El capítulo XXI del Evangelio Según el Espiritismo trata de este asunto.

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

La forma de Jesús enseñar mostraba una didáctica que podría ser aplicada en todos los tiempos. Cuando Él hablaba, doctores y pescadores lo entendían igualmente. Por eso, casi siempre, se servía de asuntos conocidos por todos, como la naturaleza, la familia y las costumbres de su época.

Al enseñar que cuando vemos un fruto saludable podemos deducir que él vino de una buena planta, quiso compararnos a la naturaleza, mostrando que una persona con hábitos cordiales, atentos y generosos solo puede ser una persona buena. El inverso también es verdad. De una persona bruta es más justo que esperemos maneras groseras, mal educadas, agresivas. Cada uno actúa según su índole, que es resultado del progreso que ya tenga alcanzado y de los valores que realmente le importan.

El capítulo XXI del Evangelio Según el Espiritismo aborda la cuestión de los falsos profetas y advierte para que nos cuidemos contra sus actos. Informa que ellos son astuciosos y consiguen engañar hasta los escogidos, o sea, hasta los más prudentes y esclarecidos.

Vivimos rodeados de ellos, cuando no, también, aunque sin percibir, somos uno de ellos. ¿Cuándo actuamos cómo un falso profeta, indagarán? Cuando nos apresuramos en dar consejos sobre asuntos que desconocemos, o sabemos solo superficialmente, o cuando inducimos una persona a errores o la elogiamos con falsedad. También cuando matamos la esperanza y la ilusión de alguien, desalentándolo de intentar algo que represente progreso o esperanza en su vida, porque también ya hemos sido mal sucedidos. Si nos dimos mal, decidimos que todos los otros también no tendrán éxito en casos similares, lo que no es verdad.

Sin darnos cuenta, somos más previsibles y vulnerables de lo que imaginamos. Alguien que conoce la índole humana es capaz de hacer revelaciones sobre nosotros que nosotros mismos desconocemos. Ya dijo un pensador: “Qué él es grita tan alto que ni escucho lo que él dice.” Un ejemplo:

Vamos a consultar una señora que lee la suerte por las manos, por las cartas, por los “búzios” o por la bola de cristal, y ella luego de inicio ya revela que estamos viviendo un tiempo de aflicción, inseguridad y desarmonía en el hogar – si llevamos una alianza que le facilite la observación. Ante la afirmativa, decimos a todos que aquella señora es un prodigio y que adivina la vida de las personas. ¡Sin embargo, ella solo dijo que vivimos afligidos! ¿Quién no vive? Que tenemos desentendimientos en el hogar. Pero ¿dónde encontramos un matrimonio de total armonía? ¿Inseguros? ¿Quién vive con seguridad en estos tiempos de corrupción, deshonestidad, desempleo y criminalidad sin frenos? Y el simple hecho de buscarla para tener consejos ya nos identifica como una persona que está con problemas o necesita de orientación.

Cuidemos para no ser ese falso profeta. Tenemos un día de Espiritismo y hacemos discursos doctrinarios, queriendo convertir la humanidad, cuando aún no convertimos ni a nosotros mismos. Queremos adoctrinar el mundo, para salvarlo, pero siquiera conseguimos salvar a nosotros mismos. ¿Si ni Jesucristo fue unanimidad, por qué pretender ser más competente qué Él? Contestamos precipitadamente a cualquiera pregunta porque tenemos dificultad para decir “no sé”, cual si fuésemos obligados a entender de todo.

Me recuerdo de un hecho con el médium Divaldo Pereira Franco, en São Paulo, alrededor de los años 1970. Era el orador oficial del evento que conmemoraba el cumpleaños de la práctica del Evangelio en el Hogar.

Alojado en el centro de la capital, ya que iba a hacer la conferencia en el Palacio Mauá (Viaducto Doña Paulina, 80), cerca de la Plaza João Mendes, decidió pasear el sábado por la tarde en la calle hermosa del Centro: la Barón de Itapetininga. Aún no existían shoppings centers. Caminando (en aquel tiempo si podía hacer eso), miraba las tiendas, cuando vio una señora muy elegante y se encantó con la figura. La miró, admirado, cuando ella se viró y le dijo:

– ¿Qué está mirando?

– Nada, señora.

– Si me mira, le golpeo con este paraguas.

Inmediatamente él le pregunta:

– ¿Por qué Usted pelea con su marido y quiere descontar en mí?

Sorpresa, la señora indaga como Divaldo podría saber que ella si desentendiera con el esposo. Él le dice que es por ser espiritista, baiano, y estaba en São Paulo para una conferencia sobre religión y espiritualidad; que ella fuese a asistir, porque estaba muy nerviosa y le haría bien. Enseguida, cada un siguió su rumbo.

Contando el episodio a sus amigos, preguntaron si fue la mentora Joanna de Ángelis que le informó sobre el problema de la señora.

– No – dijo el médium –, no ha sido necesario. Fue simple cuestión de observación. Solamente tres cosas definen todos los traumas del ser humano: problemas de salud, de dinero y de amor. La humanidad entera tiene sus dificultades ligadas a esos tres flagelos. Observé la señora, con buen color, saludable, y no me pareció que su problema fuese con la salud. Elegante, con abrigo de piel, joyas; el problema seguramente no era dinero. Solo podía ser el amor. Miré en la mano izquierda y vi su alianza. Deduje: es el marido. Chuté y acerté.

Este ejemplo de Divaldo nos sirve de alerta para que sepamos que, mientras conversamos, un buen observador lee nuestros ojos, nuestra faz, nuestros gestos, nuestro cuerpo y hace nuestro retrato con mucha fidelidad, sin necesitar de las informaciones que le damos.

Cuidado con los falsos profetas. Sin embargo, principalmente, ¡cuidado para no ser uno de ellos!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – febrero 2018

Anúncios