Hay tantas razones para agradecer y tan pocas para quejarse, pero nosotros nos concentramos en las pequeñas infelicidades.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

O deberíamos dar como título “¿El mundo de los dolores?” Preferimos usar “el tiempo” por su relatividad. Es algo que en verdad no existe y solo es percibido por las mentes humanas, especialmente mientras encarnadas. Es común en las reuniones de adoctrinamiento de espíritus que oigamos a alguien que ha desencarnado hace mucho, siglos incluso, referirse a lo pasado como siendo ahora. Relata su día a día vivido en tiempos remotos cual si los hechos estuviesen ocurriendo en aquel momento. ¡Podríamos decir qué él se perdió en el tiempo o se perdió del tiempo!

Todo es un constante venir a ser y nada sufre interrupción por acontecimientos del cotidiano que, a veces, por nuestra pequeña capacidad de raciocinio, los definimos como tragedias. Todos los días el sol del oriente se transfiere para el occidente, cambiando de lugar con la luna, para en el día siguiente regresar como lo hiciera en la noche pasada; desde que el mundo es mundo y lo será por toda la eternidad. Un día nuestro planeta desaparecerá, porque todo lo que nace un día muere, dure más o dure menos. El espíritu, al contrario, es inmortal, por eso sobreviviremos.»

Hoy el asunto de los medios de comunicación, de las calles, de los hogares, de la sociedad, es la crisis. Nadie percibe qué es una crisis igual a las que vivimos desde otros tiempos: para los pobres, desheredados y explotados; para los perezosos que se abaten y se entregan ante las más pequeñas dificultades; para los flacos que anhelan lograr todo con facilidad.

La crisis real a ser lamentada es la crisis de moral y de vergüenza que hay en la humanidad y que es tan percibida en esta nuestra maravillosa tierra del Crucero.

Hay tantas razones para agradecer y tan pocas para quejarse, pero nosotros nos concentramos en las pequeñas infelicidades. Tenemos miente sana y podemos planear nuestra propia directriz; sin embargo no percibimos qué solo por eso somos felices. Cuando nacemos, nuestros padres ciertamente se pusieron ansiosos para vernos y conferir si estábamos perfectos. Unos estaban enteros físicamente, otros no, pero todos estaban completos como almas eternas y podrían aprovechar su encarnación aunque con limitaciones físicas. Por eso las redes sociales exhiben vídeos de deficientes que tienen miembros de menos, incluso ceguera, pero que abren sus propios caminos como tenacidad y viven con alegría, agradecidos por la vida dando ejemplo a los que son cobardes.

En este mes, recordamos el Codificador Allan Kardec, una vez más, porque fue el 31 de marzo de 1869, con poco más de sesenta y cuatro años, que él ha desencarnado por el rompimiento de un aneurisma. Fulminado, cuando lleno de entusiasmo, preparaba el cambio de la Sociedad Parisiense de Estudios Espiritistas para un sitio más amplio, a fin de dinamizar la divulgación del Espiritismo. ¿Por qué su vida fue cortada en un momento tan importante para él y para la humanidad, qué tanto bebía de las revelaciones de los espíritus traídas por su intermedio? Ciertamente porque el tiempo que él tenía para la tarea a que vino ya se había agotado y también porque lo que había sido revelado ya era suficiente para un gran avance en la sociedad de nuestro tiempo que, lamentablemente, aún no aplica en el día a día la sabiduría propuesta por los espíritus.

El estudio serio, asiduo y secuenciado de esta Doctrina lleva el hombre a un entendimiento sobre sí que aun  jamás había tenido. Ninguna explicación para la muerte es tan lúcida como la información espiritista. Todo es consecuencia de actos anteriores, en la aplicación clara de la ley de acción y reacción que tiene grandes implicaciones cuando se trata de ademanes espirituales. Causa y efecto o sembradura y cosecha serían sinónimas de la primera. Nadie sufre por los males causados por los otros, ni paga deudas que no haya contraído. Ya dijo Jesucristo a sus seguidores cuando le preguntaron sobre el ciego que él había curado si el pecado fuera de él o de sus padres. Él explica que venía de vida pasada. Como aclaración delante de legos, dijo que ni él ni sus padres eran causadores de aquel mal, sino que era necesario que la ley si cumpliese. Habla claramente de errores pasados de aquella misma alma que ahora vivía en otro cuerpo.

El mundo de los dolores o el tiempo de los dolores tienen más a ver con las acciones que generan consecuencias malas de lo que con fatalidad o algo impredecible u ocasional. Es como en la lección que explica que el buen árbol es conocido por los frutos que producen y vice versa.

Ninguno de nosotros necesita temer la crisis, desde que se empeñe con esfuerzo y honestidad en la conquista de sus necesidades, comedidamente, sin exagero. Y de la misma forma que la dicha no está en la llegada, sino en el trayecto, si luchamos por algo y no tenemos éxito ya ganamos la experiencia por el esfuerzo de la lucha. Será nuestra mejor conquista. Ésa el ladrón no roba, la herrumbre no corroe, la polilla no come y los regímenes políticos no consiguen destruir. Como luego nos vamos de aqui, nos calificamos a volver más competentes y con más méritos para una nueva vida que, luego más, tendremos que vivir. Si somos agentes activos en la mejoría del mundo nos calificamos a vivir en un lugar mejor que éste de lo cual tanto exigimos. Y él no tiene culpa, pues es el reflejo de los hombres que lo habitan. El mundo en que vivimos es la suma de las conciencias humanas. Si bien observado, considerándose la manera como lo tratamos, él hasta que es muy generoso con esta mal agradecida humanidad teniendo que recobrarse todos los días para sanar las destrucciones causadas por los hombres.

No hable de crisis. Sonría a produzca. Produzca riqueza, produzca amigos, amor y simpatía. Tenga la conciencia en paz y todo lo más deje por cuenta de Dios. Él resuelve.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Marzo 2017

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