La vivencia dentro de los preceptos dictados por el Evangelio suaviza a nuestros dolores

Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

“Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti.” Tal citación es atribuida a Santo Agustín. Él también habría enseñado que “nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean” y “conviene matar al error, pero salvar los que van equivocados”.

Ya oímos este mismo principio, formulado un poco diferente, sin que sepamos citar el autor. Pero como la esencia de la lección es más importante de qué el creador de la frase, nos atrevemos a reproducirla: “Dios, que te creó sin tu conocimiento, no podrá salvarte sin tu cooperación.” Deja claro, y el buen sentido la confirma, que somos responsables de todo qué pasa en el mundo, particularmente lo que implica nuestro propio porvenir. Interferimos, para el bien o para el mal, según actuamos y nos comportamos delante la vida, en cualquier local donde actuemos.

Esta afirmación a veces choca a los religiosos, que garantizan que como Dios sabe lo que es mejor para nosotros, irá a tratarnos con Su inmensurable amor y solo nos brindará con la dicha. ¿Pero si eso es real, por qué nos creó simple y sin ningún conocimiento, permitiendo qué nos apurásemos por nuestros propios méritos? ¿Por qué no nos creó perfectos, sin la necesidad de encarnaciones, la mayoría probatorias, llenas de dolores y sufrimientos?

Jesús, según el Evangelio de Lucas (las 16:2), nos dijo: “Da cuenta de tu administración.” ¿Pero, si independientemente de nuestro esfuerzo Dios nos da de todo, por qué el Maestro así lo afirmó?

En el capítulo 75 del libro Fuente Viva, Emmanuel, el noble senador romano, por el psicográfico de Chico Xavier, nos dice: “En la esencia, cada hombre es servidor por el trabajo que realiza en la obra del Supremo Padre, y, simultáneamente, es administrador, porque cada criatura humana detiene posibilidades enormes en el plan en el que actúa. Mayordomo del mundo no es solamente aquél que encanece sus cabellos frente a los intereses colectivos, en las empresas públicas o particulares, combatiendo intrigas mil, a fin de cumplir la misión a que se dedica. Cada inteligencia de la Tierra dará cuenta de los recursos que le fueron confiados. La fortuna y la autoridad no son valores únicos del que debemos dar cuenta hoy y mañana; el cuerpo es un templo sagrado. La salud física es un tesoro. La oportunidad de trabajar es una bendición. La posibilidad de servir es un obsequio divino. La oportunidad de aprender es una puerta libertadora. El tiempo es un patrimonio inestimable. El hogar es una dádiva del Cielo. El amigo es un bienhechor. La experiencia benéfica es una gran conquista. La ocasión de vivir en armonía con el Señor, con los semejantes y con la Naturaleza es una gloria común a todos. La hora de ayudar a los menos favorecidos de recursos o entendimiento es valiosa. El suelo para sembrar, la ignorancia para ser instruida y el dolor para ser consolada son llamados que el Cielo envía sin palabras, al mundo entero. ¿Qué haces, por tanto, de los talentos preciosos qué reposan en tu corazón, en tus manos y en tu camino? Vela por tu propia tarea en el bien, delante del Eterno, porque llegará el momento en el que el Poder Divino te pedirá: — ‘Da cuenta de tu administración.’”

Más de que exploradores o dependientes de Jesucristo somos sus auxiliares en la mejora del mundo. Cuando se trata de vestir, alimentar o abrigar a un semejante, somos sus ayudantes, suavizando los dolores físicos del otro. Aunque él mismo ore y sea resignado, ni siempre tiene condiciones de sobrevivir por cuenta propia, cabiendo a nosotros esta parte, cuando también nos beneficiamos del bien que hicimos, justificando la importancia de la nueva encarnación que rogamos al Padre,

a fin de crecer más un centímetro espiritual. “Fuera de la caridad no hay salvación”, enseña el Espiritismo.

La vivencia dentro de los preceptos dictados por el Evangelio suaviza nuestros dolores, porque donde más el hombre se pierde es en la defensa de sí mismo. Muchos hay que tienen caridad con el semejante, pero guardan penas, rencores, enconos y deseos de venganza en los laberintos del alma. Insaciables, se envenenan lentamente poniendo la culpa en el mundo, en los padres, en el cónyuge, en el patrón, en el gobierno, cuando no se rebelan contra el propio Creador, sintiéndose injustificados y punidos por un mal que creen no haber practicado. Por eso, el estudio del Espiritismo, la certeza de la vida eterna y la necesidad de muchas encarnaciones purificadores son tan importantes. Si no merecemos los dolores por lo que hacemos en esta vida, ciertamente traemos archivados en nuestra esencia errores de otras vidas por los mundos materiales. Y aún ignoramos que los dolores son atenuados por la misericordia divina, si las comparásemos a las necesidades reales de rescate por las cuales tendríamos que pasar. Antes de exigir, vamos a analizar como vivimos y, de corazón abierto y sincero, veamos si estamos dando cuenta de nuestra administración.

A usted, madre del mundo, cariñoso beso de este hijo que ya tuvo muchas madres en estas múltiples vidas de redención y aprendizaje por la Tierra, o mundos análogos, ora dando a ellas alegrías, ora llenando sus ojos de llanto. ¡Disculpas y nostalgias!

RIE – Revista Internacional de Espiritismo – Mayo 2019