Plantar semillas y plantar virtudes son cosas similares

Octávio Caúmo Serrano | caumo@caumo.com

Cuando alguien va a crear una agricultura, escoge semillas de calidad y define el área y la época del plantío. Sabe que la tierra tendrá de estar lista, limpia y adobada para recibir la siembra. Dando continuidad, cuidará de regarla adecuadamente, ni con poca agua ni encharcarla además del necesario, para que la semilla germine sin pudrirse. Sin embargo, además de las providencias que competen al agricultor, otros factores son importantes para una buena cosecha. Sol, lluvia, frío, calor, según la necesidad de cada planta.

Por eso cada región produce frutos con calidades diferentes. La uva para un buen vino depende no solamente del tipo de tierra, sino del número de meses con baja temperatura para dejarla en condiciones de producir bebida con calidad. Hay plantas que fructifican bajo el suelo; otras en el tronco, como la jabuticaba, o en las copas, como yaca, coco, naranja, okra, jiló y berenjena; otras son las propias hojas, como lechuga, col, repollo y verduras en general. Muchas, como la yuca, la patata, la zanahoria, la remolacha, el rábano, el maní, el espárrago y la cebolla se confunden con sus propias raíces. Lo mismo pasa con la paternidad, entendiéndose padre y madre. La pareja planea la unión y, tras definir las necesidades básicas, evalúa sus condiciones y opta por traer más un Espíritu al mundo, abrigándolo como hijo, para enriquecer el hogar y dar más motivación a la vida de la pareja. Se prepara el ajuar, la cuna y la habitación llena de refinamientos para esperar al ángel que Dios les mandará. ¡El día llega y todo es fiesta! Alegría de padres, abuelos, padrinos y demás familiares envueltos con aquel núcleo.

Comienzan ahora los cargos de mantenimiento y encaminamiento de la nueva criatura. Darle la lecha y ampararla para que tenga reposo y crezca saludable y enseñarle principios básicos de higiene. Pediatra, vacunas, primeros pasos para posibilitar la adaptación en su retorno al mundo. Los padres acompañan la trayectoria aleccionadora, fiscalizan anotaciones, el comportamiento en la escuela, la relación con amigos y maestros, para que el niño se habitúe a tener buenas compañías. Saben lo que hace, con quién se relaciona, qué diversiones tiene como prioridades, tal cual el sembrador que arranca las malas hierbas de la labranza, los brotes ladrones que debilitan la planta, removiendo ramas y hojas secas para que el producto crezca sano. Muchas veces, sin embargo, como ocurre en la labranza, llegan plagas imprevistas. Saltamontes, moscas, heladas o sequías anormales que dañan la siembra. Lo mismo se da con un hijo cuando es asediado por malos hábitos, por amigos nocivos que lo desencadenan, a pesar de toda la plataforma que construimos para que él tuviese seguridad. Cuando menos esperamos, nos damos cuenta de que él no va al estudio para seguir a los amigos, creando problemas para otras personas o envolviéndose en los vicios de los días actuales: juego, bebida, droga, contra los cuales la mayoría de las familias ha perdido las batallas.

Es la hora de la desesperación, con la clásica pregunta: “¿Dónde fue qué yo erré?” Aparentemente teníamos la vida del hijo en nuestras manos y las revelaciones que ahora nos llegan son terribles. La casa queda de piernas para el aire y unos intentan culpar otros. La abuela dice que la hija no cuidó bien de su prole, mientras ésta alega omisión del esposo. No es hora de buscar culpables, sino soluciones. A veces son difíciles de encontrar, dependiendo de cuán lejos el problema ya avanzó. Sin embargo, insistir en la busca de la reparación, exhaustivamente, es el correcto.

En este instante, lo más importante es tener la conciencia tranquila por haber hecho lo mejor, sin omisión. Como el hombre que cuidó de su agricultura y aun así la perdió. El perjuicio existe; sin embargo, su conciencia está en paz. Consciente de que hizo de todo y las contingencias le crearon problemas imprevisibles, no lleva culpa. Lo mismo pasa con los padres, que en ningún momento deberán afligirse imaginando la reprobación de Dios. Nuestros hijos son almas antiguas que regresan a nuevas experiencias y ya traen consigo tendencias, vicios y defectos de otras existencias, no se sabe de dónde y en qué condiciones. Nacen pequeños, de nuevas semillas, exactamente para ser moldeados mientras están bajo la protección del olvido del pasado. Pero ni siempre en una nueva encarnación es posible transformar rudezas arraigadas en bondad, educación, respeto y equilibrio. Esto está bien explicado en El Evangelio Según el Espiritismo, Capítulo XIV, 9, que trata de la ingratitud de los hijos y los lazos de familia.

Entre las difíciles misiones que tenemos en la Tierra está la formación de un hogar. Como madre o padre. Nunca es batalla que se vence anticipadamente. Hay hechos que llegan cuando estamos desprevenidos, invigilantes, excesivamente confiados debido a la genética. Pero el ADN sólo transmite a los hijos las características físicas. Moral y carácter son forjados; no se pueden dejar como herencia o repasar en testamento. Y es preciso que las dos partes sintonicen, tal cual el maestro y sus alumnos. Un transmite su conocimiento y los otros asimilan o no. Por eso hay tanta desigualdad entre los discípulos de una misma clase, como hay entre los hijos de los mismos padres.

Empeñémonos en ser buenos labradores, pero roguemos a Dios que nos ofrezca lluvias de entendimiento para que los hijos puedan bañarse en las bendiciones de la educación y de la bondad. Y que aleje de nuestra labranza familiar los vientos fuertes y sus resacas que todo destruyen, dejándonos impotentes ante la violencia de las grandes intemperies.

RIE Revista Internacional de Espiritismo – Noviembre 2018

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