Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Antes de comentar sobre el asunto del título, es importante recordemos que obsesión es una carretera de mano dupla.

Quien nos enseñó fue Allan Kardec, que hace 212 años nació en Lyon, en Francia, el día 3 de octubre. El obsesivo se liga al obsesionado, porque éste sintoniza con el obsesivo. Ambos tienen responsabilidad y no son simples víctimas sin motivo.

La obsesión se da entre encarnado y desencarnado, entre desencarnados o mismo entre encarnados. Al final, la inteligencia es el espíritu, esté él en un cuerpo o en la espiritualidad.

Son muchas las razones que definen el asedio obsesivo entre dos seres; con antecedentes o no. A veces, cuando una de las partes busca mejorarse, enoja a la otra; como ésta no consigue acompañarla, se empeña en convencerla de que el esfuerzo de renovación es un tiempo perdido; de aquélla, sacará placeres que podría disfrutar. Condensando, quien no consigue ascender, se satisface por derribar quien esté en el alto. El crecimiento del otro enoja su inferioridad.

Esto qué hasta ahora definimos puede ocurrir entre desencarnado y encarnado. Sin embargo, también es muy común entre dos seres “vivos”, los que aún habitan la materia densa y grosera, como la Tierra, un mundo de pruebas y expiaciones. Por eso la obsesión puede nacer incluso del celo. Es más común de lo que se imagina.

Puede tener causa, también, en una convivencia anterior, lo que lleva las partes a cobrar derechos que les fueron usurpados, juzgándose inocentes y lesionados por aquéllos que ahora cruzan su camino. Si las discordias no fueron solucionadas mientras estaban lado a lado, llevan para la espiritualidad las tristezas que se entrañaran en sus almas y se sienten en el derecho de exigir lo que les fue sacado.

En la espiritualidad prosiguen los desentendimientos entre los que no aceptaron el consejo de Jesucristo en el Sermón de la Montaña: “concilia te deprisa con tu adversario, mientras estás en el camino con él, para que no suceda qué el adversario te entregue al juez, y el juez te entregue al oficial, y te encierren en la prisión” (Mateo 5:25). ¡Esa prisión es también la obsesión, además de los traumas de conciencia! Feliz quien no tiene mal alguno a corregir o lamentar. Sale de la encarnación con todo arreglado.

Muchos dolores nacen también de la ingratitud y de la envidia. Dice el pueblo que “la envidia es el homenaje al valor” y que “el favor recibido es la víspera de la ingratitud”. Feliz quien sea grato y no se apoca por un favor recibido. Dice Freud que quien recibe una ayuda busca desentenderse con el bienhechor porque si son enemigos la deuda desaparece. Una actitud muy fea; sin embargo, común.

Día de éstos he recibido un inesperado mensaje, en estos términos:

“No imagina como mi corazón si alegra a cada vez que lo reveo; mucha gratitud. Soy muy grato a Dios por cruzar mi camino al de una persona tan íntegra y de carácter honesto y caritativo con aquéllos que viven a su vuelta. Son años sin reverlo y sin tener noticias. Bendito el Facebook que nos da la oportunidad de recordar tiempos buenos de nuestra vida. No sé si Ud. se recuerda quien soy. Lo conocí en 1978, en la empresa Fundibem (una fábrica que yo fundé en Diadema, SP, en el período de la dictadura militar de 1964) que guardo en mi corazón por las oportunidades de crecimiento y los lazos de amistad que allá creé. Fue mi primero empleo como mensajero; recuerdos de Doña Maria, su esposa, Tavinho, su hijo y un amigo, de las conmemoraciones de final de año en el Restaurante de las Colonias. Tiempo bueno, con finales de semana en su casa de campo en Mairiporã con los amigos(as) de trabajo. Éramos una gran familia bajo su regencia y solo me trae orgullo y satisfacción por haber hecho parte de ella. Muchas gracias. Soy casado hace 30 años, tengo tres hijos: el mayor, Felipe con 29 años, ya doctor, casado y que ya me dio un lindo nieto, Pedro Henrique, con 4 años; Matheus, con 20 años, cursando el 3r año de facultad, y una princesa, Letícia, con 18 años, en su primer año de facultad. Agradezco mucho a Dios por todo de bueno en mi vida y recordar que todo comenzó con Ud. que siempre nos dio buenos ejemplos. Recuerdo de nuestros partidos en la cancha que Ud. mandó construir para nuestra distracción. Recuerdo el nombre de cada empleado aún hoy; nuestra grande familia. Aún tengo esperanza de un día poder darle un grande y caluroso abrazo. Por ahora muy feliz por poder compartir estas palabras con Ud. Espero que no lo esté molestando, pues para mí es realmente un recuerdo que, como dicen, lava el alma. Un gran abrazo y, una vez más, muchas gracias. Que Dios lo proteja siempre. Mucha paz y salud. Beso en su corazón”. Marco Antonio de Oliveira – São Bernardo do Campo (SP).

Sin la intención de realzar mis parcas calidades, es confortador recibir una declaración como ésta, espontánea, casi cuarenta años después de vivida, porque en nuestro viajen a través de la vida damos y recibimos, dejando rastros. Las semillas lanzadas pueden ser buenas o malas y caer en terreno fértil o estéril cuando entonces coleccionamos amigos o desafectos. También tuve enemigos. Es imposible no tenerlos. Son inherentes a la vida que no nos permite tener solamente alegrías. Pero se para cada colección de adversarios hay un solo amigo grato como  Marco Antonio, el Marquito Office-boy, la vida ya valió la pena. En este caso, colaboré, aunque indirectamente, para que hubiese en el mundo más un hombre de bien. Ésta es una de las misiones de todos nosotros.

Cultivemos a nuestro rededor amigos en vez de obsesivos. Forman un hermoso marco para el cuadro de nuestra existencia.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Octubre 2016