¡Un prefacio de luz para un libro que alumbra!

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Analicemos el Prefacio del Evangelio Según el Espiritismo, este mensaje de amor dirigido a todos los hombres, que define claramente por qué vinimos al mundo. La Doctrina de los Espíritus llegó en hora cierta, para restablecer verdades que se perdieron a lo largo del tiempo, derrotados por intereses mezquinos, equivocados y separatistas.

“Los Espíritus del Señor, que son las virtudes de los cielos, como un inmenso ejército que se mueve al recibir el orden de comando, se esparcen sobre toda la Tierra. Semejantes a estrellas cadentes, vienen a alumbrar el camino y abrir los ojos de los ciegos.

“Yo os digo, en verdad, que son llegados los tiempos en que todas las cosas deben ser restablecidas en su verdadero sentido, para disipar las tinieblas, aturullar los orgullosos y glorificar los justos.

“Las grandes voces del cielo resuenan como el toque de la trompeta, y los coros de los ángeles se reúnen. Hombres, nosotros os convidamos al divino concierto: que vuestras manos tomen la lira, que vuestras voces se unan, y, en un himno sagrado, se extiendan y vibren, de un extremo del Universo al otro.

“Hombres, hermanos amados, estamos juntos de vosotras. Os améis también unos a los otros y digáis del fondo de vuestro corazón, haciendo la voluntad del Padre que está en el Cielo: ¡Señor! ¡Señor! Y podréis entrar en el Reino de los Cielos”. (El Espíritu De Verdad)

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Este alerta traído por el guía espiritual de Allan Kardec deja establecido que el Espiritismo vino a renovar el hombre, haciéndolo entender quién sea y cual su función en el mundo de los “vivos”. Crecer y renovarse para volverse cristiano.

Los recursos de que se sirve el Espiritismo son la divulgación de las verdades que nos dan conocimiento claro de quien somos nosotros, qué nos compete hacer en este breve momento de nuestra eternidad y para donde iremos después de aquí.

Aunque sea laudable el trabajo de caridad material ejecutado por las entidades espiritistas, cuando distribuyen ropas, alimentos, curas espirituales, no es ésta la prioridad de la Doctrina de los Espíritus. Ella no vino a cuidar de los cuerpos, sino de las almas. El Evangelio de Jesucristo que tuvo su esencia renovada y actualizada por el Espiritismo, dice lo mismo. “¡Va y no peques más”; “nadie saldrá de aquí mientras no pague hasta el último ceitil”; “Ama el próximo cómo a ti mismo!”.

El servicio a las necesidades básicas del hombre es de la alzada de todas las personas, independientemente de su creencia. Es un deber individual del ser humano que pretenda ostentar el título de cristiano. Ser espiritista es eficiente recurso para alcanzar ese objetivo, sin embargo, cuando los poderes constituidos cumplan integralmente su deber social, las necesidades materiales del hombre estarán plenamente atendidas. Quedará a él, en ese momento, la tarea del propio esmero, lo que no puede ser transferida a terceros. Esta hora que el Espiritismo muestra su verdadera fuerza. Tiene las más claras recetas para la conocida reforma íntima del hombre, que nada más es de lo que la construcción de su buen carácter.

La vivencia del Espiritismo por el propio hombre irá a hacerlo mejor a cada día. Hemos usado tiempo demás intentando aplicar la doctrina en los otros, con sabias recetas de reforma moral para los que nos oyen, olvidándonos de vivirlas en nosotros mismos. La vieja frase aún es válida: “Entramos en el Espiritismo, sin embargo el Espiritismo aún no entró en nosotros”; “Haga lo que yo digo, pero no haga lo que yo hago”, si es que anhela mejorarse. Tribunos teoréticos de discursos envidiables, que manejamos el verbo con sabiduría y elocuencia, seguimos pecando en las más elementales actitudes. Hasta nuestra mansedumbre es muchas veces mentirosa, artificial. No resiste a la más pequeña contrariedad, porque nos sentimos los dueños de la verdad.

Muchos de nosotros que hacemos discursos con recetas para arreglo de la humanidad deberíamos ser oyentes en vez de aconsejadores. Quizá aprendiésemos más si parásemos para pensar honestamente e hiciésemos el autoanálisis propuesta en la pregunta 919a del Libro de los Espíritus. De corderos tenemos solamente la piel.

Este escrito no se destina a la condena de nadie; es mea-culpa para nuestra propia ponderación porque, a veces, viviendo distraídos perdemos nuestro mejor momento. Arrebatamos con el conocimiento y el entusiasmo fácil para divulgarlos, con frases de efecto y expresiva citación bibliográfica, dejamos pasar, distraídos, su vivencia. Y cuando alguien elogia nuestra facilidad de comunicación aumenta aún más el peligro. Nos sentimos como faros para la humanidad y ni percibimos qué aún no alumbramos ni a nosotros mismos.

Como ejemplo de lo que dijimos, reproducimos nuestro soneto “Predicaciones” de la página 16 del libro Luz en el Túnel de 1998, nuestro primer libro de poesías editado en João Pessoa (PB): “Cuando me pongo en la tribuna a dar consejo / Voy informando de paciencia y caridad / para que un día todo la comunidad / Sea feliz y a mí me tenga como espejo. / Lamentablemente, ésta no es la realidad. / El tiempo pasa y yo ya soy un hombre viejo / Y, sin embargo, casi nunca soy coherente / Entre qué enseño y lo que vivo, de verdad. / Pero yo espero que aquél que hoy me escucha / Gane coraje para seguir en su lucha / Y sepa siempre perdonar el enemigo. / De mi parte, cargando la cruz al dorso / Intento vivir, y esto me cuesta un grande esfuerzo, / Aún que sea sólo el diez por ciento de lo que digo”.

Que Dios me ayude para que yo consiga aplicar en mí un poco del discurso que ofrezco a los otros. En mi comportamiento en el hogar, en el trabajo, en la escuela, en la calle o en la agrupación religiosa donde hago mis más importantes experiencias de amor al prójimo. Que mi teoría sea vivida en la práctica. ¡Ah, Dios mío! Fortalezca me para que yo consiga. ¡Feliz Año Nuevo!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Enero 2017

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