosos quedaran solos y la verdad prevalecerá para el bien de toda la humanidad. Es todo una cuestión de tiempo.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Agosto 2016