Cuando cada madre sepa lo que es un hijo, y que él reencarna con un pasado, pasará a educarlo de manera diferente.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Fuimos invitados en el cierre del año 2015 a decir algunas palabras en la Maternidad Cándida Vargas, en João Pessoa (PB). Un lugar muy especial.

En el auditorio había empleados, enfermeras, encargados de departamentos, entre otros, y abordamos sobre la importancia de una institución como aquélla, pues es en las maternidades que llegan las futuras mamás, llevando en la barriga una semilla con la esperanza de salir de allá cargando en los brazos una persona, ya ampliamente imaginada por su pensamiento.

Cada una llega con sus angustias y sus sueños. Unas de primer viaje, otras con cierta experiencia. Gracias a las tecnologías, el ultrasonidos ya informa mucha cosa sobre el cuerpo de aquél que va ser gente en poco tiempo. El sexo, si el niño está perfecto, se hay enfermedad que necesita de servicio inmediato, aún en el vientre de la madre o inmediatamente después el nacimiento. En fin, muchas noticias valiosas para anticipar el porvenir del bebé.

Hablamos de la importancia del amor en aquella casa de salud, donde muchas veces el trabajo se hace con sacrificio, hasta mismo improvisaciones por la falta de empleados, lo que obliga otros a suplir la falta de condiciones cuando no hay medicamentos, aparatos, espacios, entre muchos otros problemas. El amor, sin embargo, nunca puede faltar. De la parte de la parturienta, debe ser agradecida de lo que recibe, porque no sabe que aquella enfermera o sicóloga o cocinera que hoy está de malhumor, dejó en el hogar un hijo enfermo o una madre de edad necesitando de atención, pero vino a dar cuenta de su responsabilidad.

El doctor, obstetra, no puede exasperarse delante de una madre de primer viaje, asustada por el desconocido. Qué para él es un trabajo de rutina, para la futura mamá es una experiencia única llena de expectativas. Y las primeras vibraciones que el niño que llega al mundo debe recibir son de afecto para que se sienta bienvenido. Hasta la primera palmada debe ser data con amor y un pedido de disculpas, para que el bebé no se imagine agredido.

Una cosa que sentimos falta en una maternidad es la información a cada candidata a ser madre para que ella sepa que el cuerpo que ella y su compañero produjeron está adecuado para un alma que vendrá a morar en él. Es antigua y ya trae al mundo una historia personal y única, muchas veces inter-relacionada con padres, abuelos, etc. Cuando cada madre sepa lo que es un hijo, pasará a educarlo de manera diferente. No más como un inocente desconocido, puro e inmaculado, sino como un alma que vuelve a la Tierra para nuevas experiencias y que necesita mucho del auxilio y a veces del rigor de los que van a educarla. Trae virtudes que necesitan ser ejercitadas y defectos que demandan corrección.

Quien imaginar que eso es utopía o invención del Espiritismo recurra a las lecciones del filósofo griego Sócrates y su principal discípulo, Platón, y verá que cuatrocientos años antes de Jesucristo eso ya era enseñado. Quien se poner indeciso sepa que, exceptuándose católicos y protestantes en la actualidad, prácticamente todas las religiones de la Tierra hablan de la reencarnación. Eso no es invención del Espiritismo. Esta doctrina solamente explica una lógica que algunos aún no entendieron o prefieren negar por conveniencia. Pero no se preocupen, pues incluso esos cristianos tienen serias dudas y grande curiosidad sobre el asunto. La prueba está en la audiencia de las novelas que tratan del asunto. Los medios de divulgación venden la mercancía que el público compra. Y se compramos es porque vemos sentido.

Siempre que surgir una oportunidad, diga a la nueva madre algunos aspectos de esa realidad. Aun cuando ella no crea, la duda se quedará peleando con la propia razón. Y al observar el comportamiento de su bebé ella misma va a sacar sus conclusiones.

La madre es la primera maestra y la primera educadora, el hogar es la primera escuela que el nuevo visitante frecuenta. Amor incondicional ni siempre es decir sí y aprobar todo. Hacer todos los gustos del niño en la suposición de que se trata de un ser lindo e inocente. En el capítulo de la infancia, en El Libro de los Espíritus, hay lecciones valiosas para que las madres sepan cómo educar a sus niños. Mejor verlo llorar delante un “no” mientras aún pequeño a verlo llorar más tarde cuando la vida cobrarlo en aquello que no fue orientado o en facilidades que tuvo, imaginando que el mundo iría a darle de todo indefinidamente sin que necesitase hacer cualquier esfuerzo.

¡Madre! No engañe a su hijo haciéndolo pensar que la vida es fácil, porque no es. Descubrirse, conocerse y saber exactamente sobre son sus poderes y limitaciones es lo más importante que podemos enseñar a un hijo. Cuidado para que más tarde usted no haga la clásica pregunta: – ¿Dónde fue qué yo erré? Buena suerte.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Setiembre 2016