Por la diversidad de pensamientos es normal haber distintas religiones.

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Vivimos una fase de gran desarrollo científico y tecnológico. Los hallazgos y actualizaciones de procesos y conocimientos evolucionan en una velocidad que la mayoría no puede acompañar. De allí el gran desajuste entre las personas y la facilidad como somos convencidos y engañados por aquéllos que mejor manejan palabras y conceptos.

Aunque haya muchas personas desencantadas con los métodos de divulgación religiosa – y este número crece día a día –, es nuestra opinión que tener fe es importante para consuelo en los momentos de dificil prueba. Si no creemos que hay un poder más arriba de los hombres, que todo organiza y todo gobierna, el desánimo tomará cuenta de nosotros porque nos sentiremos impotentes para combatir, por uno mismo, todo el mal que hay en la Tierra.

Ocurre que hay doctrinas que nos prohíben de pensar, exigiendo la aceptación de dogmas, y otras que condicionan nuestra dicha al valor de las contribuciones pecuniarias que ofertemos a nuestro Dios. De otro lado, hay también las que anhelan que nuestra fe sea producto de la razón y nada se nos cobran para que de ellas participemos.

En todas hay diferentes tipos de adeptos. El pasivo: va al culto de su institución una vez por semana, convicto de que atendió a todos sus deberes religiosos; no se envuelve en la organización. El sin compromiso: aparece una vez u otra y, casi siempre, cuando tiene un problema. Por fin, el actuante: participa de las actividades de la entidad, donándose según su capacidad y según las oportunidades que la propia institución ofrece. Son los celadores del templo, los auxiliares en las ceremonias, los buenos propagandistas de su fe y están siempre dispuestos para lo que de ellos se necesite.

Qué se ve actualmente, sin embargo, es un compromiso mercantilista que supera en mucho el espiritual. Las diferentes doctrinas buscan reclutar fieles, sacándolos de una “rival”, como si fuese una competencia que trajese pérdidas, lo que transforma las corrientes religiosas en enemigas. Y para eso no establecen pudor ni criterio. Mienten y adulteran, porque los objetivos deben ser atendidos por cualquier medio.

Ya pasé por situaciones extrañas al declinar mi corriente de fe, porque las personas tienen grande prejuicio contra el Espiritismo, sin tener siquiera vago conocimiento de los postulados doctrinarios. Cierta fecha, un profesional que ha ido hacer trabajos de mantenimiento en nuestro centro se sorprendió cuando vio sillas en el salón. Él imaginaba, según sus líderes le enseñaron, que allí sería un “terrero”. Él no sabe que el Espiritismo no usa danzas, bebidas, ofrendas, uniformes, velas, inciensos, gallina negra, buzios o bola de cristal. Quien usa esos aparatos en sus rituales son las doctrinas afrobrasileñas, que ya existían antes del Espiritismo. Esta palabra fue usada por primera vez por Allan Kardec, el Codificador de la doctrina, en el prefacio de El Libro de los Espíritus, escrito en 1857. Antes existía espiritualismo y sus adeptos eran los espiritualistas. No eran espiritistas porque esta palabra también no existía. Es otro neologismo creado por Kardec. Hasta mismo entre los espiritistas vemos algunos decir que la Biblia no prohibía el Espiritismo. No podía prohibir ni aprobar porque el Espiritismo no existía cuando ella fue escrita. Quieren hablar de “mediumnidad” (primigenia) y dicen Espiritismo.

Los espiritistas debemos dar a los otros el derecho de profesar la fe que más atienda a sus aspiraciones y que sirvan para mejorarlos como personas. Igualmente nos cabe exigir que nos permitan tener nuestras propias convicciones. Si profesionalmente cada un presenta su vocación, espiritualmente se da lo mismo. No cometamos los errores de los ya sobrepasados currículos escolares que dan clases sobre el cuerpo humano para quien anhele ser contador y explicaciones de geografía para quien vaya a estudiar medicina. El mundo actual exige que seamos prácticos, objetivos y racionales. Quien quiera rellenarse de cultura inútil, busque el internet que irá a encontrar de todo. Todavía, para una preparación seria de lo que usaremos en la profesión que escogemos, hay que tener más rigor.

No tuve la suerte de nacer espiritista. Solo descubrí el Espiritismo hay cuarenta y cinco años, con treinta y ocho de edad, por curiosidad, para ver se encontraba respuestas que mi doctrina, donde fui matriculado por mero tradicionalismo, no me daba. Y entonces encontré el verdadero sentido de la vida, la razón de las desigualdades humanas y la diversidad de carácter de las personas, todo explicado con lógica incontestable que cultivo, divulgo y estudio cada vez más, sin cualquier fanatismo. No trompeteo sobre mi creencia sin que sea pedido. Sin embargo, también no me hurto de dar todas las explicaciones y testimonios siempre que mi fe es posta a la prueba o es indagada.

¡Dejen me ser espiritista! Agradezco a los que intentan salvarme, aconsejando mi transferencia hacia su iglesia, pero por ahora me quedo por aquí, aunque sepa que el propio Espiritismo, y ya nos advirtió Allan Kardec, es una doctrina evolucionista y, por lo tanto, no está listo y acabado. Así como Jesús habló poco para los de su tiempo, usando incluso las parábolas, porque ellos no pudieron entender más sobre las cosas del cielo, también la doctrina de los Espíritus nos trajo solamente las informaciones que podemos comprender con nuestra actual inteligencia y conocimientos básicos. Hasta que vivamos todo qué ella nos enseña, aún siglos pasarán. Pero día llegará que todo necesitará de nueva actualización y el Padre, así como envió el Consolador Prometido, en la figura del Espiritismo, mandará un “upgrade” con detalles más avanzados sobre la doctrina de Jesucristo.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Enero 2018