Octávio Caumo Serrano | caumo@caumo.com

¿Qué tiempos son ésos que, aunque aparentemente llegados, parece que nunca llegan?

A pesar de haber encontrado el Espiritismo solamente a los treinta y ocho años ya tengo casi cuarenta y siete de contacto con esta fantástica doctrina.

La frase dictada por un revelador protestante — el llamado creyente en mi tiempo de joven, allá por 1952 —, “los tiempos son llegados”, aún hoy me resuena en los oídos, aunque en aquel tiempo yo no tenía la menor idea a qué tiempo se refería aquel entusiasta predicador de calle, rodeado por una docena de atentos oyentesHoy, sesenta y siete años después, escuchando a los Venerables Espíritus a informar sobre la transición planetaria, empiezo a entender un poco que tiempos son los que, aunque aparentemente llegados, parece que nunca llegan. Es porque el tiempo del hombre y el tiempo de Dios son diferentes.Mi primer centro espiritista fue el Amor y Paz, en Alameda de los Arapanés, 707, barrio de Moema, São Paulo. Después de él hice mis primeros cursos de Doctrina en la Federación Espiritista del Estado de São Paulo y en un grupo vinculado a la Alianza Espiritista Evangélica, el Grupo Socorrista Maria de Nazaré, cuando empecé a pronunciar charlas y ministrar clases en diferentes centros, fundamentado en las apostillas de la Alianza. Buscaba transmitir las verdades del Evangelio de Jesús, ahora con la cobertura de Kardec, que nos dio explicaciones claras de las lecciones del Maestro para mayor facilidad de entendimiento.De explicaciones técnicas, leyes de causa y efecto y que tales, fui poco a poco percibiendo que todo puede ser sintetizado en la máxima de Cristo: “Ama al prójimo como a ti mismo.” Desde ese instante, constaté como es prácticamente imposible a este hombre planetario amar su prójimo, ya que no consigue siquiera amar a sí mismo. Cada uno de nosotros, componentes de esta humanidad fracasada, es íntimamente un volcán rebelde, que no puede calmarse. Vomita iras y odios, cada expresión es un improperio, con revuelta hasta contra el propio Creador, que nos ofreció la vida para ser felices. Pero, como no sabemos lidiar con nuestro pasado ni con el presente para plantar mejor futuro, somos un bando desarraigado vagando al lecho de la indecisión. Nadie se ama. Es común no gustar el propio nombre. El gordo quería ser delgado y el flaco quería ser gordo.Saltamos de aquí para allá y de allá acá porque nada nos agrada. Ni la familia, ni el empleo, ni la religión. Cuando no envidiamos la vida del otro, lo agredimos, transformándolo en culpable por nuestros problemas. Sea él el político, el patrón, el maestro, el vecino o el marginal, porque tenemos de elegir alguien que lleve a culpa por los fracasos que son solamente nuestros.

En este ciclo planetario de cambios radicales, los tiempos efectivamente se alteran, pero no en años o décadas. Los cambios de la historia son registrados en siglos o milenios, por lo menos.

¿Y nosotros, cómo nos quedamos? Como seres eternos estamos siendo esculpidos por la acción de la naturaleza. Nos burilamos, nos herimos y a medida que aprendemos sobre paciencia, resignación y fe nos quedamos más ligeros. Aprendimos que las penas de la revuelta viven en nosotros y que el perdón nos alivia, aunque el otro no lo acepte. Nuestra tarea somos nosotros; el otro es mero recurso que usamos para nuestro esmero. Para eso, sin embargo, tenemos de vencer el orgullo. ¿Pero, mejorar por qué? Porque es ésta la tarea primordial de la vida en mundos probatorios como el nuestro.

No hay salida. Queramos o no, la Ley es que decide, no nosotros. Somos comandados por la naturaleza que habita en nosotros. Aflojamos, envejecemos y en el corto período que por aquí estamos — porque también tenemos fecha de validad en la materia — tenemos de convivir con ella de manera pacífica y armoniosa. Luchar contra es tiempo perdido. Seremos siempre derrotados. Mejor nos aliemos a ella. La ley que nos armoniza es la del amor. Con todo y todos, intensa e incondicionalmente.

Antes que el desaliento me domeñase totalmente, decidí confesarme con el Padre Eterno y decirle: — Señor de la Vida, sé que a todo asistes y todo permites para probar nuestra fuerza y nuestra fe, y que estás disponiendo nuestro lugar a Tu lado caso venzamos esta guerra contra nosotros mismos. Confío en Tu bondad y es por eso qué prosigo con coraje y fuerza. Tiene misericordia de nosotros, pobres equivocados. No permitas que invalidemos el esfuerzo de tantos misioneros, que vinieron antes de nosotros disponernos el guía con lecciones que muchas veces les costaron la vida. Fueron tantos a prestar testimonio, que no es honesto de nuestra parte desaprovechar el sacrificio de estos desinteresados que nada querían para sí. Fueron enviados divinos que renunciaron a sus vidas para ofrecerlas a nosotros. ¡No cometamos tan severa ingratitud! Que yo jamás sienta desaliento por más pedregoso que sea en camino. ¡Amén!

RIE-Revista Internacional de Espiritismo – junio 2019