Qué la historia no cuenta o los hombres desconocen.

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

En el desierto de la Judea comenzaron a prepararse los caminos para la gran visita de Jesús de Nazaret. Viviendo en el monasterio del Qum Ran, cerca del Mar Muerto, y en otros esparcidos por toda Palestina, los Esenios vivían con sobriedad y fraternidad. Asistían a todos, independientemente de creencia, color, raza o parentesco. Trataban a cualquiera  como a un hermano. Más tarde, ésa fue la máxima de Jesucristo cuando nos recomendó: “Ama al prójimo como a ti mismo.” Y para aclarar lo que debemos entender por prójimo, explicó a Nicodemo, el doctor de la ley judaica, con la parábola del Buen Samaritano. Dijo que un hombre seguía de Jerusalén hacia Jericó, descendiendo por una pequeña sierra, llena de salteadores, sin hacer mención en cuanto al nombre o posición social del viajante. Solamente aclaró que los religiosos (sacerdote y levita) no se preocuparon en prestar socorro al infeliz; fue un discriminado hereje de la Samaria que lo ayudó, dejando claro que no es el rótulo de la creencia que mide nuestro verdadero valor en el campo de la caridad.

Entre los misterios sobre Jesús se incluye el desconocimiento sobre su vida de los 13 a los 30 años. Unos dicen que salió del país y otros que Él tenía vivido entre los Esenios. Como no hay registros históricos oficiales, todo se queda en el campo de la especulación y qué nos queda es analizar, por buen sentido, lo que podría ser verdad.

La semejanza de la vida de los Esenios con lo que predicó Jesús es grande, qué nos lleva a creer que, por lo menos, hubo de la parte de Jesús contacto con ellos. Gratz afirma que Juan Bautista, “la voz que clamaba del desierto aplanando los caminos del Señor”, era esenio. Que esa comunidad era formada por personas diferentes no quedan dudas. El rey de la Prusia, escribiendo a Voltaire, afirma: “Jesucristo fue un Esenio.” Las costumbres también eran semejantes; la reunión de los Esenios en las comidas recuerda la cena final que Jesús tuvo con sus apóstoles.

Escritores acreditados de la época, como Filón de Alexandria, habló de los Esenios: “Son como Santos que habitan en muchas aldeas y villas de Palestina. Se unen por asociaciones voluntarias más de lo que por lazos de familia. Quieren mejor practicar la virtud y el amor entre las criaturas; en sus casas no hay grito o tumulto; cuando un habla los otros oyen respetuosamente; es un silencio que causa grande conmoción al visitante. Moderan la cólera y sostienen la paz. Lo que dicen vale por un juramento porque, afirmaban, solo necesita jurar quien es mentiroso.” Edmund Wilson, periodista del The New York Times, en serie de reportajes sobre los documentos encontrados en 1947, cerca del Mar Muerto, escribe: “El Convento, ese edificio de piedras junto a las aguas amargas del Mar Muerto, con su horno, tinteros, piscinas sacras y túmulos, es, quizá más de lo que Belém y Nazaret la cuna del cristianismo.”

Los principios de vida de los Esenios eran los mismos predicados por Jesús: amor al prójimo, vida simple y desapego a los bártulos materiales. En los fines de semana estudiaban las escrituras y el que más sabia explicaba para los demás todo qué no fuera entendido debido a la simbología de las lecciones. Como hacía Jesús cuando se reunía con sus discípulos en Cafarnaúm, en la casa de la suegra de Pedro, para explicar las bellezas del reino de los Cielos. Sin embargo, los Esenios exigían que los instructores fuesen igualmente superiores en las costumbres y en los ejemplos. El poder del instructor independe de preparación cultural. Así, si no es capaz de enseñar ejemplificando, cualquier lego puede desempeñar sus funciones. (¡grifo nuestro!)

Por eso, Hempel en 1951 escribió: “Aclarada el origen de los cristianos. El cristianismo es apenas Esenio. Esenio o cristiano es lo mismo.” Aún ahora, cuando el Espiritismo está entre nosotros, vemos las orientaciones de la espiritualidad superior confirmando los principios esenios de hacer el bien sin mirar a quien. Mostrando que todo es viejo y todo se renueva con la evolución del entendimiento.

Sin pretender inventar novedades, recomendamos que las personas lean sobre la vida de esa comunidad que vivió alejada de la opulencia y de los conflictos políticos y religiosos de Jerusalén, recogiéndose en la región inhospitalaria del desierto de la Judea cerca a la legendaria ciudad de Jericó, la más antigua del planeta entre las que tienen más de diez mil años. Tierra del publicano regenerado, nuestro estimado Zaqueo, que así como Magdalena, a cierta altura de la vida, estaba inconformado con la manera como vivía; sintiendo un vacío existencial, asciende en un sicómoro (árbol de la región) para ver a Jesús que visitaba su ciudad y orientarse con Él sobre lo que hacer para redimirse de los errores que creía haber cometido. Es un momento raro que acontece en la vida de todos nosotros y es necesario estar atento en la hora de ese llamado. Y caso tengamos la sinceridad de Zaqueo no necesitamos buscar el Cristo en los templos, porque Él nos visitará en nuestra propia casa como hizo con aquel hombre, proporcionándole extrema dicha. Para que Jesús entre en nuestra vida basta abrirle la puerta de nuestro corazón. Una puerta que solo se abre de adentro para afuera.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – agosto 2017

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