“Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador.” – João 14:16.

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

Habiendo llegado día dieses, precisamente el 18 de abril de 1857 – porque 160 años es nada cuando se analiza el contexto de la historia –, el Espiritismo, doctrina organizada por el pedagogo Denizard Rivail, nuestro Kardec, no fue aún asimilado por el hombre de nuestro tiempo.

Equivocado, imagina que él está en la Tierra para resolver problemas financieros y materiales de diferentes órdenes, incluyendo los de salud. Busca el Espiritismo para beneficiarse de las curas mediúmnicas, porque aún no comprendió que la enfermedad es reflejo de un desajuste del Espíritu que anima su cuerpo. Si supiese, comprendería que cada uno puede ser su propio médico y que los grandes males de la humanidad no están en el clima, en los alimentos impropios, en la polución de aguas y aire o en las plagas, pero en la propia mente, porque es el pensamiento que nos hace saludables o enfermos, felices o infelices.

Cuando Jesucristo digo que rogaría al Padre que nos enviase el Consolador, lo que ha ocurrido casi veinte siglos después, sabía que todo necesita venir a su tiempo. Largos períodos se pasaron entre Moisés y Jesús, sin que llevemos en cuenta las primeras revelaciones a Abraham y demás patriarcas, pues Moisés ya encontró el Dios Creador asimilado por su pueblo. El materialismo dogmático de los dioses mitológicos de Grecia y de las idolatrías de Egipto ya estaban superados. El Dios Espíritu ya había sido comprendido, a pesar de ser considerado un protector particular del pueblo judío. Siquiera el nativo de la Samaria tenía derecho a la protección que tenían el judío y el galileo. Dios no era de los gentiles. Postura pretenciosa, pero comprensible. Si hasta hoy hay quien afirme que solo en su iglesia es posible encontrar la salvación, fácil imaginar cómo sería veinte siglos pasados.

El Espiritismo vino a traer lucidez para la comprensión de la Ley de Dios, que nos ha sido claramente recordada por Jesús, ya que ella está desde siempre grabada en nuestro inconsciente, como afirma la cuestión 621 de El Libro de los Espíritus. No entendemos correctamente como se procesa en nosotros mismos la ley de causa y efecto, porque si hubiésemos entendido no nos causaríamos tanto sufrimiento con el desajuste de nuestros pensamientos.

Sufriendo por los males que los otros nos causan, no percibimos qué nuestra defensa consiste en vivir arriba de ese charco, para que la basura no respingue en nosotros. El mal del agravio no está en la carga de maldad que el otro nos echa, sino en la receptividad que damos a la actitud de él. Si decidimos que no es con nosotros y no asimilemos la agresión, ella no nos hará mal. Sin embargo, se somos equivocados cuanto a nosotros mismos, iremos a valorar y ampliar el mal que ella puede provocar. Vamos a sufrir no por la actitud del agresor, sino por nuestra propia inseguridad.

El Espiritismo no exige de nosotros santificación de noche al día, porque sabe que no tenemos condición de conseguirla. El Plan de Dios respeta el habitante de la Tierra y su inferioridad por ser habitante de un mundo de pruebas y expiaciones, que no es una casa de Santos. Quiere solamente que tengamos buenas intenciones y voluntad de crecer, proponiéndonos recursos para ser a cada día un poco mejores. Sin prisa, porque si intentemos atropellar el tiempo y las condiciones vamos a tropezar y no saldremos del lugar. Día a día, mes a mes, año a año, encarnación a encarnación. Despacio, pero siempre. Hacia la frente y al alto.

En vez de pretender enseñar siempre, ya que sabemos casi nada, vamos a usar el mayor tiempo para aprender. Lo que sabemos, distribuimos naturalmente por ejemplos y actitudes que nos identifiquen como persona diferente delante de las dificultades. No perderemos la calma, a pesar de haber motivos para tanto. Sabremos que todo es sólo por un poco. Si hasta la reencarnación es efímera ante la eternidad, imaginemos los pequeños percances del día a día. Son átimos, milésimos de segundos en la conta del tiempo de Dios.

Nada vale nuestra tristeza, nuestro sufrimiento, nuestra angustia. Nada acaba, nada perece; todo simplemente se transforma. Y nosotros, hombres comunes, estamos caminando hacia la angelitud. Podemos acelerar ese tiempo si solo valoramos lo que tiene valor real y no lo que simplemente sirve de ornamento fútil para la vida en la Tierra. Toda una reencarnación representa algunos minutos espirituales. Los tesoros de la Tierra, ya enseñó Jesús, el ladrón roba, la polilla corroe y la herrumbre consume. Cuando vayamos a la espiritualidad serán valores retenidos como contrabando en la frontera del plano espiritual. Por qué, entonces, ¿nos desgastar tanto en su conquista? Vamos a usarlos en la medida que tengan utilidad. ¡Y solo cuando puedan si transformar de tesoros de la Tierra en tesoros del Cielo!

Concluyendo, el mejor proceso de tratamiento y cura para una persona es el estudio. Fue lo que nos enseñó Jesucristo: “Conoceréis la verdad y la verdad os libertará” (João 8:32). ¿De qué verdad nos hablaba El? Ciertamente la qué nos informa quién somos, de dónde vinimos, ¡por qué, para qué y para dónde iremos cómo seres eternos! Entendido eso, los dolores pierden el poder y pasan a ser recursos de crecimiento. Más importante que curarlas es entenderlas y aprovecharlas. Y, al final, ¡curarán por sí mismas!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – abril 2018

 

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