Los espiritistas tienen siempre la preocupación de defender el Espiritismo

Octavio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

En éste 3 de octubre, cuando conmemoramos el 214º aniversario del nacimiento del codificador Allan Kardec, nos viene a la mente el cuidado que él tuvo para que la doctrina fuese divulgada con criterio, buen sentido y verdad. Después de negarse en organizarla, debido a sus múltiples trabajos, aceptó codificar las revelaciones de los Espíritus lanzándolas en el primero ejemplar del Libro de los Espíritus, el 18 de abril de 1857, considerado hoy la cartilla de la doctrina, porque trajo las primeras noticias de un mundo hasta entonces desconocido.

Pasados 161 años y analizando el progreso del Espiritismo, constatamos que él creció y se esparció por el mundo. Eso se dio por la actuación de los Espíritus y, también, por la determinación de ciertos seguidores del Codificador, que por la literatura o palabra hablada se encargaron de llevar las noticias a los cuatro puntos del planeta. Ahora, con la modernidad que nos regaló el internet, TV y otros medios modernos de divulgación, las noticias se esparcen más deprisa.

Como esta doctrina no defiende a sí el derecho de creencia salvadora, ya que el propio Kardec creó un slogan definiendo que “fuera de la caridad no habría salvación”, todo lo que ella ofrece es gratis — aunque en los días actuales se hagan muchos eventos con tasas de participación no muy accesibles a las personas menos privilegiadas. Aun así, todo es espontáneo y va quien quiera y quien puede. Aquél que solamente se beneficia de la casa espiritista para oír el Evangelio, recibir un pase y luchar por su mejora física y espiritual, puede hacerlo gratuitamente.

Esta gratuidad enoja algunas doctrinas que se alimentan de pulposas recaudaciones entre los fieles, con la venta de privilegios sin los cuales nadie se salvará. Basta frecuentar estas iglesias, dar su contribución y la salvación está garantizada. Lamentablemente los más pobres, como no pueden pagar, están impedidos de entrar en el “reino del cielo”, aunque se porten como discípulos de Jesucristo.

¿Serán ésos, sin embargo, los grandes enemigos de la Doctrina? Pensamos que no, pues no pueden nos hacer ningún mal ni consiguen interferir en nuestro deseo de progreso. Intentan nos menoscabar y agredir, pero sus argumentaciones son inconsistentes. Los enemigos que más nos desestimulan a buscar nuevos caminos de dicha están adentro del movimiento y de las casas espiritistas. Cierta vez oí una frase, que no sé si alguien realmente la dijo, pero se ha sido dicha sería pertinente; afirma que “el Espiritismo iría a desarrollarse con los espiritistas, sin los espiritistas y a pesar de los espiritistas”. Es decir, no obstante los espiritistas, porque no han entendido a que se destina el Espiritismo, hagan casi todo equivocado, aun así el Espiritismo crecería.

¿por qué tal observación? Porque la mayoría de nosotros espiritistas predicamos una cosa y vivimos otra. La palabra amor es aventada en las exposiciones como la salvación del mundo. Realmente el amor cubre una multitud de pecados, según Pedro en su primera epístola, reforzando lecciones de Jesús cuando afirmó que sus discípulos serían reconocidos por lo mucho que se amasen. El amor cura alma y cura cuerpos. Lamentablemente, no es lo que se ve entre los convivientes espiritistas, ni aun adentro de su propio centro. Celos, maledicencias y críticas malignas. Desatenciones con los dolores y flagelaciones de los compañeros que muchas veces pasan por seria dificultad, sin el conocimiento o amparo de los “cofrades”.

La gravedad del problema se pone más evidente cuando somos un tribuno, que ocupa el espacio gentilmente cedido por la casa para discurrir sobre el Evangelio, dando énfasis al amor al prójimo, que, en la práctica, nunca ofrecemos. Somos arrogantes, acomplejados, metidos a maestros de Espiritismo; prescribimos a los otros las recetas que no aplicamos en nosotros mismos; ofrecemos palabras groseras con la mansedumbre de un sacerdote. Muchas veces combatimos el humo con el paquete de cigarrillos en el bolsillo o hablamos contra el alcohol solo faltando brindar a Jesús con un vaso de aguardiente. Recuerdo un pensamiento de la poetisa goiana Cora Coralina, que publicó su primer libro de poemas a los 70 años: “Feliz aquél que transfiere lo que sabe… Feliz aquél que transfiere lo que sabe y aprende lo que enseña.” O sea, que pasa de la teoría a la práctica, del discurso al ejemplo. ¡Cómo somos pocos en el Espiritismo! Porque somos pocos entre los hombres…

Quien aleja a sus amigos de la “salvación” son los propios espiritistas. Comentamos las bellezas de las exposiciones, pero, mismo después de diez, quince, veinte años de doctrina continuamos neuróticos, impacientes, ansiosos, llenos de dolor e ira, asumiendo compromisos que no honramos y con dificultad para perdonar las faltas ajenas. El otro raciocina qué si el centro no pudo cambiarnos después de tantos años de casa, no debe ser una buena religión y, fatalmente, no deberá solucionar sus problemas y angustias. No fuimos la inspiración para que uno más buscase nuestra religión.

Si pensamos que podemos engañar, desistan. Somos más transparentes de que imaginamos y observados con un rigor que ni sabemos. Cuando predicamos la doctrina no somos nosotros que hablamos; es el propio Espiritismo que por nosotros allí está representado. Seremos juzgados por lo que decimos y mostramos en nombre de la doctrina. Oremos y vigiemos para no destruir lo que Kardec y muchos otros misioneros construyeron a lo largo del tiempo.

Quien anhelar un nombre en quien pueda inspirarse, sin menosprecio de ninguno otro, lea la historia del Dr. Bezerra de Menezes y sabrán lo que es la fe de la convicción.

Al hablar que somos espiritistas, primero mostremos. El ejemplo es la única didáctica realmente convincente. Y aprovecho para decir a los lectores, antes que me juzguen pretencioso, que cuando escribo textos como éste no me dirijo a nadie. Me sirvo de ellos para la auto-reflexión.

Y que Dios nos ayude.

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Octubre 2018