Octávio Caumo Serrano – caumo@caumo.com

Es primavera. Cuidemos a nuestros hijos; semillas, flores y frutos de nuestro árbol.

Educar hijos es una de las misiones más difíciles. ¿Ninguna novedad, cierto?

Mi padre era un hombre de un metro y sesenta que pasó a ser un albañil después de haber sido dispensado de una industria de telas en São Carlos (SP), donde fue promovido a supervisor, pero no pudo asumir el cargo por ser analfabeto.

Vivió poco. Solamente cincuenta y cuatro años. Partió en 1957 después de muchos y largos períodos de enfermedades, especialmente con ulceraciones de estómago. Sin embargo, a pesar de esas limitaciones, al desencarnar dejó su esposa en casa propia, construida a las tardes, después del trabajo, por más de diez años de lucha. Fue en un terreno de ocho por veintitrés metros, comprado en cien prestaciones, en Jabaquara, un barrio de periferia en São Paulo. Ha dejado un hijo de veintitrés años (yo), diplomado en contabilidad, y mi hermano de dieciséis, ya trabajando y estudiando. Más tarde sería un abogado. Ambos trabajamos desde los diez años sin nunca sentirnos víctimas de la explotación infantil. Ayudamos con placer el mantenimiento de la familia y nos transformamos en personas de bien, que siempre se agradaron por el trabajo. Y el padre nunca se subvirtió por ser un sin-tierra.

Aparentemente, eso nada tiene de anormal. Sin embargo, lo que deseo destacar son las lecciones que él, asesorado por la madre, nos ha dado. En los días actuales hay didácticas para orientar en la enseñanza de los niños, con fórmulas para no traumatizarlas. Sin embargo, están cada dia más sin educación. ¿Por qué? No es pregunta de fácil contestación. Sin embargo, la primera que nos viene a la mente es porque decimos y no mostramos. Falsificamos, peleamos en el hogar, fumamos y tomamos alcohólicos, pero no queremos que nuestros hijos sean viciados, falsos o violentos.

Me gusta hacer poemas y muchos de los que tengo son descripciones de fragmentos de la vida de mi padre, porque él me dio grandes ejemplos cuando pudo testimoniar sus actitudes delante las dificultades. No hablaba; mostraba por decisiones. Nunca me dio una tapa. No porque yo fuese un ángel, sino porque el método que él usaba era el del ejemplo y no de la conversación vacía o de la represión por el temor.

Observen esta incoherencia.

Cierta fecha, yo venía de Peruíbe, playa del litoral de São Paulo, hacia la Capital y enfrenté el gran tráfico de la vieja autopista Pedro Taques. Me recordé de un amigo que hacía predicaciones en su iglesia y que decidió no respetar la cola de autos transitando por el acoso de la carretera. Como de hábito, el policía lo paró y la actitud natural era mandar el apresurado regresar por la otra pista hasta llegar nuevamente al fin de la cola. Aquel día, fue diferente, me contó él. Habló con la autoridad y resolvió el problema. Prosiguió viaje con la ayuda de la autoridad que lo encajó en la cola principal.

Su hijo de doce años, que estaba en el banco trasero, al presenciar la escena, le preguntó: “Padre. ¿Usted no dio dinero al policía, dio?”. Antes que él contestase, el hijo continuó: “Usted, no, padre. Usted que enseña a los otros lo que es cierto y errado no podía haber dado dinero a él.” Mi amigo me confesó que nunca una actitud suya le causó tanto arrepentimiento. Jamás volvió a tener la admiración del niño en sus trabajos de orientador. ¡Se cayó del pedestal dónde el hijo lo colocara!

Las actitudes de mi padre fueron siempre al revés. Cierta vez faltó comida en la casa porque el patrón no pagó en el día cierto, pero él tenía un dinero reservado para la prestación de una bomba de pozo. Cuando yo le sugerí que en aquel fin de semana usase ese dinero, él se quedó bravo. En mi poema digo así:

– En mis diez años de edad, con mucha serenidad, le hablé usando criterio. – Se calme, padre, ante el hecho; usted es un hombre derecho y Dios protege quien es serio. – Al final, en el cajón, de la cómoda marrón, usted tiene reservado el valor de la prestación, de la bomba de don Juan; pague unos días retrasados…

– Ese ya no tengo yo, enojado contestó, Aunque yo coma en el pasto; y no quiero discusión, después que está en el cajón, Ya no  pertenece a mí!

¡Me quedé todo embobado, vendo el gigante tumbado! Mi ojo todavía marea… Qué lección tuvo aquel día, Ah Dios mío, ¡Virgen Maria!… ¡Su bendición, dónde esté!

Ya a los siete años, cuando le presenté el primer boletín para hablarle de mi anotaciones de la escuela (todas muy buenas), miró y me devolvió. “Muy bien, siempre que quiera me hable de su boletín, pero no es obligado a hacerlo. Tu estudias para ti, no estudias para mí. ¡Luego corresponde a ti cuidar de tu boletín!” ¡Digan si no es sabiduría! Tuvo la confianza de poner en los hombros de un niño la noción de responsabilidad. Nunca traicione a mi padre, avergonzándolo de alguna manera. Fue mi amigo y mi mayor fan.

Qué falta estos días son ejemplos de conducta. Menos vicios, menos peleas, menos mentiras, menos egoísmo y vanidad. Predicando una cosa y viviendo el inverso. ¿Se recuerdan dela conocida historia del teléfono?

El padre explicaba a su hijo que era feo mentir. El teléfono llama y el niño atiende. – Padre, es para usted; el tío Juan. – ¡Dile qué yo no estoy!…

Allá se fue su hermoso tratado sobre la mentira llevado por la avalancha. No tenemos que decir al hijo lo que queremos que él haga. Es necesario mostrar en nosotros lo que anhelamos que él sea. Pocos hacemos eso, lamentablemente… Pienso que está ahí nuestro mayor fracaso como educadores. La tarea es difícil. Sin embargo nuestra culpa también es grande.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Septiembre 2017

 

 

 

 

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