Desarrollo material y crecimiento espiritual.

Octavio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Cuando estudiábamos el Capítulo XXV del Evangelio Según el Espiritismo, “Busquéis y hallaréis”, con sus subtítulos “ Ayuda te y el cielo te ayudará”, “Miréis las aves del campo”, etc., meditamos mucho sobre nuestro viaje por la Tierra y constatamos como ella es sacrificial. Entendemos, por otro lado, que no podría ser diferente, porque somos espíritus imperfectos y habitamos en un planeta de pruebas y expiaciones en proceso de aprendizaje.

Observamos que cuando Jesucristo dijo y darse os a”, “busquéis y hallaréis”, “batáis y abrirse os a”, él no resaltó que debemos pedir solamente lo qué nos haga bien espiritualmente. Pedimos lo que anhelamos, aunque Dios nos dé solamente lo que necesitamos. Por eso ni siempre nos gusta la forma como Dios nos atiende. Pedimos una cruz pequeña, sin embargo él nos da hombros fuertes; pedimos a Él que solucione nuestros problemas, pero Él nos da discernimiento para que nosotros mismos los resolvamos; pedimos facilidades y Él nos ofrece el trabajo que lleva al aprendizaje.

En el Evangelio se pone claro que precisamos de la actividad como recurso para desarrollo del propio intelecto. Es con las experiencias que hacemos, buscando resolver problemas que crecemos. De allí la comprobación de la anterioridad de las almas y del acúmulo de conocimientos que llevamos hacia la espiritualidad, que nos sirven de guía en la vuelta al mundo material. Si al morir el alma ella si acabase, todas las almas nacerían sin  cualquier conocimiento. La humanidad permanecería siempre igual porque el aprendizaje de una vida se perdería. Nunca saldríamos de la infancia espiritual.

Todavía, a pesar de ser almas milenarias, aprendemos casi nada. Y como necesitamos mantener la supervivencia material, alimentándonos, vistiéndonos, abrigándonos, estudiando, y eso solo conseguimos con las ganancias del trabajo, descuidamos del crecimiento espiritual, porque éste exige de nosotros virtudes aún no conquistadas. La fe aún no se impregnó en nuestro ser. Y es ella que nos haría entender la importancia de virtudes como resignación, humildad, paciencia y desprendimiento. Peleamos con las mismas armas de los otros y somos lo opuesto de lo que debemos ser: impacientes, orgullosos, egoístas, prepotentes, belicosos, defendiéndonos con uñas y dientes, como hacen los leones que se matan por un pedazo de la caza.

Nos explica Kardec, en el referido capítulo, que el hombre en la infancia de la Humanidad solo aplica su inteligencia en la busca de alimentos, en medios de preservarse de las intemperies y defenderse de los enemigos. Pero como él tiene el deseo constante de mejorar es impelido a pesquisas para mejorar su situación. De allí las invenciones que surgen en el mundo permanentemente, siempre en el sentido de dar al hombre conforto para su progreso y bienestar. Él realza, sin embargo, que el progreso que el hombre realiza individualmente durante su permanencia en la Tierra es insignificante y hasta imperceptible para muchos. No es sin más ni más que los espíritus ya enseñan que el reconocimiento de un defecto es indicación de evolución. Nadie imagina que en una, o en diez encarnaciones, el hombre pueda dejar de ser inferior, librándose de la mayoría de los defectos que tiene el ser humano actual. Ni hablamos de la esclavitud a los vicios (tabaco, alcohol, sensualidad, gula, drogas), ya que ésos son más fáciles de vencer porque están fuera del hombre. Los defectos están en el alma; son miasmas espirituales y solamente con el esfuerzo de modificación interior, como enseña el Espiritismo, es posible eliminarlos. Se combate el defecto sustituyéndolo por una virtud. O somos una cosa u otra. Para tener éxito, intentemos comenzar por los menos graves como la impaciencia, la insatisfacción, el dolor íntimo. Vencidos éstos, elijamos otros igualmente graves y les combatamos uno a uno.

El mundo material es importante porque es en él que hacemos fundamentales experiencias. Es la ganancia de uno que ofrece el empleo al otro; es la inteligencia del jefe que comanda la actividad coherente del subordinado. Esta dualidad, cuando ejercida con equilibrio, nada tiene de nociva. Un patrón humano tiene un auxiliar dedicado; un servidor eficiente tendrá siempre un señorío generoso.

Un día me contaron un historia que reproduzco como ilustración: un hombre pescaba con caña y un empresario le preguntó: “¿Qué cantidad de peces piensa pescar?”. “Uno”, dijo el hombre, “para mi almuerzo”. “¿por qué no pesca dos? Vendería uno y podría comprar más cañas de pesca”. “¿Para qué?”, le preguntó el pescador. “Ora, para ganar dinero. Con el tiempo usted compraría una canoa, un barco motorizado y finalmente uno de estos pesqueros de alto-mar”. “¿Y después?”, preguntó el pescador. “Ganaría mucho dinero se pondría riquísimo y no necesitaría hacer más nada”. El hombre lo miró y dijo: “Pero yo ya no estoy haciendo nada”.

Desconocía la diferencia entre no hacer nada ociosamente y ganar el derecho de no hacer nada, después de luchas, conquistas y crecimiento intelectual. Para quien cree en vida única él está cierto. Sin embargo se consideremos la importancia de la reencarnación él está perdiendo más una oportunidad.

Hasta las aves, como enseñó Jesucristo, cuentan con las ofrendas de Dios. Pero no están exentas del esfuerzo para sacar el alimento de la fuente de la naturaleza. Está ahí toda la diferencia entre no hacer nada, porque es perezoso, ¡y conquistar el derecho de no hacer nada! Por lo menos para sobrevivir. Porque aunque no necesite del trabajo para sostenerse el hombre debe trabajar para servir, o del contrario atrofia el físico y herrumbra la inteligencia.

Todas esas orientaciones nos llegaron con clareza por el Espiritismo, doctrina codificada por Allan Kardec, que conmemora 160 años en éste 18 de abril. Oremos por él y agradezcamos a los espíritus que le dictaron la Codificación.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – abril 2017

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