A cada día nos desencantamos más con los espiritistas

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Pregunta de difícil contestación, porque cada uno tendrá su propio punto de vista. Lo normal es imaginar que el centro espiritista existe para resolver problemas que otras doctrinas no consiguen. Son personas que viven desfilando en los templos cantando y loando y dando una contribución para la prestación del terreno en el cielo, o para que sus negocios prosperen. Cuando perciben, tras años, que perdieron su tiempo y empiezan a tener dificultades de todo tipo, corren hacia el centro espiritista y llevan su paquete de problemas para que los Espíritus resuelvan. Al final, fue Jesús quien enseñó que “pidiendo lograríamos”. Solo que Él dijo también: “hace que el Cielo te ayuda.” Pedimos mucho y hacemos casi nada.

Éste primer grupo es compuesto por personas que llegan al centro espiritista y quieren hacer consulta con médiums incorporados, saber se hay psicógrafos para recibir informaciones de los muertos, no importa quien sean, ya que consideran sabio a todos los Espíritus. Alguien les dijo que sus problemas solo pueden ser producto del acoso de obsesores. Acreditan que con media docena de pases y exposiciones, acompañadas de un cáliz de “agua benta espiritista”, podrán resolver sus dificultades y no perciben qué nunca hicieron la parte que les cabe; frecuentan alguna institución por uno o dos meses y después desaparecen. Por eso el centro es conocido también como casa transitoria adonde muchos van y pocos se quedan. Si no están en el tiempo de despertar, desaparecen. Se resuelven sus problemas, se van. Caso las dificultades persistan, desisten porque el centro no funcionó en su caso, y corren hacia otro centro u otras doctrinas en la búsqueda de milagros.

Otro tipo de participante espiritista es aquél que ya nutre alguna simpatía por la doctrina y ve en ella una lógica que no encontró en su religión. Le gusta el pase semanal y la exposición, los encuentros, seminarios y congresos espiritistas, encantándose con las recetas que los competentes conferencistas ofrecen en esas reuniones extremadamente buscadas. Adquiere muchos libros y vamos a encontrarlo en el centro con el rigor de quien vaya al culto semanal de cualquier iglesia. Entra en el centro y sale, sin saber qué pasa en la casa, como puede aportar o trabajar por su propia mejora. Si llueve, llegar una visita, sea feriado, haya atracción especial en la TV o fiesta en familia, el centro se queda para después. Ésta es una mayoría expresiva.

Hay también aquel tipo de participante que llegó a un despertar más intenso, llevado por problemas o vacíos existenciales, y decide participar en las tareas de la casa. Son conferencistas, pasistas, asistentes, que ya se disponen a hacer algún curso para aprender más sobre el Evangelio e intentar vivirlo. Es la comunidad espiritista que forma la estructura de cada centro. Sin embargo, aún muy templada, pues hacen lo estrictamente necesario. Al salir ni recuerdan de apagar una luz, cerrar una ventana o desenchufar el sonido. Terminado el trabajo salen con la velocidad de un rayo, como si en la casa hubiese algún bicho venenoso. Nunca se ofrecen para nada además de las atribuciones que la casa les ofreció. Por eso el movimiento espiritista aún crece de manera bisoña y toda institución tiene en la espalda de dos o tres toda la carga de trabajo. Analice el centro que usted trabaja y diga si lo que afirmamos es mentira. Si la casa tiene campaña de recaudación de alimentos o cualquiera otra utilidad, nunca se recuerdan de traer un paquete de arroz, un rollo de papel higiénico o vasos desechables que usan toda vez que van a la casa. Perciben que el reloj paró, pero nunca ofrecen una pila. Ni hablamos del mantenimiento con limpieza y reparos físicos. Al final, ya son contribuyentes con su importante trabajo espiritual. Ya dan de sí, no necesitan dar del suyo.

Por fin, existen los participantes que tienen el ideal espiritista ya muy arraigado y se dedican a la causa y a la casa con grande interés. Cuita que muchos de ellos anhelan cargos y puestos de relevancia, porque como presidente o director del centro pueden ostentar una autoridad que nunca tuvieron en la vida social o personal, ya que sus voces no son respetadas, muchas veces, ni en su propio hogar. Son más teoréticos que realizadores. Aún pecan por la ligereza de lo no cumplir con la palabra empeñada, aún discriminan cofrades de la suya o de otras instituciones, forman clanes personales, se apegan a las posiciones que no aguantan dejar. se perpetúan en los puestos y, como en un reinado, solo abdican por desencarne o grave enfermedad. No pasan de personas comunes rotuladas como espiritistas. Y son casi siempre muy respetadas. se transforman en gurús que no consiguen guiar ni a sí propios.

Nos perdonen el rigor del análisis, en la cual intentamos no incluirnos, sin conseguir, pero el movimiento espiritista podría ser mucho más dinámico, actuante, si hiciésemos del Espiritismo nuestra prioridad de vida y no fuésemos espiritistas de fachada apenas – y mucho mal – adentro del centro. Si fuésemos ejemplos de conducta y lisura y nuestros intereses personales fuesen secundarios delante de los intereses de la causa que profesamos, si dispensásemos los inciensos y cuidásemos más de nuestro carácter, a fin de ejemplarizar en las acciones con igual énfasis que empleamos en los discursos, con certeza aportaríamos mucho para el fortalecimiento del movimiento espiritista.

¿En cuál de estos grupos se encuadra usted, caro lector, en el movimiento espiritista de su comunidad?

RIE Revista Internacional de Espiritismo – mayo 2018

 

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