Es necesario vivir, porque nuestra vida no nos pertenece; ¡es de Dios!

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Aunque seres gregarios, que no podemos dispensar la convivencia múltiple, en la esencia cada uno de nosotros somos una individualidad con historia propia. Hay veces que la escribimos a solas, en la intimidad de nuestro ser y en el recóndito de nuestro altar silencioso; hay veces que hacemos parte de la historia colectiva. Sin embargo, al final prevalece la individualidad con los informes adquiridos que nos identifican como un ser mejor o peor.

Los compañeros de viaje van llegando y saliendo poco a poco de nuestra vida. Sea el colega de escuela, el compañero de trabajo, el cónyuge, el hijo que nace y que al crecer gana vida propia y se aleja, el amigo que ayuda y que un día se cansa de nosotros o el otro que amparamos y después se nos paga con la ingratitud. Todos vienen y se van.

Detalles sencillos del cotidiano que algunas veces nos sirven de estímulo y otras nos derriban o desencantan. Es un compañero, próximo o distante, que deja el plan material para volver a lo de origen donde va a descansar por un tiempo y readquirir fuerzas para nuevas jornadas. Sale de nuestra vida sin preaviso dejándonos como que medio aislados, sin que podamos andar por nosotros mismos, tan acostumbrados que estábamos a apoyarnos en él. El mundo se abate sobre nosotros y si no tenemos equilibrio nos quedamos en el suelo, aplastados bajo nuestra inferioridad.

El importante, sin embargo, es la certeza de lo que somos y de lo que necesitamos para proseguir sin perder la esperanza y el deseo de angelizarnos, a pesar de todo. La vida sirve para eso. El coraje de avanzar a solos debe permanecer eternamente porque es así que fuimos criados: un ser uno que transita por toda  la eternidad sin perder jamás esa condición. En cada etapa llegamos a solas y también solitos regresamos.

Por un tiempo dividimos con alguien nuestra cama. Ora con la madre amorosa que atiende a nuestras necesidades físicas, dándonos la leche y el afecto, que nos ofrece amor y nos calienta con su cariño, ora con el compañero a quién nos unimos para juntos ser confundidos con un solo, tal es el entrelazamiento de deseos, necesidades y donaciones, en una simbiosis de amor. Pero todo es solamente temporal y son repeticiones de lo que vivimos miles de veces y que volveremos a vivir aún en incontables oportunidades. Sin embargo, cada una parece especial e inédita; festejada e interminable, a pesar de su transitoriedad. Pensamos que es única y que jamás vivimos o volveremos a vivir algo igual. Nos sentimos derrotados y no conseguimos proseguir. La caída del otro nos derriba también.

Es en este momento que debemos renacer de las cenizas, agradeciendo y buscando descubrir porque fuimos mantenidos hasta ahora y contemplados con la continuidad. Además de nosotros mismos, que estamos en tarea de intransferible crecimiento, el mundo también precisa de nosotros. Necesitamos todos unos de los otros porque, aunque individuales, somos como átomos de una sola molécula en la cual estamos todos interconectados. Cada movimiento nuestro provoca millares de vibraciones, como la piedra lanzada en el agua forma una inmensidad de círculos. Somos ejemplos vivos para toda la humanidad, mostrando el bien o el mal, construyendo o destruyendo, conforme nuestros instintos y convicciones. Y nuestro pensamiento modifica e interfiere en nuestro psiquismo y en los ambientes donde hacemos nuestras experiencias.

Cuando la soledad llegue, hay que rellenarla con utilidades porque usted es el dueño de su vida y nunca podrá desistir. No hay esta opción. Usted no nació para eso. Rellene los vacíos causados por sus angustias, hermanándose a los compañeros del bien, sirviendo de escalera o de puente para alcanzar las alturas divinas aquí mismo en el suelo. Las dimensiones de Dios difieren de las que nos rigen en la Tierra. Donde haya tristeza, que nuestra alegría sea luz que elimina la angustia; donde haya desánimo, que nuestro coraje sea un guía para los que están caídos. Usted que puede leer este escrito es dueño de muchas virtudes. Tiene el mirar que distingue, el discernimiento y la oportunidad de saber que está de pose del mayor bien que el Universo se nos ofrece: la propia vida; estemos en la materia o fuera de ella, pues somos indestructibles. ¡Las peores armas humanas son incapaces de eliminarnos porque somos inmortales!

Conmemore, por más difícil que le parece, porque los flacos se quedan en el suelo y los fuertes se elevan al punto más alto cuando arrastran con ellos los que tienen un mínimo de fe y coraje. Impulsemos los otros como el arco que lanza la flecha. ¡Sin embargo, no nos olvidemos de ser también cómo la propia flecha qué avanza siempre en frente!

Vamos nos programar para vencer los impedimentos del año que ya llega. Porque ciertamente él los tendrá. Pero después de celebrar la llegada de Jesucristo en este Natal de 2016, ningún temor podrá aposarse de nosotros. Feliz quien vive sin miedo de la vida. ¡Sublime quién prosigue sin miedo de la muerte! Porque, al final, es apenas una transformación; ¡una fantasía creada por los hombres qué no comprenden los planes de Dios!

Rie – Revista Internacional de Espiritismo – Deciembre 2016