Jesucristo fue el médico de las almas, no de los cuerpos

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

La Doctrina Espiritista aboga a sí misma el derecho de ser el Consolador prometido por Jesús, porque sintoniza con lo que fue relatado en el Evangelio de San Juan, cuando nuestro Cristo habría dicho que rogaría al Padre para que nos enviase otro consolador. Atentemos para la íntegra del enunciado: “3 – Si me amáis, guardáis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro consolador, para que se quede eternamente con ustedes, el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni lo conoce. Pero vosotras lo conoceréis, porque él se quedará con ustedes y estará en vosotros. – Pero el Consolador, que es el Espírito Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas, y os hará recordar de todo qué os he dicho. (San Juan, XIV: 15 a 17 26)”

¿Qué fue qué nos enseñó Jesucristo cuándo estuvo entre nosotros, básicamente? Que es importante que amemos el prójimo, sea amigo o desafecto, pariente o extraño, de cualquier raza, edad, religión o ideología política. Simplemente el próximo. Porque amar es atributo de los buenos y quien ama es feliz. Más de que quien es amado. Que debemos hacer a los otros solamente lo que nos gustaría recibir si estuviésemos en situación idéntica. nos enseñó esto en la parábola del Buen Samaritano, con toda clareza.

Que debemos esforzarnos y dar el mejor de nosotros, como relató en la parábola de los trabajadores de la última hora al demostrar que el esfuerzo fue recompensado como el trabajo y los que estaban presentes hasta la última hora recibieron lo mismo que los que llegaron a la primera, aunque estuviesen menos tiempo a la disposición del empleador. Valió la voluntad y la calidad del trabajo.

Que debemos perdonar sin restricciones, cuando enseñó a Pedro que no son siete, sino setenta veces siete veces cada agravio recibido. O sea, siempre.

Muchos, sin embargo, preguntarán: ¿Pero Jesús no curó cuerpos? Resucitó Lázaro, curó el ciego y el paralítico, ¿la mujer con hemorragia, el hijo del centurión, el leproso? Sí, pero para provocar la creencia de los que dudaban. Mandó lanzar la red donde había piscis, multiplicó los panes para alimentar la multitud, caminó sobre el Mar de la Galilea, transformó agua en vino. Pero hizo eso esporádicamente durante su apostolado. Cualquier médium de la Tierra, los varios que recibieron Dr. Fritz o nuestro buen Juan de Abadiánia, para nombrar solo dos, hacen cientos de veces a cada mes más curas que Jesús en toda su peregrinación por el planeta.

Sin embargo, hombre alguno jamás dijo las maravillas que Jesucristo nos dejó como enseñanzas siempre actuales y a las cuales no caben retoques. “Conoceréis la verdad y ella os hará libres.”

Por lo tanto, cierto está el Espiritismo cuando dice que el verdadero espiritista puede ser reconocido por su “transformación moral y por el esfuerzo que hace para domeñar sus malas inclinaciones” (El Evangelio Según el Espiritismo, Cap. XVII, artículo 4 – Los buenos espiritistas). No es por las curas que hace, pases que aplica o reuniones asistidas. El servicio al cuerpo por la fluidoterapia sin el acompañamiento de las lecciones del Evangelio, utilizado actualmente hasta por el SUS, tiene solución parcial del problema. Sin la reforma del hombre la cura nunca es completa.

Qué el centro espiritista, espiritista de verdad, debe hacer por su frecuentador es enfatizar la vivencia del Evangelio, la verdadera cura que el Espiritismo ofrece a sus adeptos. Lo que vemos es una inversión. Centro que hace curas del físico vive lleno y en las reuniones de estudio recibe siempre poca gente. Las personas frecuentan sus templos de las más distintas doctrinas para orar y loar el Señor, pero cuando están enfermas del cuerpo corren hacia el Espiritismo. Esa historia de amor al prójimo no es llevada muy en serio. Aún somos más por el amor propio. Por eso, la humanidad está se destruyendo en el colectivo. Cuerpos saludables, siempre bien cuidados, aderezados, y almas desaliñadas que no se encajan en la belleza de las vestiduras. Jóvenes que gastan horas para arreglar los pelos y cutis en los institutos de belleza, llenándose de anillos por el cuerpo todo, hacen dibujos en la piel como cuero de cobra, aguantando el dolor de las agujas, pero que no aguantan una clase de una hora sobre el Evangelio de Jesús. Los valores están alterados.

Como el cuerpo físico es el templo del Espíritu, un alma saludable siempre reflejará su belleza en el cuerpo material. El cuerpo enfermo es señal de alma adolecida.

Me recuerdo que hace muchos años la reviste de las Casas André Luiz publicó el soneto Cuerpo y Alma, del poeta Olavo Bilac, que reproducimos abajo:

Si tienes un alma y esa alma criatura,
Que te fue data como un grande bien,
Quiere un día ascender, ganar altura,
Ser un astro en el más allá…

Tienes un cuerpo y un cuerpo que busca
Arrastrar en el fango que del instinto viene;
Cuando sin dolor tragarlo la noche oscura
Será fango también.

En esa finalidad, atiende, ¡Oh loco!
Cuerpo y alma son tuyos: la babosa y el astro;
Un quiere ascender y el otro andar de rastro.

Lo que sorprende, y es en que me espanto,
Que del cuerpo que es nada, cuidas tanto
Y del alma que es todo cuidas poco.

Vamos a rever nuestras intenciones en relación al Espiritismo, esta doctrina consoladora, pero también redentora, en cuanto a lo que ella puede efectivamente ofrecernos. Si buscamos la cura definitiva, que es la del alma, o simplemente la provisoria, que es la del cuerpo.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – agosto 2018

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