Como hijos de Dios, tenemos Su ADN.

Octavio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

A pesar de nuestras limitaciones como espíritus imperfectos, que aún necesitan vivir en mundos de pruebas y expiaciones para acelerar su mejora, en la esencia tenemos todos los ingredientes necesarios para ser semejantes al nuestro Creador. “Sois dioses” (Juan 10:34) es una afirmativa de Jesucristo muy utilizada en el medio espiritista para generar motivación y esperanza. Es acompañada, en general, del complemento: “pueden hacer lo que yo hago y mucho más…” (Juan 14:12).

Aprendemos que fuimos criados por Dios a Su imagen y semejanza y, por lo tanto, tenemos en nosotros los atributos necesarios para ser tratados como tal. ¿Entonces por qué somos aún tan imperfectos? No es una respuesta fácil, pero en rápidas palabras podemos contestar: somos educados para todo, menos para ser hijos espirituales del Creador. Nos enseñan las ciencias de los hombres, sin enseñarnos la ciencia de Dios. Nos educan para ser, doctores, buenos comerciantes, tribunos, pero no nos educan para ser correctos, honestos, respetuosos. No hacemos cursos para aprender a disculpar – más que esto, a perdonar –, a tener paciencia – que es una de las vertientes de la fe –, a no ser envidiosos y celosos. Aprendemos a hacer caridad, sin embargo no somos caritativos con nosotros; no nos consideramos como hijos de Dios.

Nos enseñan a ser intrépidos y valientes en cuanto al vigor físico. Tenemos de ejercitarnos, seleccionar alimentos, hacer regímenes, pero poco nos enseñan en cuanto al coraje que necesitamos para vencer nuestros defectos morales. Nos recomiendan el amor-propio y pocos nos hablan sobre amor al prójimo; enfatizan que no debemos llevar ofensas para casa, pero no nos informan que perdonar es la manera más fácil de ser feliz. Cuidamos con celo y requinte de la casa donde moramos y no damos el mismo trato a la casa mental, al corazón y a la conciencia que viven en nosotros y de los cuales no podemos apartarnos, pues nos acompañan donde quiera que estemos.

Nos recomiendan que necesitáramos ser selectivos en el trato con las amistades a fin de no comprometernos con personas de dudosa aptitud. No nos enseñan, sin embargo, que nuestros pensamientos abren totalmente las puertas de nuestra alma para que espíritus inoportunos e inconvenientes penetren a la voluntad. Según sentimos y pensamos, elegimos el tipo de visitas que recibimos en nuestra casa mental. Lo que determina esa ligazón es la sintonía; automáticamente.

Parte de la culpa cabe a los que abolieron la reencarnación de las orientaciones de Jesucristo. Nosotros, los cristianos, volvimos a tener contacto con esa verdad solamente con la codificación del Espiritismo, en 1857. Hubiésemos sido enterados antes, con la conciencia de ya haber vivido otras veces en la Tierra, ciertamente nuestro comportamiento sería otro. Cuando la reencarnación sea aceptada y utilizada por los hombres del mundo, convictos de que todo lo que hacen revierte sobre ellos mismos, tendremos más cuidado con nuestras deshonestidades, mentiras, agresividades y nos empeñaremos en hacer el bien para alcanzar más deprisa planos más felices.

“Nadie saldrá de aquí mientras no pagar hasta el último centavo”, advirtió Jesucristo. De nada vale morir y volver a aquí sin desvencijarse de este mundo que nos aprisiona, porque la vida futura nada tendrá de diferente de esta contra la cual tanto exigimos. Reencarnamos como oportunidad de mejoría. Si dejamos el tiempo pasar, como se dice popularmente, la cola anda y nosotros quedamos parados.

Jamás alguien nos dijo que el mundo material no deba ser aprovechado, incluso en los placeres que ofrece. La vida es agradable y bella. Vean que hasta la relación sexual es placentera. Fuese dolorida, traumática y el mundo estaría despoblado. La comida encuentra en las varias partes de la lengua la respuesta de cada paladar: dulce, salado, picante, etc. Los ojos, además de permitir que nos orientemos en la caminata, nos permiten ver las bellezas de la naturaleza. El olfato nos da oportunidad de sentir el aroma de las flores y de los perfumes. Tenemos todos nosotros derecho a estos placeres. Son creaciones del Padre, para nuestro deleite.

Pero el mundo material nos ofrece también ciertas infelicidades resultantes de pasados engaños y es en esa hora que debemos estar atentos a la solidaridad. No podemos nos sentir confortables delante del sufrimiento ajeno. Tenemos de minorar los dolores del prójimo, porque nuestra insensibilidad ante el flagelo de un hermano deja registrada en nuestra alma esa indiferencia que un día se volverá contra nosotros. Ésta es la razón porque el número de sufridores en la Tierra es muy grande. Casi de forma unánime, porque incluso los abastados tienen desajustes morales y espirituales. Nunca hubo tanto estrés, depresión, esquizofrenia y personas desajustados por el acoso de entidades obsesivas. El pánico es uno de los síndromes más comunes de la actualidad.

Nos asemejamos a las serpientes que cuando necesitan crecer abandonan la piel vieja y después que aumentan de tamaño se revisten de una nueva casca. Matemos el hombre viejo y permitamos que nazca en nosotros el hombre nuevo, como recomendó Jesús al apóstol Paulo de Tarso, mientras aún era Saulo, seguidor de Moisés y acosador de los cristianos, equivocadamente. Hace mucho tiempo que estamos preguntando en el silencio, como Saulo en la carretera de Damasco: “¿Qué quieres de mí, Señor?” Y si pudiésemos oír, ciertamente escucharíamos Cristo a decirnos: “¡Quiero qué dejes de sufrir por la ignorancia y falta de coraje para libertarte del atraso! Sufres por tu voluntad, porque no es para esto que Dios te creó.”

Si todo es apenas por un poco, si quién nace va a morir y quién muere vuelve a nacer, ¿por qué no dejar nuestro ser divino nacer inmediatamente aún en esta encarnación? ¿Por qué morir y enseguida tener de renacer si ya estamos en el mundo rodeado de todos los recursos necesarios para que saboreemos esta dicha?

 RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Octubre 2017

Anúncios