“Cuando alimentaste uno de mis pequeños, era a mí que lo hacías.” (Jesús)

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Cierta vez oí del preclaro amigo Eder Favaro, actuante y laborioso cofrade espiritista, algo así: “Ya no basta distribuir mensajes espiritistas; es la hora de ser nosotros el mensaje.”

Ciertamente él no invalidaba el fecundo y pionero trabajo del Grupo Espiritista “Los Mensajeros”, creado por José Gonçalves Pereira, en la Federación Espiritista del Estado de São Paulo (FEESP), el 18 de abril de 1953, exclusivamente para la edición de mensajes – esos “papelitos” distribuidos en los centros espiritistas que transmiten sabiduría y socorro y que ya salvaron la vida de muchos, evitando suicidios, asesinatos y regenerando personas de mala conducta. Uno de los supervisores de los asuntos a divulgar era el propio Chico Xavier, el primero a recibir los lotes de cada mes. Brazo derecho de Gonçalves, el también amigo Miguel Pereira nos contaba muchas historias sobre el asunto.

Qué Eder quiso decir, y lo dijo, es que la única manera de convencer alguien es con el ejemplo. Muestre en usted lo que anhela aconsejar al otro. Sin eso, sus palabras no serán oídas y sus escritos no dejarán raíces en los lectores. Hace mucho tiempo circula una frase que ya fue atribuida a diferentes autores; entre ellos, André Luiz, Francisco de Asís y Madre Teresa. Pero, independientemente del autor y del enunciado, vamos a transcribir su esencia: “Ve como vives; quizás seas el único Evangelio que tu hermano pueda leer.” Ya se dice popularmente que un gramo de ejemplo vale más que una tonelada de consejos.

La llegada del Espiritismo al planeta atiende a la promesa hecha por Jesucristo de que rogaría al Padre que nos enviase el consolador a fin de que él restableciese las verdades que los hombres adulteraron a lo largo de veinte siglos, teniendo la humanidad se apartado de las orientaciones primeras dejadas por Jesús con su forma sencilla de vivir y enseñar. La doctrina que es de los Espíritus no vino a construir templos de piedra ni monumentos que honren sus seguidores, sino vino a popularizar el cristianismo, sacándolo de las clausuras y llevándola a la calle, haciéndolo accesible al entendimiento de sabios y legos, de doctores y analfabetos. Vino a auxiliar los desheredados de la suerte, incluso sabiendo que también éstos cumplen expiación para corregir fallos pasados. Vino también para aclarar los privilegiados de la economía que han cerrados los ojos espirituales y solo ven en vuelta del propio ombligo, ignorando las miserias del mundo. El templo ahora es el propio hombre.

El mensaje de los Espíritus vino a mostrar que la fe se percibe por la conducta del hombre en sus momentos más penosos, cuando, sin lamentar, comprende que finiquita deudas dolorosas que él mismo contrajo. Y se alegra, porque cuando paga un poco la deuda se reduce. Además, es en uno de eses papelitos, llamados mensajes, que Meimei, Espíritu, divulga por Chico Xavier la extraordinaria página “Confía siempre”. Dice ella que los mayores desheredados son los que pierden la confianza en Dios y en sí mismos, porque “no hay mayor infortunio que sufrir la privación de la fe y proseguir viviendo”.

El Espiritismo clasifica su divulgación como expresivo gesto de caridad para que un número más grande de personas pueda beneficiarse de sus enseñanzas. Pero se entienda como divulgación no solamente los escritos, las conferencias o encuentros, pero el comportamiento que cada miembro de su comunidad presente a la sociedad, especialmente en los momentos de dificultad o convulsión social, manteniéndose equilibrado y fugando al lugar común de la agresividad, de la sedición insensata y del negativismo, destructor hasta de las propias aspiraciones humanas. El hombre que profesa esa creencia tiene el deber de ser el fiel de la balanza para restablecer el equilibrio en los momentos de desorden.

Aunque sin recordar la fuente, leí u oí una asertiva que dice que el Espiritismo se esparcirá por toda la humanidad, con los espiritistas, sin los espiritistas, a pesar de los espiritistas. Aparenta ser una afirmación grosera contra los seguidores de Kardec, pero si la frase existe de verdad, no es de todo infundada. Nosotros, los espiritistas, dejamos a desear cuando se trata de prestar testimonio de la doctrina con acciones, desde nuestro propio hogar. Somos los que más alejan a los familiares de nuestra religión por no mostrar en la práctica lo que el Espiritismo nos enseña, a fin de convencer a los demás a seguir por el mismo camino. También le gusta demostrar conocimiento citando bibliografía con capítulos y versículos, pero solo en la teoría. Este comentario sirve a mí también como caparazón. Soy todavía como Paulo de Tarso que el bien que anhelaba no hacía, pero el mal que no quería, ése es lo que hacía. Pero, me espejando en él, también busco levantar después de cada caída y empeñarme para que sean cada vez más espaciadas. Mi gratitud al Espiritismo es tal que me asusta solo de pensar en macularlo.

Al fin de más un año, otra Navidad llega para rememorar la visita de Jesús a nuestro hogar y más un año que comienza para que hagamos promesas de modificación de carácter, a fin de crecer para servir, sabiendo que al hacer por el prójimo somos los primeros beneficiados. Es el mayor regalo que esperamos de Papá Noel: esta concienciación.

Felices fiestas a todos los que hacen esta elocuente Casa Editora, a los lectores y un especial agradecimiento a los que nos acompañan en la Revista Internacional de Espiritismo, todos los meses, en ésta nuestra caminata que ya llega a veintiocho años en la columna que se nos es reservada y que buscamos honrar.

Revista Internacional de Espiritismo – Deciembre 2017