Octavio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Debemos tener dos tipos de amigos: los que nos enseñan algo o nos ayudan y los que aprenden con nosotros o aceptan nuestra ayuda.

La vida es corta para perder tiempo. No somos domadores para exigir del otro, a la fuerza, qué él no anhela hacer, aceptar o aprender. De la misma forma que somos como deseamos, respetemos el libre albedrío de las personas, dejándolas que sean como prefieren. Nadie puede obligar el otro a ser su amigo, amarlo o a concordar con sus puntos de vista, a menos que se conciencie que el cambio le será benéfico. Si aún no comprendió, vamos  entregarlo al tiempo que es un maestro convincente. La naturaleza, el dolor y el porvenir muestran lo que ni siempre uno consigue.

Para mejor entendimiento, consultemos El Libro de los Espíritus en las cuestiones relativas a los ángeles guardianes, preguntas 489 a 521, con destaque para la amplia cuestión 495, de autoría de los lúcidos San Luiz y San Agustín, ambos de activa participación en los trabajos de la Codificación del Espiritismo. Tenemos ahí una orientación segura de cual deba ser nuestro comportamiento delante de alguien rebelde que se recusa a ser ayudado.

Eso vale para un desconocido, un pariente y incluso un hijo, después de alcanzar la edad adulta. Mientras es pequeño y no tiene capacidad para decidir sobre su futuro cabe a nosotros encaminarlo, orientarlo e incentivarlo. Sin embargo, una vez mayor debemos darle el derecho al libre albedrío para que haga como mejor le parezca. Así como el ángel de guarda, nunca dejemos de ser un hombro a su disposición y tengamos siempre el tiempo que él necesita para desahogar o pedir ayuda; sin embargo, ahora la situación se invierte. El viene a buscar orientación y socorro cuando le parezca necesario y no cuando nosotros imaginamos que él necesita. Mientras el sufrimiento no hace su parte, nuestro argumento será inconsistente. Es preciso que él se conciencie de sus limitaciones y de la importancia de la ayuda que podemos le dar. Caso se considere autosuficiente, dejemos que decida por sí propio. Y si es efectivamente independiente como piensa, debemos conmemorar. Antes de ser nuestro hijo, es un hijo de Dios; un hermano que camina con nosotros en los meandros del mundo material. Un espíritu individual con derechos y deberes; plantando y cosechando como todos nosotros. Si él tiene éxito nos pondremos felices. Si fracasa, tendrá de recomenzar sus experiencias nuevamente. ¡Es de la Ley!

Ni siempre tenemos el respeto de nuestros hijos y somos para ellos orientadores competentes. Es común que quieran para sí una vida que nada tiene de parecida con la nuestra o con la que les propusimos seguir en su senda. No es anormal que nos consideren retrógrados y sin ninguna inspiración u originalidad para añadirles algún progreso. No somos un buen ejemplo, según su análisis. Paramos en el tiempo o estamos en la edad de la piedra. No adelanta dar puñetazo en punta de cuchillo. Vamos nos herir sin ninguna utilidad. Como Jesucristo ya prometió que ninguna oveja del rebaño se perderá, andando más despacio o más deprisa, ellos también llegarán al punto más alto de la perfección posible a los humanos. Unos tardarán más otros menos, pero nadie será abandonado. Todos tienen, sin excepción, un ángel protector a inspirarles en el camino hacia el bien. Unos oyen mejor, otros son medio sordos, pero todos llegarán a su apogeo.

Sabemos cómo eso entristece a los padres, principalmente cuando se sienten incapaces para guiar a sus hijos y ayudarlos a encontrar el camino del bien. Sin embargo, si hemos hecho lo mejor que sabíamos o pudimos, dejando muchas veces nuestra propia comodidad para ayudar a los hijos, Dios reconocerá nuestros esfuerzos y nos premiará, aun cuando no tenemos éxito,  pues no dependió de nosotros. No hubo negligencia, sino imposibilidad o inexperiencia para alcanzar los objetivos. No se puede abrir la cabeza del otro y poner adentro qué él necesita. Incluso porque ni siempre tenemos certeza de lo que él realmente quiere. Hacemos conforme nuestro entendimiento y capacidad qué ni siempre es suficiente. El importante, todavía, ¡es hacer lo mejor qué sabemos y podemos, pues tendremos la conciencia en paz!

Es muy difícil participar de la vida de otro espíritu que, muchas veces, ni él sabe bien lo que desea para sí. Tenemos de ser como el sembrador que lanza la semilla y sabe que su germinación dependerá de la tierra, del adobo, del riego, del clima y del tiempo propio de cada planta. Sabe que puede sembrar. Sin embargo nunca tiene la certeza de que lo irá  cosechar. Nosotros, los humanos, necesitamos tener la certeza de que vamos poner la cabeza en la almohada y dormir, porque estamos en paz con la Ley Divina.

En este mes en el que se conmemora en Brasil el Día de las Madres, escribimos este mensaje para que ellas hagan lo mejor que puedan para sus hijos, pero no se desesperen si no tienen éxito. La voluntad de un termina donde comienza la voluntad del otro. ¡Dios bendiga las madres, los padres, los hijos y los amigos de verdad!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – mayo 2017

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